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Caos venezolano: las crisis en crisis

El Secretario de Estado Parolin, Mons. Diego Padrón, con Maduro

El Secretario de Estado Parolin, Mons. Diego Padrón, con Maduro

"...es posible pensar que en la carta a Maduro ( el Papa) haya dicho más o menos cosas semejantes. Pero probablemente sus palabras hayan sido más duras, puesto que la gravedad del momento y la urgencia de la situación no dejan tiempo para nuevas incertidumbres."

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LUIS BADILLA – FRANCESCO GAGLIANO:- La Stampa:  «El país no debe ceder a la desesperación». Lo declararon los obispos de Venezuela en su enésimo llamado al pueblo y a las autoridades, del pasado 27 de abril, desde que hace cuatro años explotó la crisis política que se ha ido transformando rápidamente en los últimos tiempos en una crisis social, económica e institucional.

Venezuela, en realidad, vive el absurdo de estar al borde del abismo económico a pesar de ser la nación con más petróleo en el continente americano;

hace pocos días el gobierno se vio obligado a reducir la semana laboral de los empleados públicos a dos días de trabajo, debido a la crisis energética. Un país que cuenta con un enorme yacimiento de petróleo pero que se ve obligado a racionar la energía eléctrica y el combustible es sinónimo de que ha tocado fondo.

Es cierto que la crisis internacional ha provocado la drástica caída de los precios del crudo, arruinando los planes económicos de Venezuela, pero, como dicen los expertos internacionales, la base de esta crisis es un conflicto político pendiente y que afecta al país desde hace mucho tiempo.

Pero habría que recordar el proverbio africano que dice que «cuando dos elefantes luchan, es la hierba la que sufre».

Del empate político-social a las barricadas

Uno de los primeros que advirtió sobre esta trágica realidad fue Papa Francisco (a quien siguieron la Iglesia venezolana, otras Iglesias cristianas y asociaciones humanitarias internacionales). La invitación siempre ha sido clara: en una situación de empate socio-político la única vía que se puede recorrer es el diálogo y la negociación.

Rechazar esta vía significa, como advierten los obispos, hipotecar el futuro llevando a los ciudadanos a la parálisis o a la desesperación.

En Venezuela, entre el gobierno del presidente Nicolás Maduro y los partidos de oposición ha surgido un abismo que solamente puede ser superado con valentía y clarividencia, poniendo en primer lugar (como recuerdan los obispos venezolanos) tanto el bien común como la caridad.

No se trata de ningún eufemismo o solo de bellas palabras: el diálogo, sin el cual no hay solución, lleva al reconocimiento y al respeto de las posturas diferentes y sienta las bases para superar los intereses de partido o de grupos.

Dos bloques y 25 grupos

El gobierno del presidente Nicolás Maduro (jefe de Estado y líder del gobierno desde el 5 de marzo de 2013, primero «ad interim» después de la muerte de Hugo Chávez, luego sucesor constitucional y finalmente elegido por el pueblo) no tiene la fuerza necesaria para desarticular y neutralizar a las oposiciones, sobre todo después de las elecciones políticas en las que perdió (en diciembre de 2015), el control de la Asamblea nacional.

En la Asamblea nacional, las oposiciones tienen 112 diputados, pero pertenecen a 15 grupos diferentes (más dos sin representación parlamentaria). Cuatro de estos partidos (Primero Justicia, Acción Democrática, Un Nuevo Tiempo y Voluntad Popular) tienen en su poder 92 votos, es decir la gran mayoría. Estos grupos, 17, forman la alianza MUD, Mesa de Unidad Democrática.

El presidente Maduro cuenta solo con 55 votos de tres partidos en la Asamblea Nacional: el Partido Socialista Unido de Venezuela (52), el Partido Comunista de Venezuela (2) y Vanguardia Bicentenaria Republicana (1). Otros cinco grupos que apoyan al gobierno no tienen ninguna representación parlamentaria. El conjunto de estos (ocho) partidos conforma el GPP, Gran Polo Patriótico Simón Bolívar.

