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"Trabajaba para su familia y los niños de su comunidad"

A Gutiérrez le gustaba contribuir con la educación de los jóvenes

A Gutiérrez le gustaba contribuir con la educación de los jóvenes

La víctima se encontraba en un partido cuando un adolescente encapuchado entró a la cancha y le disparó en el pecho

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Aníbal de Jesús Gutiérrez, 47 años de edad, tenía 25 años laborando en el área de laminación en caliente de Sidor. Sin embargo, no murió trabajando en la tercera industria más peligrosa del mundo: la siderúrgica, sino entrenando a niños futbolistas en su comunidad No había pasado más de 10 minutos de haber iniciado el partido de fútbol cuando un joven, cubierto con un suéter con capucha, entró a la cancha deportiva del CORE 8, en la parroquia Unare de Ciudad Guayana, y le disparó.

Más de 30 niños estaban en el recinto aquel viernes en la tarde cuando vieron al hombre vaciar su arma en el pecho del sidorista que durante más de 10 años se dedicó a entrenar a los jóvenes de su comunidad.

Gutiérrez no tenía otra pasión más que el fútbol. En su urbanización, Las Casitas de Gran Sabana, lo recuerdan como un líder que estaba empeñado en contribuir a la educación de los chamos, organizaba equipos deportivos y entrenaba gratuitamente todos los días.

Esa rutina la alternaba con su trabajo en Sidor, en el área de Decapado de Laminación en Caliente, donde laboró y se destacó por el compañerismo durante 25 años. Relata el sidorista Frank Millán que la pasión por el fútbol la trasladó a la acería y en su área era el coordinador de los juegos internos de ese departamento.

Aún con guardias nocturnas, como aquel viernes 10 de mayo, dedicaba horas a estar con los niños y adolescentes de CORE 8, una zona que hasta las últimas elecciones era mayoritariamente chavista.

"Ese señor no tenía necesidad de eso", dice Jorge Salazar, un muchacho de 16 años de edad que presenció el crimen y que asistía regularmente a la cancha en el centro de la comunidad. Se le quebranta la voz y hace silencios largos cuando reconstruye el momento en el que escuchó las detonaciones e intentó cargar a su entrenador junto con otra decena de niños más, que incluyeron el hijo menor de Aníbal, hacia afuera del terreno para buscar ayuda.

El cuerpo les pesó tanto que sólo pudieron moverlo unos metros y verlo morir minutos después tan sólo a una cuadra de su casa. "Muchos corrieron y la gente no quería salir porque tenía miedo. Eran las 6:00 pm en punto, ya todos estábamos en la cancha. Nosotros acomodamos los bombillos para que alumbraran la cancha. Él dijo: `Son las 6 y 10 y a las 7 y media termina la partida. Nos dio una hora porque tenía guardia en Sidor", relató Salazar.

El equipo que ganara ese viernes saldría premiado con un refresco y un gatorade para el mejor jugador. Jorge no sabe si haya respuesta de las autoridades, sólo tiene esperanza.

"Es difícil ver a una persona que no se metía con nadie.

que hacía todo porque le nacía y no porque nadie lo obligara ni porque le pagaran. Él no tenía necesidad de estar allí y presenciar cómo fue que lo mataron y estar allí sin poder ayudarlo, sin poder hacer nada, eso es fuerte".

Organización comunitaria.

Desde hace 10 años la rutina de Aníbal, de 47 años de edad, era entrenar con los niños. Su prima, Yasmira Aguilera, recuerda que eso incluso le trajo problemas con su esposa por el tiempo que dedicaba a los niños. "Cuando no estaba en el trabajo, estaba en la cancha.

Trabajaba para los niños del fútbol y su familia".

De sus tres hijos, el menor de 13 años de edad, lo acompañaba en su pasión e incluso en competencias con otras comunidades con ánimos de armonizar la convivencia en los sectores peligrosos.

Jorge también esperaba formar parte del equipo que el entrenador estaba organizando para llevarlos a competencias formales. Douglas Salcedo, que reside en la comunidad de hace 20 años, recuerda que Gutiérrez fue uno de los primeros en mudarse luego de haber conseguido empleo en Sidor y haber dejado Upata, donde reside su familia.

En la siderúrgica los trabajadores han presionado para que se haga insistencia política en resolver el caso a través de la empresa estatal. Frank Millán, compañero de trabajo, cree que no habrá culpables.

"Aquí se resuelve lo que a ellos les puede perjudicar, pero en los casos donde hay una matazón, a esos no le paran pelotas", afirmó.