• Caracas (Venezuela)

Sociedad

Al instante

Las especialidades sobreviven en los hospitales con el esfuerzo de pocos

Alejandro Ferrer | Foto: Leonardo Guzmán

Alejandro Ferrer | Foto: Leonardo Guzmán

Tienen una vocación a prueba de los bajos sueldos, del riesgo de ser víctimas de la violencia y de la crisis asistencial

  • Tweet:

  • Facebook Like:

  • Addthis Share:

Los pacientes que necesiten un dermatólogo, hematólogo o neurólogo no lo encontrarán en el Hospital José Ignacio Baldó, mejor conocido como El Algodonal. En ese centro de salud no hay ni un médico que se dedique a esas especialidades, y en otras quedan pocos. Se trata de un déficit que se repite en la mayoría de los hospitales públicos.
Hoy, Día del Médico, en los centros asistenciales recuerdan que ha habido una fuga de internistas, neonatólogos, anestesiólogos, psiquiatras y otros profesionales, que han migrado del sistema público de salud a las clínicas privadas. Mario Arcia, secretario de Posgrado y Hospitales de la Sociedad Venezolana de Cirugía, señala que hay suficientes cirujanos en los centros asistenciales. Sin embargo, apunta, en las especialidades médicas la situación es grave.
“No se llenan los cupos de terapia intensiva ni de neonatología, por ejemplo. La especialidad quirúrgica permite tener un estilo de vida más holgado. En cambio, en las médicas la competencia es muy grande y la remuneración es menor”, explica.
José Félix Oletta, integrante de la Red de Sociedades Científicas Médicas de Venezuela, señala que los profesionales migran a la medicina privada o al exterior por las malas condiciones: los salarios son bajos –el sueldo básico de un médico está entre 4.000 y 5.000 bolívares–, equipos y materiales escasean, y la inseguridad en los hospitales amenaza su integridad física. Ante ese panorama, quienes se quedan lo hacen por verdadera vocación.
El déficit de especialistas y la baja demanda de los posgrados son dos fenómenos que se han presentado simultáneamente. No sólo hay pocos médicos especialistas graduados, sino que también faltan estudiantes. Sólo entre 30% y 40% de los cupos de residentes están cubiertos actualmente en el sistema público de salud, según cifras que maneja la red.

El último cardiólogo gana 2.000 bolívares
Johnny Ramírez es el único cardiólogo que queda en el Hospital José Ignacio Baldó, en El Algodonal. Hace unos años, dice, había 7 especialistas en su área, pero todos se fueron. Él tiene 2 años solo: atiende a cerca de 12 pacientes diarios, hace trabajos administrativos, asiste a reuniones y dicta clases.
Por hacer el trabajo de varias personas recibe un sueldo que no supera los 2.000 bolívares. Para completar su remuneración también atiende en consultorios privados. Si hay tan pocos beneficios, ¿por qué se queda? “Yo amo este hospital y veo que podemos cumplir una función social: hay pacientes de muy bajos recursos. Yo me mantengo aquí y sigo insistiendo porque esas personas no tienen la culpa de lo que sucede”, explica.
Para él, el problema de los equipos y materiales tampoco es una excusa para dejar de atender. La máquina para hacer cateterismos cardíacos se dañó hace cinco años, pero eso no es un freno: “Hablé con el servicio de hemodinamia del hospital Vargas y me llevo a los pacientes para allá. Esa movilización nadie me la paga. Es difícil decirle a una persona que no están los recursos para trabajar”.
Él dice que ha valido la pena el sacrificio de mantenerse en el hospital durante 10 años porque ha recibido un aprendizaje: “Uno nace con esta vocación. Tengo muchos años en hemodinamia y me siento enamorado de mi carrera. Yo no soy mártir ni nada de eso: me quedo aquí, en mi país, por decisión propia”.

13 psiquiatras hacen el trabajo de 30
Juan Manuel Brito tiene más de 25 años en el ejercicio de la psiquiatría, y actualmente es uno de los 13 especialistas que atiende a los pacientes del Psiquiátrico de Caracas. Entre ellos cubren la carga de trabajo de 30 médicos, que son los que debería tener el hospital para funcionar con normalidad.
El especialista se encarga de supervisar a los residentes, dirigir seminarios y hacer asambleas con pacientes y familiares. Para mejorar sus ingresos, debe trabajar en consultas privadas. “El sueldo es importante, pero no es determinante. Con el trabajo privado subsidio la salud pública”.
La medicina es, por supuesto, su pasión y su modo de vida. “Para los médicos de nuestra generación trabajar en un hospital era la meta. Aquí tenemos contacto con muchos pacientes y es así como se obtiene la verdadera formación”, sostiene.
También considera que estar en el hospital es una oportunidad para actualizarse constantemente y para vincularse con las nuevas generaciones. “Para mí ha sido muy enriquecedor”.
Por esas razones se queda en el hospital. Pese a las malas condiciones, se niega a renunciar: “En tiempos de crisis, uno tiene que poner el pecho. Esto no se trata de hacerse el héroe, sino de cumplir con el deber”.

“Los que nos enamoramos de los hospitales, no nos vamos”
Alejandro Ferrer, cirujano pediatra del Hospital de Niños J. M. de los Ríos, lleva la cuenta de los especialistas que faltan. En su departamento, por ejemplo, se necesitan tres médicos adjuntos. Pero, dice, esa no es el área más crítica: en anestesiología y neonatología hay un déficit severo.
Esa situación afecta también su trabajo. Por la falta de neonatólogos las operaciones de niños recién nacidos están restringidas. “La crisis se presenta porque no hay un estímulo en los hospitales para que los médicos se queden. Los sueldos son muy bajos y muchos se forman aquí, pero se van al exterior o a las clínicas”, refiere.
Entonces, ¿qué lo impulsa a él y a otros médicos a quedarse? A su juicio, existen motivaciones que lo atan al sistema público de salud y que no tienen relación con el dinero: “Los que nos enamoramos de los hospitales, no nos vamos. El hospital nos encanta porque nos mantiene en formación continua”.

“Me iré del hospital cuando no me necesiten”
En el Hospital José Ignacio Baldó hay 4 médicos internistas. Uno de ellos es Pedro Araujo, especialista con más de 30 años de experiencia y 10 años de labores en ese centro de salud. Él, que se ha dedicado también a la investigación de la leishmaniasis, gana 4.000 bolívares mensuales y no tiene más ingresos, pues no atiende en consulta privada.
Dice que no posee carro y que, por eso, a veces tiene que costear el taxi para llegar de su casa al hospital. “Llego al punto de pagar por trabajar”, apunta. Los recursos del hospital tampoco facilitan su labor: en una oportunidad se vio obligado a cargar a un paciente en la camilla, pues el ascensor estaba fuera de servicio.
Lo más difícil para Araujo es que las circunstancias le impidan curar a un paciente. Pero trata de encontrar soluciones, como movilizar al enfermo a otro centro de salud. Además de su vocación, está motivado por su fe en Dios. “El ser útil al prójimo es lo que me impulsa a seguir. La verdadera riqueza está en el interior”.
Él siente que su deber es mantener el hospital vivo, que siga en funcionamiento pese a las malas condiciones. “Un médico pierde su condición cuando dejar de servir a la gente, a todas las personas sin distinción. Yo sigo aquí porque creo que aún soy útil, y en toda profesión ese es el objetivo central. Me voy de este hospital cuando ya no me necesiten”.