• Caracas (Venezuela)

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No permitas buen Dios que la única opción del joven venezolano sea o el cementerio o el autoexilio

Palabras pronunciadas por el Padre Jose Del Rey (sj)  , con ocasión del funeral de Gustavo Giménez Soucy , en la capilla del Colegio Maria Auxiliadora, joven  fallecido junto a Luis Daniel Gómez Barnol, tras ser ambos víctimas del hampa.

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Quisiera comenzar mis palabras esta tarde con la angustia y la esperanza de un escritor que se ve obligado a confesar la inefable presencia de Dios en los hombres, en la historia, en la vida y en los sueños.

Nadie se despide y se aleja de Dios aunque lo quiera y lo haga, pues es imposible salir de su recuerdo sin entrar en El de nuevo. Dios no se va nunca del misterio porque tiene por pies toda la tierra y por horizonte los hombres del mundo entero y siempre nos acompaña abriéndonos sus puertas, sus caminos, sus estrellas y sus recuerdos.

 Mas, confieso, SEÑOR, que cuando pretendo refugiarme en tu promesa: “Bienaventurados los que lloran”, tus palabras me parecen muy bonitas. Pero a veces me llegan a infundir pavor. Y no me atrevo a mirarlas de frente. Esta tarde, te confieso de corazón, quisiera que no me sonasen a literatura sino a oración.

Y me pregunto: ¿En dónde podremos colocar nuestra esperanza en este momento de abandono total? Por otra parte estoy convencido de que el que no tiene esperanza es peor que un muerto, pues la vida no se detiene…, y la esperanza nos es tan necesaria como el pan de cada día.

También estoy convencido que allí donde acaba la historia atormentada de la libertad humana comienza la historia del Dios que redime, del Dios que salva.

 Sin embargo, SEÑOR, la sociedad civil venezolana levanta todos los amaneceres sus ojos al cielo buscando tu palabra de justicia divina sin obtener respuesta, mientras cada día verificamos que somos víctimas de un Estado que no custodia la soberanía y la salvaguarda de sus hombres y mujeres y se coloca al margen del derecho de gentes y del de humanidad.

Y mientras tu silencio Señor nos abruma vemos que en nuestra Venezuela cada hombre carga la muerte al hombro y que está en peligro de que se le despoje de su condición humana…

Y la pregunta obligada es: ¿Cómo pudimos llegar al clima de enfrentamiento en que vivimos?

El enfrentamiento reside en la capacidad destructora del odio, la incomprensión y el fanatismo. Es un estado de radical discordia, que no es la discrepancia, ni el enfrentamiento, ni siquiera la lucha, sino la voluntad de no convivir, la consideración del “otro” como inaceptable, intolerable, insoportable.

Por ello pretendemos refugiarnos, Señor, en tus promesas: “Bienaventurados los que lloran”, pues ellas nos hacen comprender por qué colocas en tu gracia y en tu paraíso a todos aquellos cuyos ojos están humedecidos por el llanto; a los desolados, a los abandonados; a aquellos para quienes la vida es insoportable y cuyo corazón sangra; a los extraviaron el camino en la noche y al parecer se perdieron en el abismo; en fin, a todos los que tu consideras dignos de tu compasión. Ciertamente, el cristiano mirándote a Ti se profesa profeta del sentido y enemigo acérrimo del absurdo y por ello, junto a Ti, podemos esperar contra toda esperanza.

Sin ser cristiano Tagore comprendió tu mensaje cuando escribió: “He venido a la playa de la eternidad donde nada se pierde, ninguna esperanza, ninguna felicidad, ninguna visión de rostros vistos a través de las lágrimas”.

