• Caracas (Venezuela)

Sócrates Ramírez

Al instante

A 70 años de aquel octubre

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Ayer se cumplieron 70 años del inicio de la Revolución de octubre de 1945, probablemente el proceso político venezolano más controvertido del siglo XX a cuya ocurrencia le debemos los primeros sabores de la vida en democracia. Evitando ser reiterativo sobre lo que toda una tradición política e intelectual ha destacado como virtuoso o réprobo durante el Trienio, quiero precisar algunos alcances que resultan imprescindibles a la hora de referirse a ese octubre, sobre todo por la urgencia que reviste recordarlo en esta hora.

La Revolución fue un acto de fe de AD (y por obligación pública también de la juventud militar) en toda la población venezolana. ¿Cuál es ese acto de fe? La convicción de que el pueblo venezolano puede vivir en libertad, sin disolverse como sociedad. La Revolución desarmó la idea de que la libertad es una impostura, de que nosotros estábamos incapacitados para alcanzarla y disfrutarla y que su lugar debía ser ocupado por un capataz dirigiendo a un pueblo imberbe. En el Trienio, nos estrenamos como un pueblo responsable de su propio destino, de ahí que la ineludible novedad que entraña este proceso es la fundación de la libertad política en Venezuela, que no es otra cosa que la aparición del pueblo en el espacio público, la construcción de un poder, verdaderamente popular, que decide el sentido de la vida común, de la vida de todos juntos. ¿Acaso otra cosa es la política? Lo que hayamos hecho con tal libertad es una prueba constante a ese auto de fe, cuya respuesta no compete a sus promotores sino a los herederos. Si la libertad implica responsabilidad, somos nosotros los responsables del uso dado a la mejor conquista de la Revolución. Salvaguardar la hazaña de la libertad es una obligación histórica, es nuestro compromiso político con el pasado y con el futuro.

Lo desatado en octubre de 1945 es una reinvención semántica, y por ello una reivindicación, de la palabra revolución, tan manoseada y mancillada en el lenguaje político venezolano de antes y después. Nos legó el ejemplo –acorde con otras experiencias de su signo– de que las revoluciones se hacen para fundar libertades, no para reducirlas o someter a los pueblos a la esclavitud o la servidumbre.

Frente a toda una tradición reduccionista de este evento que ha logrado posicionarlo con el mote de “hegemonía adeca”, la Revolución entrañó un ejercicio de pedagogía política inédito en nuestra historia republicana, que va más allá de la demostración antipersonalista dada por sus hombres cuando dijeron al país que no habían llegado al gobierno para quedarse perpetuamente con él: se trata de una educación cívica que gravita sobre el principio del pluralismo. Cuando se leen los discursos de Rómulo Betancourt durante el período no se encuentran sino llamados a respetar la diversidad política y a reconocer al contrario siempre que se ajuste a las reglas de la democracia.

Con ese octubre, por primera vez en nuestra historia el Estado es conminado a lucir como un cuerpo objetivamente responsable. Ya no puede hacerlo bien o mal a discreción y sin consecuencias sonoras, sino que queda obligado a conducirse correctamente. Cuando el Estado no tiene una obligación con sus mandantes (o la tiene y no la siente) hace lo que le da gana. La gran virtud de la política de masas, ergo, de un pueblo que elige, que participa, que opina, que cuestiona sin ambages, es que el Estado se debe a la gente, que está atado a un orden legal creado democráticamente y por lo tanto no puede hacer lo que quiera. Uno de los grandes riesgos del secuestro del Estado es que con la constitución de un nuevo poder la clase política usurpadora perezca estrepitosamente. Con la Revolución, el gomecismo residual vivió esa experiencia.

Como vemos, del Trienio nos quedan conquistas que resguardar (más bien, conquistas que reeditar), e igualmente, entuertos históricos por resolver. Esa Revolución del mismo modo que permitió al pueblo conquistar la libertad, reabrió la política a los militares, desnaturalizando la democracia pregonada. Dentro de nuestras más urgentes tareas futuras está poner a las Fuerzas Armadas definitivamente al servicio de la nación y la democracia que deben resguardar con las armas que el pueblo le ha confiado. La política es el imperio de la palabra de la gente, y el mayor servicio que a ella prestan los militares es el retiro de las armas del espacio donde la gente se encuentra, habla y delibera.

Octubre es una vigencia, el ritmo de sus propósitos y consecuencias está aquí y allá, en medio de los avatares que vivimos. Ya lo anunciaba Luis Castro Leiva cuando tituló a dos de sus ensayos El dilema octubrista, 1945-1987 y Ese octubre nuestro de todos los días; o como lo recordaba Germán Carrera Damas cuando en reciente entrevista decía: “El Trienio adeco no ha terminado”. Por el recuerdo, y por la obligación con la historia y la libertad, octubre es eso que no nos han podido quitar.

@RamirezHoffman