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Simón Alberto Consalvi, periodista

Simón Alberto Consalvi / Manuel Sardá

Simón Alberto Consalvi / Manuel Sardá

Diestro en el manejo de las herramientas informáticas, fue uno de los que agradeció la aldea global en la que Internet convirtió el planeta

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El último cargo periodístico que ocupó Simón Alberto Consalvi fue el de editor adjunto de El Nacional, que tiene que ver más con el pensamiento, la planificación y el análisis que con la acción, que con los entrepaños del oficio que es el reporterismo, la búsqueda de noticias, tarea en la que empezó muy temprano, pero nunca dejó de actuar y considerarse un sabueso de la información. Olfateaba la noticia al rompe.

Antes de desayunar y antes de que se le enfriara el café negro cerrero, revisaba los diarios nacionales y repasaba los internacionales, en los que nunca faltaban The New York Times y The Washington Post, de Estados Unidos; El País, de España; La Nación, de Argentina; El Mercurio, de Chile, y El Comercio, de Perú, entre otros. Sin duda, fue uno de los que más agradeció la aldea global en la que Internet convirtió el planeta.

Diestro en el manejo de las herramientas informáticas y dotado de un especial don para distinguir los pequeños hechos que son la chispa de los grandes acontecimientos, llevaba el pulso del mundo y del acontecer nacional a través de su computadora. Perspicaz y desconfiado, nunca dejó de confirmar y reconfirmar las informaciones. Lo aprendió siendo muy joven y de boca de quien después fue gran amigo y compañero de partido: Leonardo Ruiz Pineda.

Sin haber cumplido los 20 años de edad comenzó a trabajar como periodista en el diario Vanguardia, de San Cristóbal, que entonces era uno de los grandes rotativos del occidente del país. Tenía una columna dos o tres veces a la semana, pero escribió tanto y tan bien que al poco tiempo era jefe de redacción, y luego director. La tinta de la imprenta lo capturó para siempre.

Se fue a Caracas, a la UCV, en 1946, a estudiar Periodismo, una escuela que recién empezaba. Fue compañero de aula de Miguel Otero Silva, que ya era un profesional reconocido, y comenzó a trabajar como corrector de pruebas del diario El País. Corrigió muchos discursos de Rómulo Betancourt, que era el presidente de la República y se hizo también de una gran cultura cinematográfica: le tocaba revisar los avisos de los cines. No había artista que no conociera.

Después publicó algunas notas y pasó a ser reportero. El 24 de noviembre de 1948, con el derrocamiento de Rómulo Gallegos, Luis Troconis Guerrero, director del diario, tuvo que esconderse y el historiador J. M. Siso Martínez, que era columnista, asumió la dirección.

Consalvi quedó como su asistente. Llenar las páginas era muy difícil. Los colaboradores, atemorizados por la violencia que empezaba a mostrar la dictadura, iban a retirar los artículos que habían enviado. Como fallaron muchos articulistas, publicaba los trabajos que había hecho para las clases de la universidad, entre ellos una página con un texto que tituló “El tiempo perdido de don Quijote”.


Un momento terrible. Cerrado El País, fue reportero en el diario La Esfera. La noche que la Seguridad Nacional mató a Leonardo Ruiz Pineda, secretario general del partido Acción Democrática en la clandestinidad, Consalvi estaba de guardia, no había encontrado quien lo sustituyera. Era uno de los choferes nocturnos de Ruiz Pineda y ese día le tocaba manejarle. Todo trascurría con normalidad hasta que en la redacción gritaron: “Mataron a un hombre en San Agustín del Sur”. A los minutos alguien dice: “Parece que el muerto es un dirigente de AD”.

Se fue al sitio del suceso con el fotógrafo Villa, que rompió el cerco policial cámara en mano. A Consalvi lo dejaron pasar y no vio el cadáver. En el laboratorio del periódico vivió uno de los momentos más escalofriantes de su vida. En la bandeja de revelado fue apareciendo la imagen de la mano, el reloj y, finalmente, el rostro y la huella de sangre del balazo en la frente de su amigo.

Después fue apresado y llevado a la cárcel de Ciudad Bolívar, donde “toda incomodidad tenía su asiento”. A los tres años fue expulsado a La Habana, donde participó en política, fue preso y colaboraba con la revista Bohemia.

Derrocada la dictadura, participó con Ramón J. Velásquez en la fundación del vespertino El Mundo y luego fue jefe de la sección internacional de El Nacional. Cuando regresó de su experiencia diplomática en Yugoslavia creó la Oficina Central de Información y el Instituto Nacional de Cultura y Bellas Artes. Volvió al periodismo caliente en la revista Bohemia y el suplemento dominical Séptimo Día, de El Nacional, una propuesta que se adelantó a su tiempo en el tratamiento gráfico y en la manera de decir.

Luego de otra etapa en la política y en la diplomacia, El Nacional fue su casa otra vez. Escribía artículos, análisis en materia internacional, notas culturales y editoriales, pero siempre estaba ahí dispuesto a aclarar dudas y apoyar a los más jóvenes con su experiencia y su solidaria sabiduría