• Caracas (Venezuela)

Sócrates Ramírez

Al instante

El fiscal Nieves y la banalidad del mal

  • Tweet:

  • Facebook Like:

  • Addthis Share:

Adolf Eichmann es un modelo expresivo de la banalidad del mal para Arendt por tratarse de una persona que a pesar de su aparente normalidad es incapaz de distinguir el bien del mal. La imposibilidad de juzgar lo convierte en un instrumento eficiente dentro de una maquinaria burocrática y criminal cuyo avance el individuo no logra percibir.

No es la incapacidad para el juicio moral lo que las confesiones del fiscal Franklin Nieves ponen de relieve. Por el contrario, su conducta revela que a pesar del miedo más paralizador que el ser humano llegue a sentir, la conciencia puede (y debe) reinar sobre el miedo, y esa demostración será un espejo donde tendrán que mirarse quienes al rendir cuentas en el futuro excusen con el pánico el presunto adormecimiento de su juicio. Si algo hay que destacar como enseña en este caso, es que vivir en medio de la vileza no justifica el deseo de permanecer enlodado en ella, o como recuerda Javier Cercas, “siempre será posible decir no, cuando la mayoría dice sí”.

Lo que en Nieves me recuerda el proceso de Eichmann es su aparente normalidad. La ejecución de los crímenes del chavismo está en manos de gente común que debido a las condiciones donde actúan pueden resultar aterradores. Nieves se mostró como un hombre cualquiera, evidenciando que la burocracia oficial, encargada de los menesteres corrientes de toda administración y al mismo tiempo dispuesta al crimen, está llena de personas como él. Se trata de un profesional universitario con un verbo siempre en rodeos, transparentando su dificultad para ser concreto, acusando sin la debida contundencia de la infidencia irrefutable, lo que en un fiscal es inadmisible, pero tratándose de uno venezolano resulta acendrada costumbre. Podemos tener una mejor idea del lugar que ocupa un funcionario dentro de la burocracia del régimen cuando lo oímos decir “mas, sin embargo”. Un hombre que habla así tiene en este país la tarea de demostrar las culpas de otros ante un tribunal.

La mayor crudeza de Nieves no fue el detalle sino el cliché, esa facilidad con la que pasó de señalar y ofender a sus acusados a sentir conmiseración, y a manejar un nuevo código que ahora le resulta correcto: el lenguaje del culpable arrepentido. Su actuación no estuvo determinada por motivos privados que le obliguen odiar a sus víctimas, sino por la existencia de un odio oficializado que sus jefes se imponen repartir usando la ley como pretexto. ¿Acaso no abundan en las dependencias públicas personas así? Son los encargados de lo corriente, de la labor invariable que bien conocen, pero muchos, desde la certidumbre o la ignorancia, son simples instrumentos al servicio de una máquina de causar daño. Nieves fue uno de ellos. Cuando el controvertido fiscal dice que es un funcionario de carrera, con más de veinte años al servicio del Ministerio Público, nos pone frente a la profundidad y eficiencia del chavismo en la destrucción de instituciones y generaciones. Los nazis, por ejemplo, solían apartar a la vieja administración que no quería servir a sus fines, prefiriendo en la mayor parte de los casos la savia juvenil para liquidar el cascarón del pasado. Esto lo superó el chavismo, quien capturó a la vieja guardia para hacerla útil a su podredumbre.

La potenciación del mal banal es posible cuando se implementa desde complejas organizaciones burocráticas, donde se exige que las personas funcionen sin pensar, de ahí la adicción al manual, al procedimiento, a la orden. La jerarquía de la burocracia manda y responde evitando que los funcionarios tengan dudas y cuestionen. Para el caso concreto de Leopoldo López, Nieves reveló la jerarquía que decide y diseña el crimen, mientras que a sujetos como él sólo corresponde instrumentarlo. Esa es la elocuencia de la finura gansteril del chavismo (o del aburguesamiento criminal como tal vez ellos le llamarían): la Nomenclatura piensa y el funcionario se ensucia.

Según la fiscal general, Nieves sufrió una suerte de posesión por el extranjero que lo obligó a rendir un acto de conciencia a destiempo. Razonamiento que ilustra en clave totalitaria la concepción de que todo desequilibrio a la decisión de la autoridad es consecuencia de la magia conspirativa de los enemigos de afuera; donde la capacidad de juzgar es presentada como la inoculación a un individuo programado simplemente para obedecer. Tamaña confesión resguarda la convicción de que no se tiene a cargo a seres humanos capaces de discernir y actuar lo inesperado sino a un rebaño de cómplices sin criterio.

La Fiscal también dice que Nieves fue destituido por incumplir su juramento. El presidente de la República le llama públicamente traidor. Es la tesitura de un odio que ha engullido al Estado, que para funcionar, requiere que los individuos a su servicio renuncien a toda moral. Cuando se argumenta que Nieves faltó a su juramento, o se le llama traidor, se camina abrazado con el nazismo, para quien la lealtad es superior a la conciencia.

@RamirezHoffman