La vía es una sola: el diálogo

En otras palabras, el panorama político y partidista en Venezuela, reconocible en dos bloques, en realidad está fragmentado en 25 organizaciones políticas diferentes. En este contexto, en Venezuela los sabios y tempestivos llamados al diálogo que ha lanzado en varias ocasiones Papa Francisco (y con toda probabilidad renovados en una reciente carta personal enviada al presidente Maduro y revelada por el padre Federico Lombardi) pueden parecer casi un objetivo fuera de la realidad.

Sin embargo, aunque la vía del encuentro y de la negociación entre ambas partes pueda parecer (y ser) muy difícil, Francisco tiene razón: para superar una crisis como esta, y tan peligrosa para toda América Latina, no hay otra vía. Si estos dos bloques quieren salvar la democracia en el país, entonces están «condenados» a encontrar un acuerdo. Este es el sentido de lo que dijo el Papa en su mensaje «Urbi et Orbi» del pasado 27 de marzo: «Dios ha vencido el egoísmo y la muerte con las armas del amor; su Hijo, Jesús, es la puerta de la misericordia, abierta de par en par para todos. Que su mensaje pascual se proyecte cada vez más sobre el pueblo venezolano, en las difíciles condiciones en las que vive, así como sobre los que tienen en sus manos el destino del país, para que se trabaje en pos del bien común, buscando formas de diálogo y colaboración entre todos. Y que se promueva en todo lugar la cultura del encuentro, la justicia y el respeto recíproco, lo único que puede asegurar el bienestar espiritual y material de los ciudadanos».

La carta del Papa a Maduro

Obviamente, nadie conoce ni conocerá el contenido de esta importante carta, a menos que el gobierno de Caracas decida publicarla.

Pero es legítimo imaginar algunas de las reflexiones del Papa, teniendo en cuenta los diferentes llamados que ha hecho en estos tres años. Entre otras cosas, poco después de su elección a la cátedra de Pedro, la crisis venezolana tuvo inmediatamente espacio (y central) en una intervención pública: era el 21 de abril de 2013, 38 días después del «habemus Papam», cuando Francisco dijo: «Sigo con atención los hechos que están sucediendo en Venezuela. Los acompaño con viva preocupación, con intensa oración y con la esperanza de que se busquen y se encuentren caminos justos y pacíficos para superar el momento de grave dificultad que está atravesando el país. Invito al querido pueblo venezolano, de modo particular a los responsables institucionales y políticos, a rechazar con firmeza todo tipo de violencia y a entablar un diálogo basado en la verdad, en el mutuo reconocimiento, en la búsqueda del bien común y en el amor por la nación. Pido a los creyentes que recen y trabajen por la reconciliación y la paz. Unámonos en oración llena de esperanza por Venezuela, poniéndola en manos de Nuestra Señora de Coromoto».

Los llamados posteriores, incluso cuando habían vuelto a surgir tensiones en la zona de frontera entre Venezuela y Colombia con expulsiones y deportaciones de pobladores locales, siempre han tenido el mismo tono y siempre han sugerido la misma indicación.

Por ello es posible pensar que en la carta a Maduro haya dicho más o menos cosas semejantes. Pero probablemente sus palabras hayan sido más duras, puesto que la gravedad del momento y la urgencia de la situación no dejan tiempo para nuevas incertidumbres. Es plausible, además, que Papa Bergoglio exprese una angustiada preocupación por la condición en la que vive el pueblo venezolano, en particular su mayoría más pobre y débil, aplastada y son voz en el conflicto entre los dos grandes bloques, reducida a condiciones de supervivencia extrema y obligada a luchar (como demuestran las imágenes televisivas de estos días) por productos básicos, como pan, arroz, formatos, productos para la higiene personal, material escolar, agua…

Entre todas las paradojas de Venezuela, hay que recordar dos momentos singulares que demuestran que en los últimos tres años todo ha ido empeorando seriamente.

Después del primer llamado de 2013, el Gobierno y la oposición, vía Twitter, hicieron saber al Papa que habían aceptado su exhortación al diálogo, por lo que se pusieron en marcha esfuerzos débiles que fracasaron tras pocos días.

Después, hace algunas semanas, después del nuevo llamado del mensaje «Urbi et Orbi», la Asamblea Nacional votó unánimemente una resolución de agradecimiento al Papa por sus palabras. El texto comprometía explícitamente a los dos bloques en la reapertura de un diálogo sincero y honesto, pero hasta ahora aquel acuerdo solemne quedó solo en el papel y no han servido a nada ni la disponibilidad del nuncio, mons. A. Giordano, ni las del episcopado, que se han propuesto para tender puentes y poner en marcha conversaciones y eventuales negociaciones.

