• Caracas (Venezuela)

Sucesos

Al instante

Sobre la inseguridad

  • Tweet:

  • Facebook Like:

  • Addthis Share:

A pesar de que la inseguridad, de acuerdo con las encuestas de opinión, es el problema que más angustia al venezolano y representa uno de las grandes fracasos de la gestión del fallecido presidente Chávez, para muchos no constituyó un factor decisivo a la hora de emitir su voto en las elecciones del 7 de octubre. Al margen de los factores ideológicos, místicos o emocionales que están en la mente de los electores cuando hacen su escogencia, desde hace 14 años la inseguridad se ha venido instalando y consolidando gradualmente entre nosotros, al punto de que por su cotidianidad y proximidad se ha convertido en una presencia casi aceptada, un mal o una tragedia aleatoria que puede ocurrir, pero que toleramos con la ingenua esperanza de que no nos tocará a nosotros.

El proceso de distorsión de la responsabilidad en estos años ha sido fuerte. El síndrome “La culpa no es mía”, a pesar de su primitiva concepción, ha calado entre muchos: la inseguridad se trata un problema heredado, es generalizado, ocurre en otras regiones del mundo, es culpa del capitalismo, del imperialismo, de los medios de comunicación, de la sociedad de consumo, etc. Argumentos que no aguantan un análisis serio, pero que han ayudado a ocultar la responsabilidad esencial del Gobierno en materia de seguridad ciudadana y han logrado que el drama de la violencia se diluya entre uno más de los problemas que sufre el ciudadano: inflación, escasez, tráfico, apagones, basura, deterioro urbano, colas, mal trato, pésimos servicios públicos, sangre y lágrimas. Un cóctel que ha acabado, paso a paso, día a día, con nuestra calidad de vida, pero sin que exista la percepción de que esto sea así. “Es lo que hay”, dicen algunos. “Esto es Venezuela”, dicen otros.

Se sufren y aceptan situaciones que en otros países serían intolerables. No se hace una lógica conexión: si esto ocurrió o está pasando es porque a quien le corresponde evitar que esto ocurra no está haciendo bien su trabajo o tiene intereses oscuros para no cumplir con sus obligaciones.

Luego del lanzamiento, a mediados del año pasado, de la Misión A Toda Vida, que define con lujo de detalles lo que teóricamente debería hacer el Gobierno para mejorar la seguridad ciudadana, no hay explicación racional para entender por qué no se aplican a fondo las medidas y programas enunciados. De ahí a suponer o pensar que puedan existir poderosos intereses en mantener esta situación de violencia e impunidad hay un pequeño paso.

Es importante “aterrizar” el problema de la inseguridad en los grandes, medianos o pequeñas situaciones o dramas que afectan directamente a la gente: el matraqueo policial, el abuso e irrespeto del funcionario, los asesinatos sin culpables, las víctimas sin ningún tipo de apoyo, las balaceras en los barrios, la droga en las esquinas y en los colegios, la ausencia de tratamiento o ayudas a los narcodependientes, los atracos en el transporte público, las balas perdidas, la violencia contra la mujer y los niños, los menores asesinados, el caos de las cárceles, la tragedia de tener a un familiar preso.

En la campaña electoral que se inicia sea quizás más importante posicionar el problema y drama cotidiano que produce la inseguridad, más que los grandes planes y programas de Gobierno, que por otra parte ya se elaboraron con profesionalismo y profundidad desde el año pasado.