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“La democracia no es gratis y la paz tampoco”

Luisa Pernalete | Foto: Leonardo Noguera

Luisa Pernalete | Foto: Leonardo Noguera

El galardón, otorgado por la Embajada de Canadá y la UCV, reconoce el trabajo por el derecho a la vida y la educación

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A los 8 de años de edad, Luisa Cecilia Pernalete ya se preocupaba por los pobres, los desprotegidos, los vulnerables. Cuando era niña –recuerda– enseñaba catecismo en barrios de Barquisimeto y, desde entonces, ha mantenido su labor: trabajar por quienes tienen necesidades. “Esto comenzó cuando estaba chiquitica. No sé, creo que desde el tetero”, bromea.
Pernalete –que comenzó su trabajo para Fe y Alegría en 1974, y desde 1990 es integrante de la Asamblea de Provea– recibió ayer el Premio de Derechos Humanos 2012, que entrega la Embajada de Canadá y el Centro para la Paz y los Derechos Humanos Padre Luis María Olaso de la Universidad Central de Venezuela.
El jurado consideró pertinente reconocer el trabajo de Pernalete en la defensa de los derechos a la vida y a la educación. Ella fue directora regional de Fe y Alegría para Zulia y, más tarde, para Guayana. Actualmente trabaja en la sede Guayana del Centro de Formación e Investigación Padre Joaquín, de Fe y Alegría.
Desde hace aproximadamente cinco años, Pernalete se ha dedicado a promover la cultura de paz. Entre sus proyectos está Madres Promotoras de Paz, con el que busca incluir a las familias en esta lucha contra la violencia.
—¿Qué significa para usted este premio?
—Para mí es trascendental que organizaciones como estas reconozcan lo que uno hace, que, además, es algo que uno realiza con gusto. En una sociedad banalizada, que aplaude cosas superficiales, es muy significativo que se valoren estos esfuerzos. He trabajado en microespacios y este premio reivindica la paciencia, la labor a pequeña escala.
—¿Cuál es la situación de los Derechos Humanos en Venezuela?
—Hay ciertos derechos que, aunque hayan mejorado, uno no se puede contentar porque no están repartidos de forma equitativa. Con la falta de garantía de derechos sufrimos todos, pero los que más padecen son los pobres. Por ejemplo, ha habido un esfuerzo de cobertura escolar, pero en los últimos años eso ha disminuido. Por otro lado, la salud está muy descuidada. Tenemos casos de malaria en Bolívar. También hay problemas con las vacunas, los Centros de Diagnóstico Integral no tienen suficientes especialistas. Ciertos aspectos de la salud pública no se atienden. Otra cosa es la seguridad personal, que es un derecho. Eso de estar sumando muertos no me hace ninguna gracia. Con la vivienda se ha hecho un esfuerzo, pero estamos rezagados aún. Todavía hay un porcentaje de familias que viven en hacinamiento y eso incide en la violencia intrafamiliar. Cuando la garantía de uno de los derechos falla, se afectan los otros. ¿Qué ha mejorado? El pago a los pensionados, por ejemplo, funciona bien.
—¿Por qué ha aumentado la violencia en las escuelas?
—La violencia es un fenómeno complejo; influye una suma de factores. Roberto Briceño León explica que hay asuntos estructurales, como la pobreza o el desempleo, que generan violencia. En Venezuela no parece que la pobreza sea la responsable, pues se han reducido los porcentajes de pobreza extrema. Yo creo que lo que más influye es la impunidad. Eso modela. Si en el barrio se sabe que el delincuente de la esquina está suelto y no es castigado, eso sirve de ejemplo a los adolescentes. Además, las escuelas no están en Marte sino en este país, donde tenemos índices de violencia muy elevados. El problema es que esto nos está tomando por sorpresa. Los educadores no fuimos formados para afrontar situaciones violentas como las que se ven ahora. Además, el Estado aún no reconoce que la violencia escolar es un problema serio. Entonces, no hay políticas públicas sino operativos. La cultura de violencia no se revierte con charlas; se necesita un proceso educativo.
—¿Es entonces una reacción?
—Sí, es una reacción. La labor es compleja. Hay que trabajar con los padres, alumnos y educadores. También hay que enfocarse en lo público. Pero que sea complicado no significa que no pueda erradicarse la violencia. Conozco escuelas que lo han hecho, pero no es de un día para otro: se requieren por lo menos tres años para lograrlo. Tenemos que aprender a buscar salidas, a negociar. Nosotros solos no podemos ni las familias solas tampoco.
—Hay escuelas que lograron reducir la violencia ¿Qué hicieron para alcanzarlo?
—Primero, reconocer que también es un problema de los educadores. Es cierto que fuera de la escuela hay muchos factores, pero también las instituciones tienen una dosis de responsabilidad. Se debe hacer, además, un diagnóstico interno. Determinar si hay apodos humillantes entre alumnos o si hay agresiones con navajas. Los maestros deben estar atentos y actuar en equipo. Deben crear un clima de libertad y confianza, para que los alumnos puedan hablar. Estas escuelas que yo conozco tenían mucha violencia y han inventado cosas. Por ejemplo, hicieron un concurso de talentos y les resultó. Muchas veces los muchachos violentos lo que quieren es notoriedad; entonces ellos estimulaban a los jóvenes difíciles a descubrir su potencialidad. También es importante que el equipo directivo establezca alianzas, que trabajen con los padres. Que valoren a los muchachos y no minimicen los problemas de violencia. Se necesita sensatez pedagógica.
—¿Cómo hacer para que la sociedad se involucre en este trabajo, pese a que hay desesperanza?
—La gente tiene que saber que existen experiencias buenas. Esta labor, además, es de pleno empleo. Aquí hay trabajo para todos. Si usted lo que sabe es escuchar, puede hacerlo. El solo hecho de escuchar ya es algo importante. Hay que tener un poco de esperanza, y eso se recupera al saber que existe gente que ha mejorado. Yo tengo esperanza. Cuando veo que una de las mamás me dice: ‘Profe, hice un curso y ya no le pego a mi hijo’, ya está. Lo veo como una onda expansiva, pero es importante trabajar. La democracia no es gratis y la paz tampoco.