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Stephen Roach

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La nueva normalidad china y los viejos hábitos estadounidenses

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China está generando mucha confusión hoy en día, tanto en su país, donde los altos funcionarios promocionan la “nueva normalidad” de la economía como en el extranjero, algo que se refleja, por ejemplo, en las tácticas al estilo de la Guerra Fría que Estados Unidos ha adoptado para contener el ascenso chino. En ambos casos, las desconexiones son sorprendentes y suman una nueva dimensión de riesgo al impacto del «factor chino» sobre un mundo frágil.

La visión oficial en China es que su economía ya ha llegado a la tierra prometida de la «nueva normalidad». De hecho, ese fue el tema del recientemente finalizado Foro de Desarrollo de China (FDC), una importante plataforma para el debate entre los altos funcionarios chinos y un amplio espectro de participantes internacionales, que tiene lugar inmediatamente después de la Asamblea Popular Nacional de China todos los años.

Desde el inicio del FDC en 2000, el gobierno chino ha aprovechado ese evento para señalar sus prioridades para las políticas. En 2002, por ejemplo, el FDC se centró en el impacto del acceso de China a la organización mundial del comercio, un evento precursor de su espectacular ola de crecimiento liderado por las exportaciones. En 2009, el énfasis estuvo en la agresiva estrategia china de estímulo poscrisis y el evento del año pasado se ocupó de la implementación de las así llamadas reformas de la Tercera Reunión Plenaria.

Esto sugiere que la «nueva normalidad» china será la principal prioridad del gobierno este año. Pero existe una considerable ambigüedad sobre qué significa exactamente esa nueva normalidad, e incluso sobre si se ha alcanzado.

En su discurso principal en el FDC, Zhang Gaoli, uno de los siete miembros del Comité Permanente del Buró Político del Comité Central (el cuerpo superior del Partido Comunista de China para la toma de decisiones), declaró que la plana mayor ha presentado la «opinión estratégica de que la economía china ha ingresado en la etapa de la nueva normalidad». Sin embargo, en la sesión de cierre del FDC, el primer ministro Li Keqiang sugirió, con un poco menos de contundencia, que China básicamente sigue a la economía mundial en su transición a una nueva normalidad.

En resumidas cuentas, el gobierno chino confunde el viaje con el destino, un punto que destaqué que en mis comentarios al FDC, en los cuales sostuve que China se encuentra en las etapas tempranas del reequilibrio de su economía hacia los servicios y el consumo. De hecho, China está lejos de afianzarse en una nueva normalidad.

La mejor forma de medir lo que China aún tiene por recorrer es considerar el desarrollo de su sector de servicios: la infraestructura de la demanda de los consumidores en una economía. La buena noticia es que los servicios están creciendo más rápidamente que cualquier otro sector y han llegado al 48 % del PBI en 2014 (sobrepasando con mucha antelación la meta del 47 % para fines de 2015). La mala noticia es que esto aún está significativamente por debajo de la participación del 60-65 % típica de una economía más «normal».

Dado esto, preocupa que los líderes chinos crean que la nueva normalidad está al alcance de la mano. La noción de que esta transición fundamental ya ha tenido lugar puede generar complacencia en un momento en que China debe centrarse en el doloroso pero esencial proceso de ajuste estructural, para el que será necesaria al menos otra década.

Continuar con el desplazamiento hacia un modelo de crecimiento impulsado por los servicios es importante por varios motivos. Como los servicios emplean en China a 30% más de trabajadores por unidad de producto que las manufacturas y la construcción, la expansión del sector ayudará a mantener la estabilidad social, incluso si el crecimiento económico se desacelera al 7 %. Los observadores en Occidente, centrados principalmente en la desaceleración del crecimiento general del PBI, continúan pasando por alto este punto clave. Además, como el sector de servicios también requiere menos materias primas y energía, esta transición ayudará a China a enfrentar sus graves problemas ambientales.

Mientras tanto, China enfrenta otro desafío igualmente sobrecogedor: la determinación cada vez mayor de Estados Unidos para contener su creciente influencia. En el FDC de este año, las tensiones entre el poder hegemónico y la potencia en ascenso fueron ampliamente discutidas, tanto en las sesiones formales como al margen de ellas.

Tres cuestiones fueron especialmente destacables: la resistencia de Estados Unidos frente a los esfuerzos chinos por establecer el Banco Asiático de Inversión para Infraestructura, una postura ahora rechazada por la mayoría de los aliados más cercanos a Estados Unidos; la iniciativa comercial insignia del presidente Barack Obama, el Acuerdo Estratégico Transpacífico de Asociación Económica, que excluye a China; y otro esfuerzo más del Senado estadounidense para promulgar legislación sobre la manipulación cambiaria que apunta directamente a China. Combinados con las disputas en curso sobre la seguridad informática y los reclamos territoriales en los mares de China Oriental y de China Meridional –sin mencionar cuestiones relacionadas con el «giro» geoestratégico estadounidense hacia Asia–, esto ha producido un enfriamiento en la relación chino-estadounidense.

Recayó en Henry Kissinger, quien estuvo presente en el nacimiento de la relación moderna entre Estados unidos y China, contextualizar todo esto. En el FDC, remarcó lo distinto de la situación actual respecto de 1972, cuando el entonces presidente Richard Nixon tuvo su primer encuentro con Mao Zedong y Zhou Enlai. A diferencia de las inmediatas amenazas militares de esa época, los desafíos actuales –como el cambio climático, la seguridad informática y la salud mundial– solo pueden ser enfrentados con un compromiso estratégico.

El imperativo de cooperar es producto inevitable de la globalización. Según enfatizó Kissinger, el Reino Medio de la era dinástica china no sabía nada sobre el imperio romano y viceversa. En el mundo actual, sin embargo, ninguna gran potencia puede darse el lujo de operar en un vacío. Todas reciben retroalimentación instantánea de las demás –especialmente para los desafíos compartidos– les guste o no.

En cierta forma, no sorprende que Estados Unidos se irrite por el ascenso chino. Después de todo, las potencias dominantes siempre han tenido dificultad para hacer frente a las nacientes. Sin embargo China, con la carga de su humillación por Occidente percibida durante 150 años, no recibe demasiado bien esa reacción.

Mientras China enfrenta los desafíos del paso de su economía a una nueva normalidad, tendrá que encontrar puntos en común con Estados Unidos y Estados Unidos tendrá que trabajar para profundizar su comprensión de la transición china. Ambos países deberán mostrar liderazgo, visión y apertura para lograr un compromiso de colaboración. Desafortunadamente, no hubo muchas señales de esto en el FDC de este año.

 

Stephen S. Roach, docente en la Universidad de Yale y expresidente de Morgan Stanley Asia, es autor de un nuevo libro, Unbalanced: The Codependency of America and China (Desequilibrados: la codependencia de EE. UU. y China).

 

Copyright: Project Syndicate, 2015.