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Crece la tolerancia cerro arriba

Luis Hernández | Leonardo Noguera

Luis Hernández | Leonardo Noguera

Oficialistas y opositores comparten espacios políticos, en una campaña de baja intensidad en barriadas de la parroquia Petare. “Hasta jodemos juntos”, dice Luis Hernández, “Chicho”, un profesor de beisbol en cuya familia hay 27 votos rojos

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Marelbys Mena es una morenaza de sonrisa radiante que esconde la edad y suelta las palabras a cuenta gotas, pero con picardía. Está sentada al lado de una pequeña taguara en un recodo en la parte baja del sector Vista Hermosa en José Félix Ribas. “El ambiente está madurito”, dice. Viste blue jean, camisa roja y una gorra desteñida, que luce morada, la acompañan otras cuatro mujeres; entre todas dirigen el consejo comunal. A unos  50 metros, la basura desborda la acera y se come la mitad de la vía. Ella apunta su mirada hacia los desechos y suelta: “Yo no se qué les pasa a los alcaldes”.

“Con pajarito, pollito o lorito nuestro voto está 100% decidido”, y se echa a reír. Mena tiene 10 años haciendo trabajo político y aventura una “peleíta fuerte” en los escasos días de campaña para la elección del 14 de abril.

El taxista Douglas Mijares, que está iniciando una carrerita frente al Centro Comercial de Palo Verde, un par de kilómetros más abajo había comentado lo mismo: “La pelea es brava”. Pero nada lo indica a simple vista, apenas se ven afiches, ni hay nadie repartiendo volantes en un trayecto de varios kilómetros hasta El Laberinto, una zona de casas maltrechas que ha lanzado a cientos de familias a los refugios.

Lord Acuña, en cambio, es puro trajín. Vive en la Zona I de José Félix Ribas y lleva más de la mitad de su vida –tiene 31 años– en la brega social y política. Dirigente de Voluntad Popular y licenciado en Administración por la Universidad Alejandro Humboldt, confía en que la candidatura de Nicolás Maduro no logre arrastrar todo el voto chavista. “Chávez lo designó pero hay resistencia a votar por él”, dice y refiere testimonios de personas cuadradas con “el proceso” que ahora dudan. Anda de parrillero en una moto y va de un lado a otro en los cerros de Petare. “La gente de la oposición es más activa en las urbanizaciones, en los barrios son más callados, dicen que van a votar y poco más”, comenta. Acuña ha palpado que el entusiasmo que despertó Henrique Capriles Radonski en la elección de octubre pasado se mantiene, aunque resiente la actitud de voceros opositores que sólo hablan por los medios y se acercan poco, y mal, a la gente.

Se cuestionó el Metrocable que comunica La Dolorita con la Zona Industrial de Palo Verde, que usan miles de personas al día que antes tardaban 2 y 3 horas en el recorrido y ahora lo hacen en 17 minutos. A sus espaldas, en lo alto, se observa el ir y venir de las unidades del Metrocable, que inició operaciones en enero pasado.

“Estamos con el proceso”. Teodoro Hernández, de 67 años de edad, que lee el diario sentado en una esquina al lado de un kiosco, pareciera a las primeras de cambio uno de esos votantes que no seguiría la línea del PSUV, de los que habla Acuña y de los que más tarde dirá tener constancia Eurídice Guerra, vocero del consejo comunal de Lomas del Ávila, una urbanización que despunta en medio de la barriada. “Yo no voto”, expresa entre dientes Hernández, aunque confiesa que siempre lo hizo por el presidente Chávez. “He cumplido con mi deber”, agrega. Dejó de concurrir a las urnas desde 1973 hasta 1998. Aquel primer año lo hizo por Carlos Andrés Pérez. Para de leer, cierra el diario y se levanta, no sin esfuerzo, y asegura que votará por Maduro. “Va a ganar aunque no sé por cuánto”, y se marcha.