 Y mientras tanto, SEÑOR, el día 5 sábado tu hijo Gustavo tocó inesperadamente las puertas de la patria prometida y al ver a Dios cara a cara no dudamos que su oración habrá sido:

Por qué me llamaste Señor de forma tan violenta cuando comenzaba a soñar, cuando me esforzaba por construir una familia en la siempre podríamos mirarte como Padre y esperábamos tu consuelo y tu protección, cuando luchaba por construir una Venezuela de futuro en medio de tantas dificultades…

Señor, tú eres el único que puedes explicarles a Emiliana y a mis hijos Costanza y Gustavo por qué, sin su permiso, me llevaste a tu casa y ellos se quedaron solos y tristes lo mismo que todos mis seres queridos…

Yo quisiera que Tú les contaras a ellos el motivo de mi viaje tan repentino y les consolaras con esas palabras divinas que Tú solo sabes decir como Dios a los hijos que sufren por la desaparición de sus padres…

También re ruego que cuando se enciendan las estrellas y escuchen los pasos de la noche yo estaré pendiente en esa encrucijada humedecida de cielo y luz. Y diles como el Principito: “Y si llegan a pasar por allí, les suplico: no se apresuren, esperen un momento, exactamente debajo de la estrella. Si entonces su padre viene hacia ustedes, si ríe, si tiene cabellos de oro, si no responde cuando se le interroga, adivinarán quién es.  ¡Sean amables entonces! No me dejen tan triste”.

De igual forma, SEÑOR, te ruego que esas mismas palabras se las pronuncies a tantas Emilianas, Costanzas y Gustavos que a diario te buscan a ti y los hombres ya somos incapaces de inspirarles sentimientos de esperanza, perdón y resurrección…

Señor, hago mía la oración del joven tachirense [Tinoco] que salió hace un mes de su casa a buscar un país perdido, sabiendo que en la patria de hoy para el joven no hay futuro, el futuro es sin futuro.

Sus sueños eran despiertos así como sus madrugadas, con los nervios despiertos mientras en el país duermen.

Así irrumpió por la avenida la muerte con sus dos ruedas. El fuego del odio infame que nos corresponde a todos, pero que se le adelantó a Tinoco. Y el odio atravesó su cuerpo y cayó sobre el petróleo.. La ciudad, si no la patria, suspiró y rompió en un llanto, no como una llovizna sino como un aguacero.

“Yo me voy por ese río, porque mi tierra está seca, seca en el alma, seca de mucho. Y si la lucha calienta y el río evapora un poco, su caudal disminuirá pero volverá más fuerte en forma de agua de lluvia, y siempre estará Tinoco, y siempre estará la lucha… y siempre estarán los sueños hasta que el país sea libre”.

No permitas buen Dios que la única opción del joven venezolano sea o el cementerio o el autoexilio.

SEÑOR:

Que los míos entiendan que en una auténtica familia es importante descongelar cíclicamente el tiempo y los recuerdos pues en definitiva: “Somos aquello que recordamos”. Aquello que hemos olvidado, ya no es nuestro; aquello que nunca aprendimos, nunca lo fue.

Que el recuerdo de los seres queridos se erige como un testamento que nos habla de fidelidad, lucha, compromiso, herencia y originalidad, y por eso golpea nuestro corazón para advertirnos que no nos abandonemos, para que velemos por nosotros mismos a fin de que cada día construyamos nuestro verdadero yo sin estelas de melancolías ni remordimientos.

Y como “la noche Señor, no interrumpe tu historia con los hombres”, a nosotros no nos queda sino llorar y esperar y por ello elevamos nuestra plegaria al Señor de los cielos y tierras para que ni el dolor de la separación, ni la noche, ni las tormentas, ni el desaliento, ni el cansancio, interrumpan nuestra historia personal con Dios pues Él siempre dialoga con nosotros en el recinto sagrado de nuestro corazón.

 Y concluyo con la oración del poeta:

Mis ojos, mis pobres ojos
Que acaban de despertar,
Los hiciste para ver,
No sólo para llorar.

Haz que sepa adivinar,
Entre las sombras, la luz;
Que nunca me ciegue el mal
Ni olvide que existes Tú.

Que, cuando llegue el dolor,
Que yo sé que llegará,
No se me enturbie el amor,
Ni se me nuble la paz.

Sostén ahora mi fe,
Pues cuando llegue a tu hogar,
Con mis ojos te veré
Y mi llanto cesará. Amén.