• Caracas (Venezuela)

Sócrates Ramírez

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Sócrates Ramírez

Un lugar para Betancourt en la memoria

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Hoy la pérdida de la democracia no solo es causada por la acción de un voluntarismo usurpador, mucho le debe al olvido social de nuestra retórica democrática como experiencia histórica. Hemos permitido que el lugar del recuerdo y el esfuerzo por la institución de un orden político civil sea ocupado por una trampa como relato. Ese relato humilla y sustituye a los civiles y la democracia. De ahí que si el chavismo ha encontrado un lugar en nuestra historia, ha sido favorecido por la desmemoria colectiva o por la deliberada y torcida memoria selectiva.

El pasado 22 de febrero se conmemoraron 107 años del nacimiento de Rómulo Betancourt. Grandes trazas de su pensamiento que tanto sirvió a la construcción de nuestra modernidad política hoy lucen como tareas sin solución o como efectos del olvido. Ciertamente, las ideas políticas de los hombres pertenecen a su tiempo. A veces, el deseo de hallarles obstinadamente un lugar en el presente parece un arrojo constructor de heroicidades; pero también, desde el ahora, sus palabras pueden funcionar como un insumo revelador de lo inacabado, de un pasado vivido, de una experiencia extraviada. Bajo esta segunda clave merece la pena recordar a Betancourt, quien nos pone frente a varios pendientes republicanos producto de la regresión histórica que ha supuesto la última tiranía bolivariana.

Frente a la apología del poder y del protagonismo de uno solo, la Venezuela del presente, pero sobremanera la del porvenir, habrá de recordar y convertir en un valor político la pedagogía betancouriana de la despersonalización del poder. Frente al discurso rojo del pueblo heroico, cuyo machismo solo alcanza para someterse sin parpadeo a la voluntad personal o al don del Estado, nuestra futura democracia deberá fijarse en Betancourt para reconstruir el discurso del pueblo capaz, no uno cuya pericia sea aupada para poner su ímpetu al servicio de otro vil sometimiento, sino un pueblo que sea convencido de su posibilidad de vivir libre, dándose a sí mismo su propio orden, valorando la educación, la cultura, el trabajo y la propiedad. Hoy, como desde otra acera en el pasado lo hizo el positivismo gomecista y perezjimenista, el discurso soterrado de la incapacidad popular ha sido un recurso eficiente al servicio del militarismo socialista.

El vencimiento de nuestro delirio de grandeza dentro del hemisferio y la retórica del país potencia por decreto han de encontrar en Betancourt un buen referente de mesura y realismo, en cuanto a la ubicación y el papel de Venezuela en la región. La estabilidad doméstica nacional mucho le deberá a la sincera percepción de cuál es nuestro espacio en el mundo. La tradición de un Estado dispendioso ante los selectos amigos extranjeros halla entre sus falencias el olvido de atender el tema petrolero bajo los estrictos intereses de nación. Esa generosidad interesada y empobrecedora ha postergado las ideas económicas de Betancourt cultivadas desde la primera hora.

Nuestro futuro en libertad podrá detenerse en la elocuencia y el ejemplo sobre la ética de la administración pública con la que tanto fustigó Betancourt una tradición de corrupción y expoliación patrocinada por el Estado, cuya recurrencia parece hoy el leitmotiv del poder.

En la inmersión de esta contingencia, las palabras de Betancourt son propicias para encontrarnos con un país que alguna vez comprendió la necesidad de los partidos en democracia; de un personaje que luego de su peripecia revolucionaria recomendó (y se sometió) ejercer un pragmatismo organizativo ante la urgencia, lo que suponía la valoración y protección del sistema democrático antes que la lucha intestina por la imposición de un programa. Y aunque esta última es una lección que solo parece aprendida después de 1948, Betancourt es un ejemplo de cómo a la democracia se llega a través de una marcha cuidada y prudente, donde es posible que los apuros y los atajos históricos dejen momentáneas satisfacciones públicas, pero imponiendo a la larga retrocesos imperdonables.

En la tarea de remendar el país y la democracia, la memoria de Betancourt sin duda podría sernos útil.