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“China, en mi corazón,… siempre”

Diálogo con la República Popular China.

Diálogo con la República Popular China.

Pietro Parolin confirmó que  una delegación vaticana ha estado en Pekín. se está llevando a cabo un diálogo que la misma Santa Sede considera «muy positivo»

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Gianni Valente - A mediados de octubre, una delegación de la Santa Sede voló hasta Pekín para llevar a cabo un diálogo con la República Popular China.

La noticia, que circuló hasta ahora como forma de indiscreción entre los medios de comunicación, fue confirmada ayer con la mayor autoridad que se pudiera esperar: fue el cardenal Pietro Parolin quien afirmó la noticia.
Entre China y la Sede Apostólica se está llevando a cabo un diálogo que la misma Santa Sede considera «muy positivo», refirió el Secretario de Estado de Papa Francisco respondiendo a las preguntas de algunos periodistas, al margen del encuentro que tuvo lugar en la Pontificia Universidad Gregoriana con motivo de los cincuenta años de la Declaración conciliar «Nostra aetate»:

«No es la primera vez», dijo textualmente Parolin, «que una delegación del Papa se dirige hacia Pekín, forma parte un recorrido en vista de una normalización de las relaciones. El hecho de poder hablar al respecto es significativo». En relación con los frutos que dará la reapertura del diálogo, después de que Papa Francisco ha recordado en varias ocasiones su deseo de visitar China «incluso mañana mismo», el purpurado italiano evitó hacer hipótesis: «Nosotros lo esperamos firmemente; todo lo que se hace -puntializó- lo hacemos en vista de poder encontrar nuevamente un acuerdo y para poder tener relaciones normales también con China y con Pekín, como se tienen con la gran mayoría de los países del mundo. Claro, el hecho de dialogar es una cosa positiva».
Las palabras del cardenal confirman con toda autoridad las indiscreciones que habían circulado hasta ahora sobre la «satisfacción» que se advertía en ámbar partes en relación con el encuentro de diálogo que se llevó a cabo en Pekín del 11 al 16 de octubre.

El misionero belga, Jeroom Heyndrickx, «sinólogo» católico con grande experiencia, refirió que la delegación vaticana tenía seis miembros, y que durante los días que permaneció en China todos ellos habrían incluso visitado la catedral de Pekín, reuniéndose con el obispo José Li Shan, reconocido tanto por la Santa Sede como por el gobierno, y el Seminario nacional.
«¡China está en mi corazón, siempre!», dijo Papa Francisco en la reciente entrevista con «Paris Match», que se publicó justamente durante los días en los que la delegación vaticana todavía se encontraba del otro lado de la Gran Muralla. Hace ya un mes, el Obispo de Roma, durante el vuelo de regreso de Filadelfia a Roma, aludió a los «contactos» que existían para tener «buenas relaciones» con Pekín. También en esa ocasión, el Sucesor de Pedro insistió en su deseo de ir a China, a la que definid «un país amigo»y «una gran nación que aporta al mundo una gran cultura y muchas cosas buenas».
Los insistentes y explícitos mensajes que han enviado Papa Francisco y el Secretario de Estado representan la señal inequívoca de que Pekín y la Santa Sede han retomado el camino del diálogo para que aumente la confianza recíproca y para afrontar y resolver algunas cuestiones que todavía afectan la vida de la Iglesia católica en China, empezando por la cuestión de los nombramientos episcopales. Durante la primera década del nuevo milenio, los intentos por desatascar el «impasse» parecían a punto de producir soluciones razonables. Durante esos años, los aparatos chinos evitaban imponer ordenaciones episcopales sin el consenso pontificio, privilegiando la elección de nombres de obispos que contaran con el «consenso paralelo», tanto papal amo gubernamental. En la Carta de Benedicto XVI a los católicos chinos, publicada en el verano de 2007 (y que todavía representa una lúcida y bien articulada exposición sobre el conocimiento de la cuestión china por parte de la Iglesia de Roma), Papa Ratzinger expresó su deseo de que «se encuentre un acuerdo con el gobierno para resolver algunas cuestiones relacionadas con la elección de los candidatos al episcopado».

En esa misma Carta, el Pontífice bávaro también notaba que «la solución de los problemas existentes no puede ser perseguida mediante un permanente conflicto con las lejítimas autoridades civiles».
Con base en este documento, de 2007 a 2009, representantes chinos y vaticanos (con una delegación de la Santa Sede guiada por el entonces «viceministro del Exterior» Parolin), se reunieron en varias ocasiones en Roma y dos veces en Pekín para afinar un acuerdo general sobre la cuestión de los nombramientos episcopales. 
Esa fase tan prometedora en las negociaciones quedó archivada con una velocidad enigmática en uno de los cambios de escenario que han caracterizado el dossier de las relaciones sino-vaticanas. Parolin, encargado de las negociaciones por parte del Vaticano, fue nombrado Nuncio en Venezuela. En marzo de 2010, una Comisión vaticana sobre China entonces en funciones emitió un comunicado en el que, entre otras cosas, se pedía a los obispos chinos que no participaran en las reuniones convocadas por los órganos «patrióticos», los aparatos que gestionan la polaca religiosa del gobierno. Como respuesta, de noviembre de 2011 a julio de 2012, los funcionarios chinos volvieron a orquestar una serie de ordenaciones episcopales ilegítimas, celebradas sin el consenso del Obispo de Roma. Y, por primera vez, la Santa Sede declaró que los obispos ordenados ilegítimamente caían automáticamente en la pena canónica de la excomunión.
Ahora, ese enésimo naufragio de las relaciones sino-vaticanas parece superado. El camino del diálogo, emprendido nuevamente, parece más sólido. Y son muchos (empezando por muchos de los obispos católicos «clandestinos», es decir todavía no reconocidos como tales por el gobierno) esperan que este nuevo inicio dé frutos buenos para la vida de los que llevan el nombre de Cristo en China y para todo el pueblo chino.