Nicolás Maduro

Desde hace algunos meses, la batalla política se ha concentrada con mucha agresividad en la figura, en el papel y en el carisma del presidente Maduro.

Henrique Capriles, gobernador del estado de Miranda, y otros líderes de la oposición han lanzado una campaña para reunir firmas con el objetivo de convocar a un referéndum para revocar el mandato del Presidente, que concluye en 2019. El proyecto opositor parece imposible, puesto que un referéndum tiene reglas muy severas y parece difícil seguirlas.

En primer lugar, para que el Tribunal Electoral (controlado por el Gobierno) pueda  abrir el proceso se necesitan por lo menos 200 mil firmas, es decir el 1% del padrón electoral, reunidas en 30 días (aunque este no será un problema, porque los opositores dicen haber ya reunido más de 400 mil).

Para abrir la segunda etapa en el Tribunal Electoral hay que presentar las firmas del 20% de los votantes de la última elección, es decir casi 4 millones. Y entonces, si todo procede según las normas, se puede llevar a cabo el referéndum, pero la consulta podría ser válida solamente si concluyera, según la ley, con por lo menos 7.587.579 votos a favor del fin anticipado del mandato presidencial (es decir los mismos votos con los que ganó Maduro en 2013).

Una solución, … pero pronto

Además, los tiempos de este complejo proceso, bastante largos y, como sea, con resultados inciertos (si se tiene en cuenta la eventualidad de que se sucedan llamados y contra-llamados) incumben en la dramática situación del país.

En la actualidad, Venezuela se encuentra en la típica crisis que, extendiéndose y entrando en gangrena con el paso del tiempo, en cierto momento tiene que afrontar el factor de la «urgencia», es decir la exigencia de hacer las cosas inmediatamente pues de lo contrario sería demasiado tarde, sin importar las bondades de las soluciones encontradas.

En Venezuela, como dicen todos los expertos, «se están acabando todos los tiempos». Está claro, sobre todo para el pueblo venezolano en primer lugar, que las múltiples divisiones internas en ambos bloques retrasan todo y, mientras tanto, el país parece deslizarse hacia peligrosos «puntos sin regreso» en varios ámbitos: en la economía, en las relaciones internacionales, en la supervivencia democrático-institucional. En todos estos sectores se precipita con gran velocidad y es muy difícil encontrar salidas. La atracción gravitacional de estos «hoyos negros» en la política involucra en primer lugar a los protagonistas y responsables de la crisis. Y estos no están solo en uno de los bloques. Y todos tienen responsabilidades, aunque sean diferentes.

Venezuela y América Latina

Venezuela es un país muy importante en la geopolítica latinoamericana y lo que está sucediendo este hace años ha provocado muchas consecuencias negativas en la zona, empezando por el aumento de las divisiones y del antagonismo entre diferentes naciones cerca y lejos de sus fronteras.

En buena medida ha paralizado los diferentes procesos de integración económica y la disminución de su PIB ha tenido repercusiones muy negativas en el crecimiento de la región, ya débil y atrapado entre la crisis económico-financiera mundial y las diferentes crisis económicas nacionales, en particular en los países que habían diversificado sus exportaciones con la mirada fija en la zona del Pacífico asiático.

La crisis venezolana empeora las otras crisis regionales: Brasil, Chile, Ecuador, Perú, los países centroamericanos… Un observador ha escrito recientemente: «Las crisis en Venezuela y en Brasil ponen en crisis las crisis latinoamericanas». ¿Un juego de palabras? ¡Para nada! Una gran verdad. Los tiempos difíciles que vive la región, en donde las clases gobernantes y los partidos políticos cuentan con el menor nivel de consenso, respeto y confianza, pueden abrir la puerta a la gran tentación de los pueblos latinoamericanos: el hombre fuerte, el «caudillo», tras quien, siempre, antes o después, se oculta un riesgo para la democracia.

En la región, con realidades nacionales fuertemente interdependientes, nadie puede demostrar que hayan quedado en el pasado los tiempos del «dominio»; cuando las fichas están una al lado de la otra, si se cae una, se caen todas.