• Caracas (Venezuela)

Sócrates Ramírez

Al instante

Hugo

  • Tweet:

  • Facebook Like:

  • Addthis Share:

Me llamo Hugo, aunque no sé si hoy tengo derecho de llamarme así. Solía entretenerme leyendo temas políticos y literarios, pero es cosa de ayer, cuando aún era un hombre libre. Después llegaron ellos y me cambiaron el país. Para ser justos con la verdad, es mejor decir que me robaron el país. Empezaron expulsándome del pueblo, lanzándome al lugar de los apátridas, de los desarraigados. Me echaron del todo, recordándome que la única forma de volver era el sometimiento y el silencio. Vulneraron lo que he aprendido, burlándose de la palabra como el único recurso que tiene el ciudadano frente al poder. Mi voz, mis derechos, todo eso se lo llevaron.

Luego instalaron la vergüenza. Primero me transformaron el pasado, después pretendieron cambiar la percepción sobre mí mismo. Desde entonces, fue imposible referirme a mis placeres sin susurrar o bajar la mirada. Recordaba que el totalitarismo ridiculizaba a los sujetos por lo que eran, destruyendo su identidad y suplantándola por una nueva. Hoy, la identidad son ellos. Hoy estoy obligado a referirme con pena y monosílabos a los libros que me gustan, a los viajes que he hecho, a los colores que me atraen, a mi ocio, y a cualquier atisbo de mi historia.  Peco al evocar. Me dicen que pensar en el futuro es conspirar.

En el fondo, estoy seguro de que desprecian mi talento (¿acaso lo tengo?). Siempre me recuerdan que sólo pagan mi lealtad. Mi agudeza la quieren gratis, porque el saber no aplaude. Los paladines de la lucha contra el capital me explotan bajo el engaño del trabajo voluntario. Arguyen que marchando, gritando y arrodillándome por la revolución no hay plusvalía posible. Mi vecina, quien trabaja barriendo calles, debe hacerlo con una camisa que reza: “Guardianas de Él” ¿Y a ti, para vivir, cómo te obligan a vestir?

Poco a poco han ido destruyendo los correlativos de lo que antes significaba elegir, pensar o decir. Han querido destruir toda voluntad de cooperación, de solidaridad, incluso de amor, para reemplazarla por los policiacos usos de «camarada» y «patriota cooperante». Demoler el afecto, sustituirlo por vigilancia y la delación es su objetivo. Poco espacio nos queda para el habla enriquecedora y diversa. Las palabras han sido confiscadas por la gramática de la cola, la emoción concentrada en un paquete de café, los apegos exiliados, o por el relato de una muerte prematura.

Nuestra libertad ha sido secuestrada por los turnos. Mi cédula termina en 1, entonces existo los lunes y a veces los sábados. Siempre me pregunto cuál es el horario de ellos. Me han lanzado al reducido mundo de la necesidad, diciendo que más allá de la cola queda la zona de los valores burgueses decadentes. Por eso la indigencia revolucionaria es siempre moral. Han convertido mi cuerpo en el mecanismo activador de la miseria que me toca. Por eso ya no es mi trabajo sino mi huella lo que me da de comer. “Tu huella es la responsable”, eso dicen.

Han hecho de nuestra vida una imprudencia: salir, hablar, comprar, tener, sentir, todo es un riesgo. Nos han cambiado el arte y hasta el siempre preferible grafiti de denuncia callejera por un infatigable culto mortuorio, por la omnipresencia de unos ojos vigilantes. Hicieron de la calle un teatro de estética opresiva. Un escenario de guerra que civiles desarmados compartimos diariamente con hombres de verde y fusil.

Cuando ellos llegaron pensé que nuestro principal compromiso sería salvar la república. Hoy, nuestra obligación elemental es preservar un resquicio de humanidad. Vivir será siempre la mejor manera de resistir. Quizá no deba pedir más. Aunque yo tal vez sea de esos en cuyo cráneo un balazo suena hueco. Supongo es lo que debe pasarles a los que son menos humanos. Quien puede morir de ese modo no merece llamarse Hugo. Hugo es un techo, un nombre para lo Eterno.