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“Tuvimos que cargar a los muertos”

Se permitió la entrada a los familiares luego que los médicos hicieron la revisión de los presos que están heridos | Foto: Raúl Romero

Se permitió la entrada a los familiares luego que los médicos hicieron la revisión de los presos que están heridos | Foto: Raúl Romero

Uno de los reclusos de Uribana contó cómo ocurrieron los hechos del 25 de enero y cómo resultó herido

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Uribana y su pasado de violencia se acabó. Sus presos fueron atomizados en 21 cárceles del país, pero en Rodeíto aún quedan los vestigios y testimonios de quienes exhiben en sus cuerpos las huellas del tiroteo del 25 de enero, en el que murieron 59 personas y 95 resultaron heridas, según la ministra Iris Varela.

La primera impresión que se tiene al pasar la humillante revisión corporal de las custodias del Ministerio para el Servicio Penitenciario es que se está llegando a un hospital de guerra. Al menos una docena de hombres en muletas, con una de sus piernas a medio vendar, esperan en la entrada del galpón a sus mujeres. Otros, los que no pueden moverse, están en el piso, en colchonetas sin sábanas. El grupo más grande merodea en el patio central mientras llega alguien a visitarlos.

“Que me lo den en vida” es una de las canciones del Gran Combo de Puerto Rico que ameniza la visita. La música viene de la segunda planta del galpón y unos pocos reos vigilan desde las barandas el ingreso de las personas.

“Lo que pasó fue que ‘La verde’ –como le dicen a la Guardia Nacional– nos cayó encima. Estábamos todos en la pista, desarmados, con shorts y boxer, pero cuando dijeron que se iban a llevar al ‘varón’, ese carro soltó los primeros tiros y se armó la buena”, contó Wilder.

Él estuvo allí y vio todo. Uno de los tiros le entró por el hombro derecho, lo atravesó y al salir le rozó también la mano izquierda. Ahora tiene en su pecho una herida de 15 centímetros, con una sutura rudimentaria.
Ratificó la versión de que los reclusos dispararon a la guardia, a pesar de que habían accedido a que se hiciera la revisión, y dijo que el primer muerto fue uno de los guardias.

“Cuando soltaron los primeros tiros, todo el mundo comenzó a correr para esconderse. Se prendieron las comunas y tuvimos que cargar a los muertos y a los que tenían heridas más feas. Después a mí me sacaron para el hospital porque tenía el pecho abierto y un sangrero. Yo pensé que me iba a morir ahí mismo”, dijo el reo, agachado y recostado en un muro.

El galpón que ahora alberga 229 presos fue habilitado después de la clausura de la cárcel de Rodeo I y II para un grupo de reclusos que fueron trasladados del penal mirandino a Lara. Pero en Uribana no fueron aceptados por los pranes, por lo que tuvieron que meterlos en lo que ahora llaman Rodeíto.

En esa prisión no tienen armas o al menos no visibles a la visita. La piel de sus presos es amarillenta, algunos por la falta de sol, otros posiblemente por la cantidad de sangre que perdieron el día que fueron heridos. En el aire hay un olor a arroz con pollo, medicamentos y sudor.

Comenzó el hacinamiento. La visita estaba anunciada para las 8:00 am, pero no fue sino hasta las 10:00 am que comenzaron a pasar a las mujeres y los hombres. Nadie se queja ni reclama sus derechos. Ven con beneplácito que se les permitan ver a sus presos. Josefina Rincón fue una más de las personas que hizo la cola para entrar a Rodeíto.

Llegó tan temprano al sector Brisas de Uribana que logró el puesto 23 en el orden para ingresar a la cárcel. Ese fue el número que le pintaron con marcador rojo en su antebrazo derecho. Apenas salió del cuarto donde la revisaron y se fundió en un abrazo con su hijo Daniel. Ella lloraba por la angustia de no haber podido verlo en toda la semana. Él intentaba calmarla y le decía que estaba bien, aunque tiene una fractura de fémur y otra de tibia.

Daniel es uno de los 65 heridos que fueron dados de alta del Hospital Central de Barquisimeto y llevados a Rodeíto. Él y 64 reos que estaban en Uribana ahora estarán en el galpón, pero su llegada generó hacinamiento. En las áreas que antes fueron un comedor y una cocina están colchonetas de los heridos recién llegados.
En el área de los dormitorios también hay algunos heridos, los más graves. Las literas de concreto están repletas de hombres convalecientes, con colostomías a la vista, vendajes en sus manos y piernas.

Control absoluto. Para los familiares de quienes aún están en el anexo del penal larense es un alivio que no los hayan trasladado a otras cárceles. “Aquí por lo menos uno puede venir las tres veces a la semana para traerles sus cosas y verlos. Además, conocemos la rutina”, Arianny Guevara, esposa de un reo.

Las mujeres saben que a Uribana no se entraba con zapatos. Entre las que hacen la cola, además de la angustia, se nota la miseria. Todas llevaban sandalias, sucias por la tierra amarillenta de la zona. Para las que no tienen cholas, uno de los kioscos que está frente al penal –en el que cobran por guardar los bolsos, carteras y celulares– también alquilan el calzado indicado. Pagan 30 bolívares por usarlas.

Para entrar al Rodeíto el primer control es una revisión minuciosa de los paquetes que permiten llevar. En esta oportunidad sólo podían meter ropa, sábanas, medicamentos y agua mineral. Cinco funcionarios de la Guardia Nacional estaban encargados de vaciar cada bolsa y verificar lo que llevan.

Al final del mesón otro agente anota en un libro el nombre de la visitante, su cédula de identidad, el nombre del recluso al que visita y el número que después le anota en el antebrazo con un marcador azul, antes de estigmatizarla con el gran sello húmedo que dice en mayúsculas URIBANA.

Antes de poder ver a cualquier recluso, cada mujer debe pasar por el cuarto de revisión, desvestirse a plenitud y obedecer las órdenes de la custodia: “¡Arriba! ¡Abajo! ¡La vuelta! ¡Arriba! ¡Abajo! ¡Vístase!”, dice la funcionaria del Ministerio para el Servicio Penitenciario antes de abrir la puerta para que las mujeres salgan desesperadas a buscar a sus hombres.