La misma convicción tiene un grupo de familias que invadió desde hace un par de meses el estadio de beisbol de Palo Verde. El lugar sirvió de refugio a un montón de personas de El Laberinto, a las que ya les adjudicaron sus viviendas. “Queremos que esto vuelva a ser un refugio”, comenta Liliana Esther Durán Serrano, una mujer menuda, vivaz, nacida en Colombia y nacionalizada venezolana, que trabaja en “casas de familia” por días. “El comandante nos dijo que nos iba a dar una vivienda”, dice confiada. Lo cierto es que nadie del Gobierno nacional o local, según confiesa, ha pasado por allí a atenderlos.

Durán Serrano vive en el estadio con su esposo, Raudel Sánchez, que padece ataques de epilepsia y su hija Gloria Estefanía, de 17 años, estudiante de quinto año de bachillerato pero no asiste a clases porque el liceo lo están remodelando. En la charla interviene Deisy Rivera, colombiana también, nacionalizada, y que deja en claro las cosas muy pronto: “Aquí estamos con el proceso”. Rivera trabaja en la Cruz Roja, es patrullera y no le gusta para nada Capriles. “Le tiene miedo al pueblo y se dicen tantas cosas feas de él”, comenta. Ella comenzó a votar con Chávez y está segura de que Maduro va a ganar. “Tiene que ganar”, recalca.

No se formulan demasiadas preguntas ni dudas sobre Maduro. Siguen los actos de campaña por televisión, les reconforta que perdure la Misión Gran Vivienda Venezuela y aspiran a que los beneficios lleguen hasta ellos. “Si Chávez lo dejó será por algo”, dice Rivera sobre la candidatura oficialista. Las otras mujeres que siguen la conversación –Osmaira Guerrero, que tiene dos niñas y está próxima a parir; Yarismely Rojas y Yesmi de Jesús Jiménez, que aclara que es venezolana– asienten, aunque sin fervor, las palabras de Rivera. A todas las une la esperanza de una vivienda.

El caso de Luis Hernández, “Chicho” para todos, es distinto. Profesor de beisbol, sale del terreno del estadio de Palo Verde –una superficie arenosa en la que sólo quedan brotes de grama–, bate en mano y uniformado en pleno mediodía, y empieza a hablar sin parar. “La campaña no se vive tan intensa. Uno sabe con quién está el otro, hay tolerancia. Hasta jodemos juntos”, expresa. Militante del MAS en sus años mozos, ahora a los 45 años, más de 20 de ellos preparando peloteros, es un convencido de la “causa revolucionaria”. Recuerda que comenzando el gobierno de Hugo Chávez su madre sufrió un ACV y consiguió que la atendieran en el Hospital Militar. “Y ahora la tengo vivita”, dice.

El estadio de Palo Verde fue inaugurado para los Juegos Panamericanos de 1983, durante el gobierno de Luis Herrera Campins. Aún luce como una estructura sólida y amplia para albergar una buena cantidad de público, pero el campo de juego dista de reunir las condiciones idóneas para la práctica deportiva. Hernández refiere que, aún así, más de 1.000 niños y jóvenes agrupados en varias escuelas de formación acuden al recinto durante la semana. Él, que se proclama más revolucionario que el que más, se atreve a preguntarle a la Oficina Nacional Antidrogas dónde están los 4 millardos de bolívares que se aprobaron para la reparación del estadio. Por el mismo asunto, refiere que en una ocasión se enfrentó al alcalde Carlos Ocariz. “Me dijo que le pidiera lo recursos a Chávez. Fue grosero”, afirma.

