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Niños cambian pupitres por un puesto en las colas para comprar comida

Un estudio calcula que 230.000 alumnos a escala nacional faltan al aula el día que sus padres deben adquirir alimentos regulados

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La fila para comprar comida en Plan Suárez de La Urbina era más larga que de costumbre. El miércoles pasado, a las 9:00 am, entre la acalorada multitud que rodeaba el supermercado, había no solo mujeres y hombres, sino también niños que, ese día y a esa hora, cambiaron la cola de la cantina de su escuela por una para comprar comida para su hogar. 

Una mujer joven cargaba a uno de sus tres hijos. Los otros dos, que cursan segundo y quinto grado de primaria, esperaban sentados en la acera, junto a ella, con un paquete de pañales y morrales tricolor. 

“No los llevé al colegio, que queda por Filas de Mariche, porque no tengo quién los busque mientras yo sigo aquí. Tuve que venir muy temprano”. Dijo que esa se ha convertido en la rutina del día de la semana en que puede adquirir productos regulados por el terminal de su número de cédula.

El 25 de enero, la Dirección de Educación de Miranda realizó un operativo para identificar la causa de inasistencias en las escuelas de la entidad. Visitaron 243 planteles y encontraron que 12.000 estudiantes (28% de la matrícula escolar), entre cuarto y sexto grado de primaria, faltaban a clases al menos una vez por semana, para apoyar a sus padres en la búsqueda de alimentos. 

Juan Maragall, secretario de Educación de la entidad, realizó una proyección a escala nacional que indica que cerca de 230.000 alumnos estarían faltando a las aulas por este motivo.

Los jóvenes le cuidan el puesto a sus representantes o se quedan con las bolsas en caso de que no se permita la entrada al supermercado con ellas. También porque su cédula sirve para comprar. 

En el Central Madeirense de El Marqués, Mirle Moguea hizo la cola con su hijo que estudia cuarto grado en un colegio de Petare. Él ya tiene cédula y la madre contó que en algunos comercios les despachan mercancía con ese documento, aunque sea menor de edad. Eso agrega otra oportunidad en la semana para conseguir productos.  

Rendimiento afectado. El ausentismo escolar repercute directamente en la formación cognitiva, emocional e integral de los niños. José Francisco Juárez, director de la Escuela de Educación de la Universidad Católica Andrés Bello, explicó que el sistema educativo está diseñado para que en cada etapa –preescolar, primaria y bachillerato– se les faciliten a los estudiantes herramientas específicas para el desarrollo de competencias y habilidades. 

Recibir esos conocimientos es fundamental en esas edades particulares, y el tiempo clave para hacerlo es irrecuperable. Juárez consideró que la situación puede afectar el rendimiento del estudiante y su desarrollo futuro. Las causas del ausentismo suelen estar asociadas –y potencialmente la deserción escolar–a factores de pobreza y dificultades para el traslado a la escuela. 

El hecho de que, en los últimos años, el programa de alimentación del Estado –Sistema de Alimentación Escolar– no esté respondiendo o incluso esté inactivo, influye en que los padres no envíen al niño al colegio, aseguró. 
 
Otras consecuencias. Oscar Misle, coordinador del Centro Comunitario de Aprendizaje –Cecodap–, indicó que en los últimos dos meses durante sus talleres en colegios para tratar temas de convivencia escolar, surgen conversaciones sobre las colas que hacen para comprar comida. 

Sentimientos de tensión, angustia y frustración que se generan durante la búsqueda de productos básicos son captados fácilmente por los niños. “Se sienten ansiosos e impacientes, lo que puede devenir en un castigo físico de los padres o fuertes discusiones”, señaló. 

La formación de los jóvenes como ciudadanos también se puede ver afectada: “¿Qué nos preocupa? Que sientan que es normal y natural hacer cola, que el desabastecimiento sea cotidiano, que se resignen a no conseguir comida o medicamentos”.

Ausentarse de las aulas igualmente puede perjudicar la socialización de los niños con sus compañeros de clase, en especial con aquellos que no viven situaciones similares. 

A padres y maestros, Misle recomendó hablar del tema con los estudiantes, preguntarles qué sienten al respecto, aclarar dudas y procurar el resguardo de su estabilidad emocional.