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El heroísmo hizo gala de paciencia

Ayarí Pérez

Ayarí Pérez

Algunos acudieron con ayuda, otros aguantaron fuertes dolores o viajaron desde muy lejos para ejercer el derecho al voto

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Las calles de Caracas olían ayer a desafío. Estaban llenas de arrojo, confianza y alegría.

Votantes que esperaron estoicamente durante horas para ejercer su derecho, que recorrieron muchos kilómetros para sufragar, que soportaron el dolor de un padecimiento físico o que decidieron compartir un plato de comida con los vecinos para hacer más llevadera la jornada.

Ingrid Molina sufrió el sábado en la tarde un accidente que le afectó el tobillo izquierdo.

Estaba en el centro comercial Chacaíto y se cayó de las escaleras mecánicas. Ayer no podía caminar, pero con todo y dolor, que reflejaban las lágrimas que corrían por el rostro, llegó al centro de votación, en el Colegio La Concepción de Montalbán I, donde representantes de la Fuerza Armada Nacional le prestaron apoyo y la llevaron cargada hasta la mesa donde sufragaría, lo cual agradeció.

Ayarí Pérez tiene una discapacidad motora y no puede desplazarse sin las muletas. Esto no fue dificultad alguna para ir a votar: se empinó por las escaleras de la comunidad de El Observatorio, en la parroquia 23 de Enero, y llegó hasta la Unidad Educativa Luis Rafael Pimentel, en la calle La Libertad de esa zona del oeste.

Pérez dijo que tardó sólo 15 minutos en el centro de votación y enfatizó que si ella, aun con sus limitaciones, subió las escaleras y ejerció el derecho al sufragio, todos pueden hacerlo.

Una operación de columna no impidió que Hilda Hernández de Montiel fuera a votar en el Centro Venezolano Americano, en Las Mercedes. La abuela, con un corsé en la espalda y un bastón para apoyarse, subió las escaleras del instituto hasta el piso 1 y votó en la mesa 2. Hernández dejó claro que su voluntad es fuerte y que sufragó porque se trata de un deber.

"Votar es un acto heroico cotidiano", agregó.

La edad tampoco fue excusa. Con 86 años de edad, Rita Prato lleva 22 años ejerciendo su derecho al voto en el Liceo Aplicación, en Montalbán. Fue la primera de su familia en sufragar allí y ahora lo hace con ayuda de su hijo y de su nieta.

Para llegar a la mesa, los asistentes de ese centro electoral ayudaron a sus familiares a cargarla en silla de ruedas hasta el segundo piso. Prato agradeció a los presentes y dijo que el acto le daba gran alegría, pues fue parte de un proceso masivo que nunca antes había visto.

Carla Vielma, de 18 años de edad, estuvo desde las 6:30 de la mañana a pocas cuadras de la Unidad Educativa Nacional Simón Bolívar, en la parroquia Altagracia. Tres horas y media después todavía estaba en la cola. "Mi mamá me trajo, pero se tuvo que ir a votar a otro lugar. Todo ha sido bastante ordenado; y, a pesar del gentío, la cola avanza bastante rápido.

La guardia pasa, da unas vueltas y se va", dijo la joven, para quien la jornada tuvo mucha significación.

Con siete décadas más que Carla Vielma, Aura de Aguiar, de 91 años de edad, llegó al Liceo Fermín Toro de El Silencio para votar, apoyada por su hija, Rosaura Aguiar. Despertó a las 5:00 de la mañana y, aunque tiene discapacidad auditiva, la hija la apoyó apoyo durante el acto de votación. Dijo que estaba allí por sus hijos y nietos y porque es un deber muy importante. "Estoy muy contenta con la jornada".

Desde muy lejos. Corina Michelena llegó de Moscú el sábado a las 5:30 de la tarde. Su testimonio también demuestra que no existen fronteras cuando se trata de cumplir con el derecho al voto. Con más de 50 años, que no se percibían ni en sus facciones ni en su jovialidad, admitió que era el motor de la alegría en su hogar y que motivaba a sus familiares para que ejercieran el derecho al voto. "Estuve en mi casa a las 7:30 de la noche del sábado, agotada pero feliz; y, con todo y mi horario chueco, fui la primera en despertarlos para que vinieran a sufragar", relató.

Luz Marina Castillo vive en La Cabaña, sector El Observatorio, del 23 de Enero. Desde el sábado su casa era una fiesta.

Organizó, junto con su esposo, sus hijos y varios miembros de la comunidad, la elaboración de un sancocho para dárselo a todos los vecinos que acudieran el domingo a votar.

Desde el domingo en la mañana una olla hervía las verduras y la carne que compartiría con todos los conocidos que fueran a votar en la Unidad Educativa Luis Rafael Pimentel, frente a su casa.

Castillo lamentó que sobre su comunidad pesara el prejuicio de que allí vive gente violenta, cuando asegura que los vecinos se conocen desde hace más de 40 años y se tratan entre sí como una familia. "Independientemente de la ideología que decidamos tener, somos seres humanos y debemos respetarnos", recalcó.