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¿Y el pueblo?

¿y el pueblo? | Ilustración: RA

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El catalizador de las manifestaciones y del carácter que progresivamente tomaron fue la consigna de Leopoldo López de sacar por este medio al Gobierno

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Nosotros queremos decir de entrada que no estamos de acuerdo con ese método, tanto porque no nos parece realista como porque, aunque lograra su objetivo, no nos parece legítimo y sembraría un precedente peligrosísimo.

Causas que están en el fondo de las manifestaciones

Ahora bien, sería absolutamente simplista pensar que lo que está sucediendo con tanta compulsividad nació de la decisión de Leopoldo.

Existía y existe un malestar de fondo con el Gobierno, malestar muy justificado y además presente en todos los sectores del país incluidos los chavistas.

Tres son las razones de peso que comparte una abrumadora mayoría de conciudadanos:

La primera, la más grave de todas, es la inseguridad pavorosa; no solo, los robos incesantes y los secuestros, que ya casi no se denuncian, sino, sobre todo, los asesinatos a mansalva.

Causas de fondo son la falta de expectativas, la falta de cohesión social y, sobre todo, la falta de conciencia de la propia dignidad; pero causas concomitantes de extrema gravedad son la ineficiencia del Estado en cumplir su deber de garantizar la seguridad de los ciudadanos y de sus propiedades debido, en gran medida, a la complicidad de los órganos de seguridad y del sistema judicial, que da como resultado la impunidad reinante que descorazona a la ciudadanía que llega a expresar que solo de Dios espera ya justicia.

Este estado de cosas es tan grave que hace pensar que no estamos en un Estado de derecho.

La segunda causa es la destrucción del aparato productivo, tanto por la propuesta de un modelo estatista, ya fracasado, como por la pavorosa ineficiencia de las empresas del Estado.

El resultado es que habiendo dispuesto del doble de renta petrolera que toda la democracia, tenemos que importar casi todo porque no producimos casi nada y por eso no bastan los dólares y el Estado se ha endeudado de modo tan escandaloso que está comprometiendo el futuro, ya que gran parte del petróleo que se venda no generará ingresos porque ya se nos pagó por adelantado.

Por eso, como no hay dólares para comprarlo escasea todo, no solo la comida sino los repuestos y en general los implementos de todo el sistema de bienes y servicios.

El racionamiento patentiza la soberbia del Gobierno que prefiere sumirnos en la miseria antes que rectificar y pactar con la empresa privada dándole garantías –que no son otras, por lo demás, que las garantizadas en la Constitución y que el Gobierno ha incumplido– sin entregarse, obviamente, en manos de ella, que no es lo mismo.

La tercera causa es la corrupción. La existencia inocultable de la boliburguesía la patentiza.

Una lacra tan extendida que invalida todo discurso altruista por parte del Gobierno. La causa de fondo es la misma que la de la violencia: el olvido de la propia dignidad, el mismo olvido que achaca con razón al neoliberalismo.

Pero la posibilidad de hacerlo impunemente deriva de la opacidad antidemocrática de todo el aparato estatal que no expone los datos ni rinde cuentas, además de que no existen órganos contralores independientes, como manda la Constitución.

Es claro que la preferencia hasta hoy de la importación sobre el estímulo a la producción nacional, que está arruinando al país, no se debe solo al resentimiento contra el empresariado, sino también a las jugosas comisiones en las importaciones directas y a las compañías de maletín denunciadas, pero nunca sancionadas.

Acometer la solución de estos tres macroproblemas exige nada menos que un cambio de modelo.

El Gobierno lo sabe y por eso, cuando la opinión pública lo hace inexcusable, decreta planes que nunca se implementan porque la solución es de fondo.

Por ahora no se ve voluntad política para hacerlo. Desgraciadamente nosotros creemos que solo pondrá manos a la obra cuando no tenga más remedio para no desplomarse. El problema es que entonces será demasiado tarde.

Esta es la razón de fondo de las protestas que, como vemos, es absolutamente razonable; aunque, como hemos expresado, no creemos que mantenerse en la calle hasta que el Gobierno caiga sea el camino adecuado para que se solucionen los problemas señalados.

Por el contrario, es el mejor pretexto para que el Gobierno, en vez de concentrarse en resolverlos convocando acuerdos nacionales, radicalice su tendencia fascista: gobernar solo para los suyos, sustituir la verdad por la propaganda, demonizar a los opositores, utilizar la fuerza desmedida y la desprotección de los derechos ciudadanos y humanos.

