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El espejismo que se esconde detrás de la infidelidad

Baile. Tango. Infidelidad / EFE

Baile. Tango. Infidelidad / EFE

Nacemos marcados por nuestra condición fisiológica: no somos monógamos como los lobos, las orcas o los zorros y la forma de perpetuar nuestra especie es apareándonos con amor

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Imagino que entre las razones poderosas para ser infiel está el mayor o menor verdor de nuestro prado, comparado con el del lado. También imagino que cuando empezamos a mirar al prado vecino es porque estamos sintiendo que el nuestro se está poniendo, poco a poco, seco.

El problema es que hay algunos espejismos en este juego. Por un lado, ver el prado de al lado más verde. Por otro, creer que va a estar siempre verde. Cuando, obviamente, como nos lo dice la experiencia y la ciencia, poco después de saltar la cerca veremos que ya estamos mirando como saltar la siguiente, donde vemos otro césped que nos parece aún más verde.

Si seguimos en esta lógica, nunca estaremos satisfechos. Más bien, siempre estaremos al borde de la infelicidad y la infidelidad. Lo que debemos aprender es la sabiduría, aquella que nos permite atisbar que la fidelidad (y la felicidad) es una opción, no una vocación con la que nacemos.

Nacemos marcados por nuestra condición fisiológica: no somos monógamos como los lobos, las orcas o los zorros (en el mundo animal, la monogamia se refiere a la relación de la pareja que mantiene un vínculo sexual exclusivo durante el período de reproducción y crianza) y la forma de perpetuar nuestra especie es apareándonos con amor. Es decir, enamorándonos por obra y gracia de hormonas y neurotransmisores que gatillan una cadena de acciones voraces y devastadoras y de sentimientos embriagadores y maravillosos. Que nos hacen ver nuestro prado como el más verde del barrio. Hasta el día que el enamoramiento cede lugar a un estado más calmo, menos excitante, donde la rutina empieza a parecernos un container en la espalda.

Es el momento de la inflexión. El momento en que podemos o no hacer el camino al prado del vecino (o vecina). Generalmente, es lo que hacemos. Pero diría que, en este caso, los hombres lo hacen con un practicismo que podría acercarse a la sabiduría. Los hombres no queman naves, no cortan amarras. Van a dar un paseo, tal vez intuyendo que en ese prado vecino la emoción (el enamoramiento) también desaparecerá muy pronto. Cuando se dice “es que los hombres no se separan por otra mujer”, se está hablando de una verdad muy frecuente. Y cuando el aserto es que “las mujeres se separan cuando se enamoran de otro hombre”, también se apunta a un hecho de la causa. El punto es: ¿cuál de los dos está más en lo correcto?

Si nos dejamos llevar por el romanticismo y por nuestra naturaleza (poligámica), las mujeres estaríamos más cerca de lo correcto, de la consecuencia. No por nada se dice que somos “más integradas”, y que los hombres se “disocian” muy fácilmente porque así se los enseña. Es verdad. Pero mirando hacia el camino de la felicidad, ¿no sería éste más fácil si entendiéramos que nuestra naturaleza siempre nos estará encaminando hacia las nuevas emociones, los prados más verdes, las escobas nuevas que barren mejor, los arrebatos del flechazo, el éxtasis de los “amores a primera vista”? Es obvio, es así como funcionamos, hormonal y químicamente. Pero de ello no queda rastro, literalmente, al poco tiempo.

De modo que, imagino, la bifurcación es ésta: o seguimos con quien estamos y tratamos de “buscarle el lado” a la relación, o nos vamos con el hilo del arrebato, de la nueva relación amorosa que se nos presenta como el camino a la dicha.

Para jugarse por la primera opción creo que es imprescindible estar en una relación que nació con buen soporte. Es decir, que no fue justamente sólo producto del arrebato de la química. Tal vez por ello se ha descubierto que en sociedades donde los matrimonios son pactados por los padres hay mejor pronóstico de éxito: la pareja debe luchar por construir de inmediato el lazo, el vinculo (el amor). Algo lo que en las sociedades donde nos dejan elegir “libremente”, solo se nos hace patente al momento en que enamoramiento fisiológico declina.

Jugarse por la segunda opción es mucho más entretenido, apasionante y romántico Pero generalmente, nos lleva a una trampa: buscar eternamente lo que nunca podremos encontrar. Porque si buscamos vivir siempre en estado de gracia, en la fase del amor ciego, con una pareja que nos calce al cien por ciento, estamos fregados. Para una mujer ello puede traducirse, solo a modo de ejemplo, en que él no se quede dormido después de tener sexo, que la escuche con empatía y no le de consejos cuando está bajoneada, que la acompañe a vitrinear en los viajes…Y para un hombre, en que ella, por ejemplo, lo acompañe mirando la tele cuando hay fútbol, que no le pida acompañarla a vitrinear en los viajes, que entienda que las juntas con los amigos son reales y no la excusa para orgasmos al paso, que no le pida conversar después del sexo, que no le diga “solo escúchame, no me des consejos”…

Es decir, todas peticiones casi imposibles de cumplir. En cualquier prado, serán imposibles de lograr. Aunque sea mucho más verde que el nuestro. De modo que, ¡a buscar los nutrientes y los guantes de jardinero para empezar a cuidar el pastito verde de nuestro prado! Quizás así logremos la dicha del microtus ochrogaste, una especie del topo de pradera, que vive en norteamérica, el que representa un modelo de vida en pareja aunque no sea siempre fiel (no lo es, ya que en ocasiones tiene affairs) que presenta un comportamiento muy afectivo con su pareja y que forma uniones estables durante toda su vida, colaborando ambos en la cría de la prole.

Por Patricia Collyer, periodista y psicóloga.