• Caracas (Venezuela)

Sócrates Ramírez

Al instante

La virtud de tener hambre

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Al principio los invadió la vergüenza de la cola al saberse numerados, zonificados y humillados para comprar alimentos. El malestar avanzó al mismo ritmo que la especialización de los controles. Hubo quienes percibieron la deshonra humana que significa ordenarse militarmente para meterse un bocado de pan en la boca. La realidad avisaba en clave: aquí no hay para todos, para usted no alcanza, usted no cabe.

La intranquilidad fue sustituida por la mansedumbre y la costumbre. Se ajustaron los horarios y los ritmos al turno correspondiente en los mercados. La cola se convirtió en el refugio de los invisibles, en el ágora de la necesidad donde la precariedad más miserable reúne a los hombres y los pone a hablar del futuro convertido en paquete de harina. La cola y la captura de “lo que hay” sustituyeron al mérito y al amor como recurso de reconocimiento social y afectivo. La heroicidad y la gloria reservada para la acción de uno en beneficio de todos quedaron reducidas a víveres en una bolsa negra. Se extendió experimentalmente una extraña solidaridad fundada en las nuevas delicateses.  

Pero hubo más. Las formas de saciar el hambre se convirtieron en motivos de delación. La primigenia solidaridad se transformó en denuncia. El olor de lo que a los ojos de todos no aparece: un trozo de carne asándose o el aroma del café que se filtra pese a las ventanas cerradas, pasaron a ser razones acusatorias por desviación gastronómica burguesa. Lo que antes era cotidiano se convirtió en un privilegio y en aquella sociedad de la igualdad el privilegio era perseguido: comer escondido era castigado. Sólo comía bien el delator, por eso el señalamiento y la denuncia fueron abrazados con fruición. Para engullir algo más o menos decente, sucedáneamente nutritivo, sólo bastaba con afinar la nariz, pegar el oído a la pared de al lado o mirar con incendio la bolsa del vecino y denunciar el arroz o el huevo frito como un crimen contra la igualdad estomacal. El trabajo mejor pagado era escrutar en la vida de los otros.

El ciudadano dio paso al chivato, la solidaridad a la vigilancia, la libertad a la misión. Aquel país se disolvió en la propaganda que imponía a todos el deber de salvar el socialismo, de contrarrestar los ataques, de precisar y destruir enemigos. Todos debían creer que podían hacer la guerra con hambre. El hambre fue sinónimo de dignidad y resistencia. Leal era quien aguantaba más sin quejarse, quien necesitaba menos, quien parecía sentirse más cómodo en medio de la miseria y la barbarie.   

En la más remota intimidad que pudo salvarse, en las torpes palabras que podían cruzarse mientras la vigilancia pestañeaba a veces se comentaba, con temor, que el Comando había fracasado en su deber de velar por el bienestar de todos, por su seguridad, por su alimentación. Ingenuos pensantes. El Comando había triunfado. Con cola y hambre logró lo que no consiguió con finas maneras: avergonzarlos de sí mismos, devolverlos a la animalidad de quien hiere a otro para comer, transmutar la admiración por el celo, en fin, arrodillarlos. Pero, ¿todos hicieron del hambre una virtud?, ¿todos se arrodillaron?, ¿acaso alguien dijo no?

 

@RamirezHoffman