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Incertidumbre y frustración alimentan la violencia en las colas por comida

La tensión que genera esperar por horas para comprar bienes de la cesta básica obligó al gobierno a reforzar la seguridad en torno a los establecimientos comerciales | Foto: Raúl Romero

La tensión que genera esperar por horas para comprar bienes de la cesta básica obligó al gobierno a reforzar la seguridad en torno a los establecimientos comerciales | Foto: Raúl Romero

Presencia de policías y guardias nacionales para resguardar a los compradores en supermercados mermará la vigilancia en las calles ante el déficit de agentes en el país, consideran especialistas

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Antonieta recibió un golpe en la cabeza por preguntar a uno de los empleados de un supermercado en Montalbán si esa mañana los estaban surtiendo de harina de maíz o leche en polvo. “Yo veía que la gente compraba y cuando le pregunto al encargado me grita: ‘Aquí no hay’. Insistí porque sabía que me estaba mintiendo”, contó la ama de casa de 48 años de edad. En medio de su reclamo, una mujer, que nunca había visto, sin mediar palabra la golpeó con el puño cerrado. “Eso es para que aprendas a respetar a los hombres”, le dijo la agresora mientras aún se sentía aturdida. La situación causó alboroto entre los clientes del supermercado. Antonieta agregó que el empleado la acusó de acaparar en su casa más de  40 bolsas de harina de maíz: “Lo que hice fue llorar. Me quejé con el gerente y nadie me paró”.

El desespero por adquirir los productos cuya disponibilidad ha fallado en los últimos meses ha alterado el comportamiento de la ciudadanía. Se ha vuelto habitual que en los primeros días de enero la mercancía en los supermercados es insuficiente ante la demanda, pero este año ha aumentado el desabastecimiento. 

Después de varias semanas de intensa búsqueda, el jueves pasado Alejandro González consiguió en una farmacia en El Marqués tres bolsas de pañales para adultos. Eran las últimas que quedaban en el local, lo que generó molestia en otros consumidores que también buscaban el producto. “Entre empujones y gritos la situación se complicó y salimos con un solo paquete.  Los demás se lo repartieron. Yo no sé si esto ocurre en todo el país, pero me  parece que el problema se está yendo de las manos”, opinó la hija del afectado.

Ana y Sergio, una pareja proveniente del estado Yaracuy, llegaron a Caracas por las vacaciones decembrinas y decidieron hacer un mercado en La Urbina porque en la capital se consiguen más cosas y es más tranquilo comprar, dijeron: “Donde vivimos hay muchos abastos pequeños y un solo Makro. Varias veces hemos visto que la gente se cae a golpes con guardias nacionales y han roto la cerca perimetral del mercado”.  


Estrés incrementa agresiones

Cuando los momentos de incertidumbre se prolongan resulta difícil de comprender, lo que ocurre en la realidad. Una persona puede apelar a su impulso más instintivo como la violencia, explicó Daniuska González, especialista en violencia política y urbana de la Universidad Simón Bolívar. La situación caracteriza períodos de estrés, cuando lo que está sobre la escena es la búsqueda de la supervivencia y la ley del más apto, agregó.

“Hay dos factores que inciden: las malas políticas del gobierno y la ‘viveza’ del venezolano, aunque lo veamos como algo jocoso. Esa viveza comenzará a expandirse con el tiempo y podemos esperar situaciones peores que las que estamos viviendo”, afirmó. 

José Gregorio Guerra, director de la ONG Quiero Paz, señaló que hay una reacción violenta en cadena que se produce cuando la población no tiene la capacidad para cubrir sus necesidades básicas. ”Antes se hablaba de una crisis económica que no estaba muy clara, ahora la gente lo siente en carne propia y se ve obligada a emprender una cacería de un producto tan básico como un pañal”. 

Policía para colas. Dos filas kilométricas -una para personas de la tercera edad y otra para las demás- se formaron el jueves pasado a las afueras del abasto Bicentenario de Plaza Venezuela. Los consumidores apostados allí desde la madrugada aún no habían podido entrar a las 12:30 pm. Desesperados por el calor y el hambre, un grupo de hombres se aproximó a las puertas del supermercado para espantar a los “coleones”. “¡Sáquenlos! ¡Sáquenlos!”, gritaban cuando alguno intentaba pasar por encima de guardias nacionales que fiscalizaban la entrada. Con equipos antimotín custodiaban la cola y a los clientes que salían después de haber comprado.

Desde el jueves pasado, policías y guardias nacionales, junto con policías municipales, vigilan supermercados y farmacias que reciben productos que han presentado problemas de abastecimiento. Ese día, la ministra de Relaciones Interiores, Justicia y Paz, Carmen Meléndez, anunció un operativo de seguridad en estos locales. Al Cuerpo de Investigaciones Penales y Criminalísticas también le encargaron labores preventivas; es decir, evitar  los robos durante las largas horas de espera frente a los supermercados.

El abogado penalista y criminólogo Luis Izquiel cuestionó la medida gubernamental debido al déficit de agentes policiales en el país: “Si los pocos que existen van a estar dedicados a custodiar que no se altere el orden público en las colas, las calles van a estar menos vigiladas. Es un problema que va a afectar a todos en estos días”. 

Agregó que la desesperación colectiva por obtener productos que prácticamente han desaparecido de los anaqueles ha modificado la actividad delictiva bajo otra modalidad: el robo o hurto de los bienes básicos cuando la persona termina de hacer sus compras: “Es parte de la desesperación colectiva. Ha habido peleas y lesionados porque la gente pierde el control y no le importa golpear a otro, lo que es considerado un delito. Pudiera llegar a mayores si la situación continúa o se agrava”.