Si la camorra opositora suena también a fascista, uno a otro se realimentan. El que pierde es, obviamente el país.

Quiénes han salido a la calle y por qué

¿Quiénes han salido a la calle en las manifestaciones pacíficas? No la burguesía ni el pueblo, aunque hayan salido elementos de una y de otro.

Tampoco la clase media alta. Ha salido sobre todo, la clase media media y la clase media baja, asalariadas.

¿Por qué precisamente ellas? Porque en estos últimos años son los que más han perdido.
Quien vende, incluso de la clase popular, traslada al comprador el aumento incesante de costos. Pero quien vive de un sueldo se va proletarizando incesantemente, estando actualmente por debajo de gente de clase popular que trabaja por cuenta propia o tiene su negocito. Y tiene más gastos que ellos.

Ahora bien, no es solo el descenso pavoroso e injusto de su nivel de vida; le afecta igualmente el deterioro de sus condiciones de trabajo, sea en un hospital o en la universidad, para poner dos casos evidentes, y es por esta causa que han salido a marchar. Aquí es donde viene el modelo.

El Gobierno no da a quien no es chavista y estos gremios no lo son. Si se atuviera a la Constitución, como son empleados del Estado y no del gobierno, no tendría que haber ningún problema. Pero mientras persista en su tendencia totalitaria, el problema no tendrá solución.

Este problema se agudiza en los jóvenes de estos estratos y en no pocos jóvenes populares hasta volverse una crisis que amenaza seriamente su constitución personal.

Por eso la salida a la calle hasta tumbar al Gobierno es síntoma de esta desesperación de fondo, que quisiera expresarse de modo más constructivo, pero que no encuentra canales.
Porque para el joven lo más grave no es un presente empantanado, sino no vislumbrar futuro.

Quienes salen son quienes no quieren irse del país y, sin embargo, sienten que se les cierran las puertas.

Hemos comenzado expresando que no estamos de acuerdo con ese camino y que pensamos que debe acabar cuanto antes. Pero tenemos que hacer justicia a las motivaciones de fondo. Unas motivaciones que, desgraciadamente, no está queriendo comprender el Gobierno.

¿Y por qué no sale el pueblo?

¿No es a él a quien más le afecta la violencia y el deterioro económico y de los servicios? Es a quien más le afecta, sin duda, la violencia.

También le afecta gravemente el deterioro de los servicios, ciertamente la educación, que está en un estado tan lamentable que inhabilita casi al joven para un desempeño profesional cualitativo; pero más todavía, si cabe, el de la salud ya que el abandono de los hospitales por parte del Estado lleva a la muerte de no pocos enfermos.

El deterioro económico le afecta muchísimo; pero en este punto el Estado, si no le ha dado capacitación a la altura del tiempo para que él se haga autónomamente su vida, que es el derecho de los derechos, sí le ha dado subvenciones y empleos, en gran medida no productivos, que han sacado a muchos de la miseria.

En este sentido hay un agradecimiento por parte de los más pobres y de los empleados. Y hay también una dependencia. Esta dependencia se agudiza por el control de las asociaciones de vecinos, del partido y de otros colectivos comprometidos con el Gobierno.

A pesar de eso, sin embargo, gente popular organizada viene protestando incesantemente.

Pero son protestas concretas, que tienen como contenido principal la situación laboral y también la vivienda y el hábitat.

En este sentido preciso tendríamos que decir que la gente popular organizada es la que más ha manifestado en la calle reivindicando sus derechos.

No se les puede acusar responsablemente de apatía. También habría que subrayar que ordinariamente ha estado sola en esas luchas, que nadie ha dado la cara por ellos. Y no se ha quejado porque está acostumbrada: sabe que es así, que solo se ocupan personalmente de ellos en tiempo de elecciones.

No ha secundado estas protestas para sacar al Gobierno por dos razones: porque realistamente cree que ése no es el camino, que por esa vía no tiene nada que ganar y mucho que perder, y porque no cree de ningún modo en la alternativa que pudiera salir por ese camino.

No verlo así es parte del desencuentro de las clases medias con el pueblo, un desencuentro que tiene ya más de tres décadas.

Sería importante que, al verse solos, comiencen a pensar que estarían muchísimo mejor si acompañaran al pueblo; así el pueblo los acompañaría también. Pero, como hemos dicho del Gobierno, eso exige un cambio de modelo que Dios quiera que se vaya dando antes de que sea demasiado tarde.