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Magdalenas, las de antes

A ver. “La” Magdalena, o María Magdalena, nos lleva a los tiempos de Cristo y sus andanzas por Judea: todo el mundo sabe de qué Magdalena hablamos, ésa que, justamente, lloraba “como una magdalena”

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Y a usted, la palabra magdalena, ¿qué le sugiere? Porque hay un montón de respuestas posibles, dependiendo de cosas como la ortografía –con o sin “d”–, y el artículo que la acompañe, que puede ser determinado o indeterminado. A ver. “La” Magdalena, o María Magdalena, nos lleva a los tiempos de Cristo y sus andanzas por Judea: todo el mundo sabe de qué Magdalena hablamos, ésa que, justamente, lloraba “como una magdalena”, expresión sinónimo de desconsuelo. Por supuesto, aquí saldrá “Por los caminos de Swan”, primera parte de En busca del tiempo perdido, de Marcel Proust: sin duda, la magdalena-cosa más famosa de la historia. Ya hasta resulta proustiano hablar de ella. Con toda sinceridad, si Proust hubiese sido español no hubiera basado su búsqueda en las migas de una magdalena mojada en té: un té no es más que agua hervida. Y un español recordaría, más bien, un bizcocho empapado y, en consecuencia, enriquecido en chocolate. En el té, aunque sea con leche, no se moja. No aporta nada a lo mojado, porque es sólo agua.

El chocolate, en cambio, y el café con leche, modifican, para bien, el sabor y la textura de un bizcocho. Por eso, en su día, la princesa Ena de Battenberg –futura reina Victoria Eugenia de España– reprochaba a su novio, Alfonso XIII, que mojase sus pastas en el té: “En Inglaterra nadie moja las pastas en el té”. El monarca español, sin inmutarse, contestó: “¿Ah, no? En España moja hasta el rey”. Sí: pero no en té.

Cuentan que esos pastelillos se llaman así porque su inventora habría sido una francesa llamada Madeleine Paumier. Quién sabe. Hay más magdalenas famosas, con y sin mayúsculas. Por ejemplo, la seductora Vilja, una ninfa de los bosques (“Waldmagdelein”) cuya romanza Franz Lehar incluye en el segundo acto de La viuda alegre. Y, sobre todo, la Maddalena hermana del sicario Sparafucile, que evita que su hermano asesine al duque de Mantua, pese a haber sido pagada su muerte por el ofendido Rigoletto; el enamoramiento de esta Maddalena acaba costándole la vida a Gilda. Es la Maddalena que inspira ese bellísimo fragmento de tenor que empieza “Bella, figlia, dell’amore”, y cuya réplica interpreta a la perfección la gran mezzo Elina Garanèa. En ella se aúna lo más positivo y lo más negativo de las magdalenas universales. Quiero decir con todo ello que hay muchas madalenas, magdalenas y Magdalenas –entre ellas la princesa de Suecia– que se merecen un lugar en nuestros pensamientos y recuerdos. Han aportado algo a nuestra historia, nuestra mitología, nuestro arte, nuestra literatura. Ahora bien, qué adelanto ha supuesto para la humanidad la invención de magdalenas de diversos colores y sabores que, por hacerse en una taza y no en el clásico papelito que se riza la gente llama cupcake. Lo llaman, hay tiendas y abundan las recetas de cupcakes. Y todos tan felices. ¿Todos? ¡No! Algunos aún pensamos en María Magdalena, en Proust, en la ninfa del bosque de Lehar y  en la tentadora Maddalena verdiana. Pero, ¿cómo decirle a un cupcake eso tan bonito de schiavo son dei vezzi tuoi?