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En Navidad se calienta la hermandad de la vejez

En el asilo de abuelas de Montalbán servirán un almuerzo navideño este miércoles | Foto: Omar Véliz

En el asilo de abuelas de Montalbán servirán un almuerzo navideño este miércoles | Foto: Omar Véliz

Desde hace seis años los huéspedes del hospicio madrugan para ir a misa de aguinaldos. La camaradería compensa la ausencia familiar

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Son las 6:30 de la mañana y en el Asilo de la Providencia San Antonio, en plena avenida San Martín, se oye un barullo de fiesta. Otro día del año, Pedro Luzón y Orlando Rojas, de 75 y 72 años de edad, respectivamente, estarían descansando. Este martes de diciembre agitan maracas y charrascas con las que animan los villancicos. A falta de familiares, la Navidad calienta esta hermandad construida en la vejez.

Las enormes puertas de madera del hospicio, fundado hace 122 años, están cerradas usualmente a esta hora de la mañana. En víspera del nacimiento del Niño Jesús, se abren de par en par, llegan los vecinos de la zona, amigos de los abuelos y devotos de san Antonio a saludar y a involucrarse en esta celebración eucarística en la que hasta las oraciones son cantadas. Desde el martes 16 y hasta este 24 de diciembre celebran una novena de aguinaldos.

Pedro y Orlando se emocionan al entonar “Corre caballito”, “Tun Tun, ¿quién es?” y “El Niño Criollo”, entre otros villancicos. Aseguran sentir la música en su corazón.

Aunque también los otros 60 abuelos que habitan el asilo disfrutan los villancicos, son menos participativos que Pedro y Orlando. Corean y aplauden desde lejos. Eso sí, se incorporan al momento de la merienda cuando las hermanas sirven pan, café y chocolate.

La madre Marina Colmenares, religiosa encargada del asilo, asegura que 80% de los huéspedes ha sido olvidado por sus seres queridos: “Muchos han vivido en situación de calle o han probado el abandono. Al entrar aquí encuentran una familia”, explica.

La novena de aguinaldos rompe con la rutina de los abuelos. Usualmente se levantan temprano, desayunan, se distraen con juegos de dominó o televisión, almuerzan y vuelven a la cama. La tradición de rezarle al Niño Jesús, desde el 16 y hasta el 24 de diciembre, transforma las jornadas desde hace 6 años.

Los instrumentos son interpretados por un grupo de parranderos que anima la homilía, integrado por Edgar Angola, su esposa Neris, la hija de ambos, Coromoto de los Ángeles Angola; una prima, Zulay de Machado, y un amigo, Enderson Guerrero. Todos forman parte del Ministerio de Música Sagrado Corazón de Jesús.

Explica Neris que la única meta del conjunto es glorificar a Dios, de allí que la familia se levante a las 4:00 de la madrugada, tome un taxi y salga del kilómetro 19 de El Junquito para estar a tiempo en el ancianato.

“Una vez vinimos en Semana Santa a saludar al Santísimo y desde entonces no dejamos de visitarlos”, relata Neris. Su esposo, Edgar, subraya que la idea es levantarles el ánimo y que salgan emocionados luego de asistir a la misa.

Colmenares agradece que la familia de Neris y Edgar, así como los estudiantes que realizan su labor social en el asilo, visiten a los abuelos, pero también les pide que esto no ocurra solo en Navidad: “Los abuelos necesitan afecto durante los 12 meses del año”.

Colmenares explica entre susurros que el reglamento interno establece que los abuelos den los datos de sus familiares. Ellos los suministran, pero les ruegan a las religiosas que no llamen a sus parientes. Que no les pidan que los vayan a ver. Quienes están allí huyen de la idea de convertirse en una carga. “Ellos en su interior deben de sentir la necesidad de que los vengan a ver”, añade Colmenares.

A ninguno de los 62 abuelitos se les cobra nada por residir allí. Dice que la congregación subsiste literalmente de la providencia: “Nos mantenemos por la ayuda de familias que comparten lo poco o lo mucho que tienen. También nos apoya la empresa privada, el gobierno y los devotos. La verdad es que san Antonio nunca nos abandona”.

Combatir la indeferencia
Las Hermanitas de los Pobres de Maiquetía son responsables de un asilo para las abuelas cuyo nombre es Comunidad Madre Emilia y queda en la avenida Teherán en Montalbán. Allí la dinámica es diferente. Aunque la congregación tiene su arbolito de Navidad y dos pesebres: uno dentro de un rincón espacioso en uno de los salones y otro dentro de la capilla, el ánimo entre las huéspedes no es igual de festivo. Las fallas de memoria también alientan la nostalgia.

“¿Cuándo me voy a mi casa?”, pregunta María desde una silla de ruedas. “Me aburro de que no me vengan a visitar. No quiero que me pregunten por la Navidad. Toda mi familia se ha muerto y recordarlos me da tristeza”, confiesa Blanca Gamboa desde su cama.

En el lugar viven 95 abuelas y pocas reciben visitas. “Lo más difícil de trabajar aquí es lidiar con la indiferencia de los familiares. A veces los llamamos y llegan solo cuando ellas están agonizando”, relató la hermana Elena Granadillo.

Las abuelas también cultivan sus afectos en el asilo y recuerdan tiempos mejores en los que el dinero alcanzaba para hacer hallacas. Este 24 almorzarán juntas, como una familia.