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Perderlo todo y arriesgar la vida en la vía a oriente

Chofer conduciendo un autobús | Archivo/El Nacional

Conductores de expresos y pasajeros son sometidos por las bandas | Archivo/El Nacional

No importa la hora, pero sí el destino. Viajar hacia los estados orientales por la troncal 9 puede ser un acto de fe. El testimonio de 3 víctimas de asalto en esa carretera lo demuestra. Grupos armados usan palos para obstruir las vías y robar a viajeros

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Amenazas de escopeta

“Si me ven lo mato”, amenazó un delincuente apuntando a la cabeza de un niño de entre 6 y 8 años de edad que viajaba en bus junto a su familia. Cargaba una escopeta y el rostro apenas cubierto por la sombra que le hacía la visera de una gorra. Junto a 20 hombres, logró que se detuviera un autobús a escasos dos kilómetros de El Guapo, en el estado Miranda. Atravesaron palos y ramas de árboles en la carretera. El conductor de la unidad intentó esquivarlos, sin éxito, y comenzó el calvario. A la 1:30 am el autobús casi se volcó. Los 48 pasajeros se salvaron del accidente, pero no del acoso de los delincuentes.
“Nos van a robar”, alertaron quienes se despertaron con el movimiento brusco del vehículo. Se asomaron por la ventana y vieron a los hombres cargando con las maletas. El bus había salido de Valencia con destino a Maturín.
“Dos de los hombres se subieron a la unidad. Uno tomó al niño como rehén y lo apuntó mientras le quitaba a la gente sus pertenencias”, recuerda Ronny Rodríguez. Carteras, celulares y anillos fueron entregados a cambio de la vida del pequeño.  
La maleta de Rodríguez fue una de las que se llevaron. “Mi familia vive en Valencia. Tengo un bebé de 5 meses y todo este tiempo mi mamá y mi hermana estuvieron comprando pañales para él. Se llevaron 14 paquetes, además de comida, detergente, toallas sanitarias y pasta dental”, lamenta.
El asalto ocurrió cerca de un punto de control de la Guardia Nacional Bolivariana. “Otros conductores avisaron y la guardia llegó. Se produjo un enfrentamiento y los hombres huyeron por un monte”, dice.
A las 2:40 am llegaron al puesto de control de la GNB. Al bajarse vieron que el autobús tenía impactos de bala en la carrocería. Ese lunes 13 de junio fue la última vez que Rodríguez hizo un viaje por carretera: “No viajo más por tierra ni de día ni de noche. Es exponerse sin necesidad. Se escuchan muchos casos, pero uno no lo cree hasta que le pasa”.


Secuestro sobre ruedas

A César Figueroa lo despertó el ruido de unas pedradas, seguidas de unos gritos. Iba sentado justo delante de las escaleras que dan al segundo piso del vehículo.
“Veía todo porque estaba frente al parabrisas”, dice. “Todo” eran hombres armados con pistolas, cuchillos y palos encendidos como si fuesen antorchas.
Figueroa se subió a esa unidad el 21 de diciembre de 2015 porque no tuvo más remedio. Fue a Maracay al matrimonio de un primo y cuando quiso regresar a Maturín se encontró con que no había disponibilidad ni por tierra ni por aire.
“No tenía seguridad de que me iba a ir. Estuve en el terminal desde las 6:00 pm y me anoté en una lista de espera. El autobús salió a las 9:00 de la noche, iba full de pasajeros, como era diciembre la gente tenía maletas grandes y paquetes. Había hasta equipos de línea blanca, más las encomiendas”. Todo se lo llevaron los asaltantes.
Después de lograr que el autobús se detuviera –pusieron una barricada en la carretera– los 10 hombres se montaron en el vehículo.
“Manos arriba y que nadie nos vea”, recuerda Figueroa que dijeron al subirse.
“Empezaron de atrás hacia adelante. Todos teníamos la cabeza gacha, había gente llorando. Los asaltantes golpeaban a quienes decían que no tenían nada. A mi lado había una muchacha gritando y escuché cuando le pegaron con el puño cerrado. A las mujeres que iban con niños pequeños les quitaron hasta los teteros”.
Mientras ocurría el robo, el autobús seguía rodando.
Figueroa no sabe quién manejaba porque al chofer lo subieron junto a los pasajeros, le quitaron la camisa, lo arrodillaron y lo obligaron a ponerse las manos en la nuca, mientras lo apuntaban.
“Podían hacer lo que quisieran. Era de noche, nadie nos seguía y ni siquiera sabíamos dónde estábamos”, afirma.
Seguían en el medio de la nada cuando el autobús se detuvo. Los asaltantes se bajaron, obligaron al chofer a abrir el maletero y cargaron con todo. “Ni se te ocurra devolverte porque te matamos”, fue la última amenaza que hicieron al conductor antes de irse.

Atrapado en un saqueo

No había escapatoria. El autobús en el que Reynaldo Goitía viajaba de Puerto La Cruz a Caracas quedó atrapado en medio del caos. “Salimos a las 11:00 am y a las 12:30 pm todavía íbamos por Boca de Uchire. Estábamos parados en una estación de servicio y no nos podíamos mover, ni para adelante ni para atrás. Había muchos carros y motos muy pegados. A lo lejos se veía humo y unas personas correteando a la guardia y a la policía”.
Nunca bajaron del bus, y apenas veían lo que pasaba a su alrededor por las rendijas que dejaban abiertas las cortinas. El rumor que logró colarse al autobús fue el de una protesta que se salió de control. La razón: fallas en el suministro de servicios públicos.
Mientras se acercaba la masa, los conductores de camiones atrapados se bajaron y abrieron las cavas para que la gente se percatara de que no tenían carga, y también para que no maltrataran los vehículos. “Otros no se salvaron”, dice Goitía.
La camioneta estacionada detrás del autobús entró en esa cuenta. “La abrieron con un pico como los que se utilizan para labrar la tierra. No tenían comida, solo unas computadoras, no se las robaron. Las lanzaron contra el piso”.
Una panadería localizada frente a la estación de servicio tampoco se salvó del saqueo: “Lo más impresionante fue ver a un señor que cargó con tres jamones y no sé cómo se los llevó en una moto”. Goitía señala que la mayoría saqueó comida, aunque “llevaron de todo”.
Dentro del autobús tenían miedo de levantarse o de que los vieran, no fuesen a hurtar su equipaje o arremeter contra la unidad. “Cuando todo se calmó el chofer decidió quedarse allí un rato más, porque hacia Puerto La Cruz y hacia Caracas estaba pasando lo mismo. Viajo 2 y 3 veces por semana porque soy músico. He hecho esto por 20 años y nunca vi algo así”.