• Caracas (Venezuela)

Sócrates Ramírez

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Sócrates Ramírez

Elegir la servidumbre

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No se trata de todos, suerte que no. Uno encuentra empleados públicos probos, que conocen el ámbito de su trabajo y se ajustan a él, eso es innegable. También los hay contestatarios, quienes bajo los escasos medios a su alcance se resisten a ser incorporados a la masa, que contra todo riesgo no se uniforman, no marchan, no se arrodillan. Por fortuna para ellos mismos, y para el país, todavía existen. Pero no es sobre ellos que quiero escribir, sino sobre otro tipo laboral más abundante y extendido que ha descubierto el placer en la servidumbre.

Seguramente usted ha visto sus caras en los días de faena callejera revolucionaria. En su andar no hay obligación sino consentimiento. Un éxtasis en mostrarse públicamente con una indumentaria de marca que imita el rojo del pueblo, pero que no es el pueblo. Se trata de los que están convencidos de que el Estado no les paga por la tarea estipulada en un contrato, sino por hacerle propaganda. De ahí que no perciban contradicción alguna entre el desarrollo de sus labores y una tarde bajo el sol haciendo del socialismo una consigna. Salir es algo que agradecen, pues lo perciben como la liberación de la parte más accesoria de sus obligaciones. La calle, durante un día de trabajo cualquiera vestido de rojo, entraña la posibilidad de exhibirse y ser reconocido en conjunto como los apoderados del país.

Nos hemos confundido al pensar que este tipo laborante acepta por miedo las formas de su sometimiento. Que toda la estética diaria que tienen alrededor la soportan por la necesidad de conservar un empleo, un salario. Hay más que eso. En sus acciones se percibe cierto disfrute, incluso en medio del avatar del país del que tampoco están exentos. Es el placer del que se sabe arriba, del que ha reducido toda concepción de mérito a la materialidad de una franela y un carnet. Son los que saben que defender el chavismo es salvarse a sí mismos, pues en un escenario distinto tendrían que competir con otros, tendrían que luchar contra su propia fatuidad.

Esta es la estampa del funcionario que hoy atropella al ciudadano en la puerta o la taquilla de una institución pública, el que le dice “vuelva la próxima semana que hoy no hay despacho”. El que no contesta el teléfono, el que durante sus horas útiles no permanece en su puesto. El que excusa la ineficiencia diciendo que hay poco personal disponible, pero que a tres pasos, tiene a varios compañeros levantando un toldo para recoger firmas contra el imperialismo.

Ellos se saben, y con razón, parte fundamental de la savia socialista. El móvil que les impulsa no es un pretendido anhelo de justicia frente al pasado, sino el rasguño de una vida de privilegios infelices: no es casualidad que los operativos más frecuentes y surtidos para vender productos regulados y escasos tengan lugar en las oficinas públicas, a puerta cerrada. Agradecen tener una cola exclusiva en medio de un país de colas para comprar comida. Se trata de un tipo que representa genuinamente la rapacidad del socialismo, que en medio de su crisis de lealtad tal vez encuentre en estos siervos el último reducto de espontaneidad. La tarea del futuro en libertad será enseñarles que a ellos se les paga por la dignidad de un trabajo bien hecho y no por su complicidad.

 

@RamirezHoffman