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Allende merodea por Venezuela

ILUSTRACIÓN: Raúl Azuaje

ILUSTRACIÓN: Raúl Azuaje

Interviene la OEA y la situación se vuelve incandescente a nivel hemisférico. Allende: «Sin diálogo no hay salida, … ».

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LUIS BADILLA - ROMA

Viví hasta su muerte anunciada, y para no pocos incluso predestinada, la experiencia chilena de la Unidad Popular que gobernó Chile entre 1970 y 1973.

Una experiencia llamada «vía chilena al socialismo», guiada por el presidente Salvador Allende, marxista-leninista atípico, más único que raro. Viví la larguísima agonía de este gobierno y fuimos testigos de las horas finales que concluyeron, una triste tarde del 11 de septiembre de 1973, con los militares que sacaban del palacio presidencial el cadáver de Salvador Allende envuelto en un tapete lleno de colores y motivos andinos. Un sueño dolorosamente destrozado para muchos. El fin de una pesadilla para otros, y no eran pocos.

Vencedores y vencidos en el abismo

Mi último recuerdo del Presidente nos lleva al domingo 9 de septiembre de 1973, cuando en una breve conversación discutimos juntos la situación del país: crítica y sin salidas. Los rumores sobre el golpe militar que se estaba preparando eran de dominio público y, paradójicamente, las discusiones trataban sobre lo que habría sucedido después de la intervención militar.

La crisis había impregnado a todo el país de resignación, de un fatalismo político absoluto. Al despedirme del presidente, me dijo: «Sin diálogo no hay salida, todos acabaremos en el abismo: vencedores y vencidos, y la historia no perdonará a ninguno».

Estas son las imágenes y reflexiones que me vienen a la mente recurrentemente al leer las noticias que provienen de Venezuela, sobre todo en estos últimos días, o cuando veo en los telediarios imágenes idénticas a lo que viví hace 43 años en Chile. En lugar de «Caracas», se podría escribir como pie de foto «Santiago».

El mismo guión: enfrentamientos violentos entre grupos adversarios, odio reciproco e irrefrenable, luchas físicas por un pedazo de pan, por un pollo o por una botella de agua mineral.

Chile 1973 - Venezuela 2016

Así era el Chile de 1973; así es la Venezuela de 2016. Dos bloques impermeables entre sí que creen tener bajo control esa parte de crisis que cada uno gobierna; en realidad, en Venezuela ya se puede hablar también de un tercer bloque: el de los que trabajan contra cualquier posibilidad de diálogo y que van encontrando, intermitentemente, alianzas con el gobierno y con los partidos que lo apoyan o con todos los partidos, grandes o pequeños, que conforman la oposición.

Hay una parte importante de poderes económicos que no están ni de parte del gobierno ni de parte de las oposiciones: su «partido» tiene una ideología muy precisa, como sucedió en Chile hace más de cuatro décadas, es decir llevar el enfrentamiento hasta un punto de ruptura.

Los que apoyan este proyecto suicida se encuentran un poco por todas partes: en las iglesias cristianas de Venezuela, en las elites periodísticas que controlan los medios de comunicación, entre los intelectuales y entre los hombres de cultura, entre los militares tanto de la vieja como de la nueva formación castrense y, sobre todo, en numerosos centros de poder externos que ven con buenos ojos un golpe militar, y menos si fuera precedido por una guerra civil, perfecta para justificar cualquier intervención autoritaria.

El peligro de que se decida todo fuera de Venezuela

El mayor peligro que vive Venezuela en estos días es algo que ya aprendió con la experiencia chilena de 1973: que el control en conjunto de la situación del país acabe superando a los protagonistas del conflicto, transfiriendo las decisiones a poderes externos al país.

Tiene razón el presidente Maduro cuando denuncia la existencia de complots antidemocráticos. Pero no cuando convierte cualquier protesta legítima, incluso por un poco de pan o un litro de gasolina, en lo que llama «acción contra-revolucionaria». Paralelamente se puede subrayar el mismo análisis para muchos grupos de las oposiciones que critican al gobierno hasta su deber constitucional de garantizar el orden público. Sí, tienen razón las oposiciones cuando denuncian la cada vez mayor falta de libertad, la existencia de decenas de presos políticos sepultados vivos en cárceles clandestinas, llamadas «tumbas».

