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La popularidad no salvó a Lusinchi de quedar en el olvido

Jaime Lusinchi, 1985 | Foto: Archivo El Nacional

Jaime Lusinchi, 1985 | Foto: Archivo El Nacional

Nacido en Clarines, Anzoátegui, fue un militante político desde la adolescencia. Ocupó todo los cargos en el partido Acción Democrática, una organización que la dictadura de Marcos Pérez Jiménez ilegalizó y persiguió con particular saña

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En su  toma de posesión de la Presidencia de la República, el 2 de febrero de 1984, Jaime Lusinchi, esbozó lo que sería su principal compromiso en sus cinco años de gobierno: la profundización del pacto social, como manera de lograr el reparto equitativo de la riqueza, y la modernización del Estado, como la vía para multiplicar y fortalecer los inmensos recursos humanos y naturales del país.

Fue un discurso desde la humildad y por la conciliación, en el que su llamado a la incorporación al trabajo fecundo y a compartir las cargas resonó más allá de los jardines del Palacio Federal Legislativo: “No quiero ser un pobre poderoso solitario”.

Nacido en Clarines, Anzoátegui, fue un militante político desde la adolescencia. Ocupó todo los cargos en el partido Acción Democrática, una organización que la dictadura de Marcos Pérez Jiménez ilegalizó y persiguió con particular saña. Con el título de Doctor en Ciencias Médicas, que recibió en 1947 en la Universidad Central de Venezuela, combinaba labores médicas y responsabilidades partidistas en la clandestinidad. Fue subsecretario de propaganda y responsable del periódico Resistencia  junto con el dirigente sindical Manuel Peñalver.

Apresado y expulsado del país, llegó a Argentina y luego siguió a Chile, donde se especializó en Pediatría. En 1956, viajó a Nueva York y coincidió con Rómulo Betancourt, Simón Alberto Consalvi y otros líderes que desde el exterior aunaban recursos, estrategias e ideas para desalojar la tiranía de Venezuela. No dejó de estudiar. En 1958, con la restitución de la democracia, regresó al país y participó como diputado por Anzoátegui en la derrota de la sublevación armada de los sectores afines a Fidel Castro y el modelo soviético-estalinista. Repitió tres periodos sucesivos en la Cámara Baja y en 1978 fue elegido senador. En 1981 fue designado secretario general de AD y en 1982 fue postulado candidato a la Presidencia de la República.

Un hombre sencillo y gran conversador, sin grandes pretensiones ni con mayores ansias de trascendencia, se apoyó en sus estrechos vínculos con el buró sindical y la maquinaria partidista para intentar sorprender a los sectores más ortodoxos del partido y a los grupos de interés que dominaban en el país y dar un paso hacia la modernización con justicia social. Aunque ganó la contienda electoral con 56,5% de los votos contra 30,6% de su más cercano contendor, Rafael Caldera, la situación económica fue un pesado fardo que lo mantuvo contra las cuerdas todo el período.

Desde el 18 de febrero de 1983, cuando el bolívar fue devaluado después de una década de estabilidad monetaria, la situación económica del país era bastante crítica. En 1984, no solo los precios del petróleo se desplomaron, sino que también debió afrontar una deuda externa gigantesca, adquirida de manera desordenada, sin cumplir los requisitos de ley y para ser cancelada a corto plazo. Negoció y renegoció, pero al final tuvo que decretar la cesación de pagos.

Con los ingresos del país a la mitad, mantuvo las grandes obras y  los programas sociales, y no cejó en su disposición de modernizar y descentralizar el Estado.  Terminó los proyectos del Guri, la Línea 2 del Metro y varias represas. Empezó la autopista Caracas- Puerto La Cruz, todavía inconclusa, pero fue la designación de la Comisión para la Reforma del Estado, el 17 de diciembre de 1984, lo que le permite dar el gran paso en consonancia con el VII Plan de la Nación, y que le creará problemas en su propio bando.

Si los grupos empresariales sacaron las uñas con la propuesta de privatizar empresas del Estado para entregárselas a los sectores menos desarrollados de la sociedad, ante las propuestas de la Copre, los principales críticos son los enquistados en las estructuras del poder. No están dispuestos a permitir la elección de los gobernadores por voto popular y directo, una prerrogativa que estuvo siempre en manos del presidente. Viendo que las propuestas de la Copre lo aislaban de sus partidarios, prefirió darles de larga. Retrocedió.

Mientras el país vivía crispado porque lo que se había anunciado como “el mejor financiamiento del mundo” pasó a ser “nos engañaron”,  el 9 de agosto de 1987 entró la corbeta colombiana Caldas en el territorio venezolano. Lusinchi autorizó la movilización de las Fuerzas Armadas. Se enviaron a la frontera más de 100.000 soldados y los caza-bombarderos F-16 esperaban órdenes de ataque. El presidente de Colombia, Virgilio Barco, hizo lo mismo del otro lado de la frontera. El 17 de agosto de 1987 la crisis llegó a extremos desconocidos. Cuando faltaba poco para que los submarinos venezolanos la hundieran y comenzara la conflagración, la corbeta se retiró. El liderazgo civil de ambas naciones había desechado la guerra como forma de entendimiento.

Con las divisas y su reparto “equitativo”, el gobierno de Lusinchi tocó muchos intereses  en juego con las importaciones, mientras otros ocultaban sus propias trapacerías levantando escándalos y denunciando entuertos. El hombre que no quería ser un pobre poderoso solitario se volvió camorrero y peleón. Finalizó su mandato con una alta popularidad gracias a su eficiente aparato propagandístico, pero terminó divorciado de su mujer, peleado con sus amigos y repudiado por sus aliados políticos. Todo quedó dispuesto para su enjuiciamiento político y su ida del país. Pasó al olvido, a la otra forma de morir.