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Jericó; la escuela católica que frecuentan los musulmanes

En todas las aulas hay un crucifijo

En todas las aulas hay un crucifijo

Los estudiantes son 470. Entre ellos, hay sólo el 6,2% de los cristianos, mientras que el 93,8% son musulmanes. La escuela sigue el programa educativo palestino en lengua árabe. Y ante otras escuelas públicas y privadas, ofrecen el más alto nivel de conocimientos, formación humana y espiritual. Hay un crucifijo en todas las aulas

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CRISTINA UGUCCIONI – JERICÓ - En todas las aulas hay un crucifijo. Los alumnos, de entre 4 y 16 años, son 580: 38 de ellos son cristianos, todos los demás son musulmanes.

Estamos en Cisjordania, en Jericó, en la escuela Tierra Santa, fundada en 1950 por los franciscanos de la Custodia de la Tierra Santa, quienes siguen administrándola en el presente, con dos frailes, y siguen el programa palestino, aplicando redes bastante modestas (tanto que los costos son cubiertos en gran medida por las donaciones de benefactores y peregrinos).

La cotidianidad en esta escuela (como en muchos otros institutos católicos del Medio Oriente) describe el hermoso trabajo del saber compartido y enseñado, que edifica y alimenta vínculos entre las generaciones y entre las personas, aunque tengan diferentes religiones.

Los padres musulmanes inscriben de buen grado a sus hijos en la escuela, dice el director, el padre Mario Hadchity, de 48 años, franciscano libanés que también es el párroco de la cercana iglesia del Buen Pastor, además de responsable de la capellanía en el río Jordán, erigida en recuerdo del bautismo de Jesús.

Las razones por las que mucha gente prefiere esta escuela son muchas: «el elevado nivel de la enseñanza, la dedicación con la que los docentes siguen a cada niño, las actividades deportivas propuestas, la disciplina, el ambiente limpio y cuidado. Esta fue la primera escuela que se construyó en Jericó y, año tras año, se ha ganado la fama de ser una realidad educativa seria y confiable».

La convivencia entre los 43 profesores (28 musulmanes y 15 cristianos) es muy buena y hay aprecio recíproco, asegura el padre Mario; lo confirma también uno de los dos enseñantes de religión islámica, Hadj Amin, casado y padre de un niño, que declara convencido: «»estoy muy contento de enseñar en esta escuela conocida en toda la ciudad, porque es seria, acogedora, rica en iniciativas, atenta a la formación de los chicos y a la disciplina. Estoy orgulloso de pertenecer a ella y de trabajar con alegría desde hace ya años con los franciscanos, que ofrecen un buen ejemplo de hermandad y de cercanía para el pueblo palestino. Aquí me siento a gusto, porque hay respeto; es un ambiente sano».

También las relaciones entre las familias de los alumnos cristianos y musulmanes son muy buenas: los padres se frecuentan, participan juntos en excursiones y otras actividades extra escolares y asisten a los eventos importantes de la vida de los demás, como, por ejemplo, los matrimonios y los funerales.

En Jericó, en donde los musulmanes son alrededor de 32.000 personas y los cristianos unos 500, la relación entre el padre Mario y el imán local, Haro Afani, es muy amigable: se reúnen periódicamente para intercambiarse felicitaciones y palabras de aliento.

«En los encuentros públicos nos sentamos siempre uno al lado del otro. Un día —recuerda el padre Mario—, al final de una ceremonia, él quiso subirse a mi choche y, cuando le pregunté cual dirección prefería, me respondió que pasáramos por la calle principal para que todos vieran que estábamos juntos, con el objetivo de consolidar en el pueblo el espíritu de la buena convivencia».

El padre Mario y Hadi, que comparten la pasión educativa, están convencidos del papel estratégico que tiene la institución escolar en la construcción de una convivencia pacífica y de vínculos a la altura de nuestro ser «humanos».

«La enseñanza no tiene fronteras —observa Hadi—, estamos al servicio de nuestra gente para mantenerla unida, sin hacer diferencia entre cristianos y musulmanes. Nosotros los profesores trabajamos con espíritu paterno y amigable, nos preocupamos de que los estudiantes se sientan al seguro (porque la seguridad lleva a la paz), los educamos a la convivencia, al amor y al respeto recíprocos, que mantienen a salvo del odio, y creamos un ambiente bello y disciplinado.

Todos juntos colaboramos en la construcción de un mundo más justo». Y el padre Mario añade: «Deseo que los chicos aprendan a reflexionar, porque una cosa es utilizar la mano para levantar una piedra y otra es usar la cabeza para pensar». Desde este punto de vista, entre todas las iniciativas en marcha destaca la de proponer al principio de cada año escolar una palabra que sirva como guía a los estudiantes: hace tiempo, por ejemplo, se propuso la palabra «justicia», y durante varios meses todos juntos reflexionaron e investigaron sobre el significado de ser justos frente a Dios y con los compañeros, con los padres y, en general, con el prójimo.

Cuando llegan las fiestas religiosas cristianas y musulmanas, los alumnos las festejan todos juntos, la escuela es adornada y en Navidad todos los niños reciben un pequeño regalo.

«El cristiano no se ocupa solo de ‘los suyos’», concluye el padre Mario. «El amor lleva a cuidar a todos, sin distinciones. Para mí y para mi hermano Anthony Sejda, son todos iguales, estamos al servicio de cada uno de los niños, a los que queremos. Y los padres se dan cuenta. Hace algunos días, la mamá de un niño musulmán me contó que su hijo dice que tiene dos papás: el que está en la casa y el que está en la escuela (o sea yo), al que se ha afeccionado. Me puse muy feliz. Solo el amor y el servicio rompen las barreras y disipan las incomprensibles o las dudas. Hace tiempo, el papá de uno de mis alumnos musulmanes me pidió si podía llamarme ‘abuna’, o sea ‘padre’: le habría gustado hacerlo pero estaba convencido de que no se lo permitían. Yo le expliqué que me siento padre de todos».