Hernández cree que la ausencia del “comandante” marca la hora de la convicción: “A Maduro le vamos a dar un voto de confianza, a ver si hay continuidad, si Diosdado no saca las uñas”. Graduado en Gerencia Ambiental en la Universidad Bolivariana, en 2008, y en administración en la UCV, en 2006, se expresa con soltura y coherencia mientras advierte que los procesos revolucionarios se han caído por la falta de continuidad. En su familia extendida asegura que hay 27 votos rojos y uno amarillo, el de una hermana. Para el 14, su tarea es asegurar esos sufragios y coordinar a los testigos de la Escuela Básica Nacional Antonio Ortega Ordóñez. “Ahí nunca nos han ganado”, dice. En octubre y en diciembre, Chávez y Jaua reunieron unas décimas más de 51% de los votos en ese centro electoral donde sufragaron más de 3.000 personas en las presidenciales y poco más de 2.000 en las regionales.

“El arte de lo que no se ve”. Eurídice Guerra también es una convencida. Vocera del consejo comunal de Lomas del Ávila, asegura que Nicolás Maduro no satisface las expectativas. “El presidente Chávez enseñó a su gente a pensar y a reflexionar, y eso es lo que hacen ahora y ya hay manifestaciones de rechazo y desconfianza hacia el candidato oficialista”, explica. Ella asegura que personas del sector que eran declarados chavistas la han llamado para incorporarse a la campaña de Capriles porque, argumenta, sientan que el programa de gobierno de la oposición los incluye. Percibe cierta duda en su interlocutor y recurre a una definición novedosa: “La política es el arte de lo que no se ve”. Junto con la vecina que la acompaña, María Fernanda Nunes, aprovecha para denunciar los robos recurrentes en la capilla San Rafael Arcángel. “Hubo siete en 2012 y uno está semana. Hasta la limosna se la llevaron”. A los cacos nadie los vio tampoco.

Nerio Carmona, dirigente popular en el sector El Mirador del Este, en Maca, donde realiza su trabajo político desde hace 19 años, también tiene testimonios de oficialistas que dudan votar por Maduro. “Eran chavistas de Chávez”, asegura. Para él, la candidatura de Capriles está mejor que en octubre pasado. “Vamos a hacer un buen papel, la gente salió a la calle”.

Más abstención, igual distancia

La participación electoral se redujo en más de 20 puntos entre los comicios de octubre y los de diciembre, lo que no influyó en el resultado electoral en el municipio Sucre y en la parroquia Petare. Con menos votantes, la oposición creció un par de puntos.

Municipio Sucre

Elecciones octubre 2012

Hugo Chávez         46,62%

Henrique Capriles  52,86

Participación         79,21%

Elecciones diciembre 2012

Elías Jaua              44,55%

Henrique Capriles  54,95%

Participación 54,18%

Parroquia Petare

Elecciones octubre 2012

Hugo Chávez 46,23%

Henrique Capriles 53,25%

Participación         79,6%

Elecciones diciembre 2012

Elías Jaua    44,37%

Henrique Capriles 55,16%

Participación 54,13%

Más libertad para hablar

Un sacerdote que conoce los barrios de Petare y su gente, porque tiene más de tres décadas recorriéndolos, observa como dato relevante de los últimos procesos electorales, y en el actual, las mayores posibilidades para la gente de manifestarse en contra del Gobierno; incluso, en sectores en los que la relación es 70-30 en los centros de votación, como en el barrio San Isidro, de Caucagüita.

La crítica incluso proviene de sectores chavistas que, de acuerdo con testimonios indirectos, revelan, aunque con discreción, su resistencia a la candidatura oficialista. Leidys Rivas, una joven vecina de San Isidro, que trabaja en Caracas en un centro educativo, decidió expresar su sentir opositor sin reservas. “Me ha traído discusiones con algunos familiares, pero más nada”, agrega.

La tolerancia es una ganancia reciente, signo novedoso del ambiente político, quizás menos áspero en la rutina de las comunidades. “La realidad de la inseguridad nos abate a todos, seas del partido que seas”, comentó Luis Hernández, declarado activista del chavismo. Eurídice Guerra, opositora, lo dijo casi igual: “El delincuente no nos pide un carnet político”