Hacer que venza el «partido» del diálogo

Esta era la situación final de la experiencia chilena: las mismas dinámicas, las mismas palabras, los mismos estados de ánimo exasperados pero sin voluntad de reacción. En la Venezuela de hoy, como en el Chile de ayer, el problema es uno solo: hacer lo posible para que el «partido» del diálogo logre superar la crisis obligando a los partidos a encontrar una salida acordada a esta situación.

Los dos bloques oligárquicos venezolanos, que son tales porque solo piensan en la auto-perpetuación, deben ser sustituidos por los que desean y apoyan el encuentro y el diálogo.

Hace pocas horas concluyó una dramática sesión de los 34 ministros de las Secretarías de Relaciones Exteriores del hemisferio, reunidos en una reunión de emergencia de la OEA (Organización de los Estados Americanos).

Durante el debate, la ministra del Exterior de Caracas, Delcy Rodríguez, lanzó acusaciones muy graves contra el Secretario General de la Organización y contra los Estados Unidos, indicando que estarían confabulando para llevar a Venezuela a la ruptura del orden democrático, es decir, de estar complotando para favorecer y preparar un golpe militar.

La controversia nació con la publicación de informes de la OEA en los que se acusa a Venzuela, sin medias tintas, de no respetar la democracia ni los derechos humanos. Además, se amenaza a Caracas con la aplicación de la «Carta Democrática» (cosa que nunca ha sucedido en la historia del Organismo hemisférico), que en el artículo número 20 permitiría declarar que los gobernantes venezolanos se han alejado en los hechos de las reglas del estado de derecho, por lo que se podría proceder a su expulsión del país. Sucedió una vez, hace décadas y con otros mecanismos jurídicos, con Cuba.

Cuando lo «peor» se convierte en una solución

Ninguna crisis puede durar para siempre; antes o después, las dinámicas sociales y las políticas encuentran una salida y la gran masa del pueblo, cansada y desanimada, acaba aplaudiendo, aunque se trate de lo peor.

En Chile nadie quería a Augusto Pinochet, sin embargo, el 11 de septiembre de 1973, en pocas horas se convirtió en el hombre más aplaudido y celebrado. El pueblo chileno, antes que nada, quería el fin de la crisis y se encomendó ciegamente a lo peor, que es lo que normalmente ofrece la historia cuando no son los pueblos los que deciden sino los grupos de poder.

En algunos medios de comunicación internacionales leemos análisis y diagnósticos con demasiados consejos. A menudo los consejeros pertenecen a matrices político-ideológicas bien definidas y conocidas. Son opiniones que consideran que la mejor solución es mantener lo más alto posible el nivel de las tensiones y del enfrentamiento, para que crezcan los antagonismo que siembran el sectarismo. En Chile, entre otras cosas, el diálogo fue imposible porque la cuota de sectarismo entre la población, entre los ciudadanos de a pie, al final dejó pasar la idea suicida de que el diálogo era imposible, inútil y una pérdida de tiempo.

Misericordia en las relaciones sociales e internacionales

Escuché recientemente a un obispo de Venezuela declarar: «En este país, a este punto, se necesita valentía y misericordia». Me parecen palabras sabias, además de políticamente correctas e inteligentes. La valentía se necesita en estos momentos para ir contracorriente y, por lo tanto, hacer todo lo posible para favorecer el encuentro, la negociación, el acuerdo. También se necesita, aunque pueda parecer paradójico, la misericordia, justamente esa de la que nos habla desde hace tres años Papa Francisco.

¿Qué queremos decir? Que la misericordia además de ser un valor religioso y espiritual es también un método para que todos vivan en paz, «amigos y vecinos». La misericordia tiene una declinación política, es suficiente comprenderla, quererla y tratar de aplicarla. Lo contrario de la misericordia es la jungla, el abismo, en donde no hay ni vencedores ni vencidos.

En la catequesis jubilar del 30 de abril, Papa Francisco lanzó esta exhortación que se puede aplicar perfectamente a Venezuela: «Experimentar la reconciliación con Dios permite descubrir la necesidad de otras formas de reconciliación: en las familias, en las relaciones interpersonales, en las comunidades eclesiales, como también en las relaciones sociales e internacionales». El pueblo venezolano la necesita desesperadamente.

 (Se agradece la colaboración de Francesco Gagliano.)