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Colocan obras en adopción en plazas, mercados, cafés y el transporte público

La iniciativa es parte del Día Mundial del Libro. El colectivo Adopta un Libro entregó ayer textos en la ciudad. Esperan que la actividad se repita toda la semana y cubra el país

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El general ya no estuvo solo. Ayer, a las 10:40 am, un hombre se acercó, temeroso, a su laberinto, y lo tomó del banco. Así, la novela de Gabriel García Márquez cobró vigor en segundos. El libro estaba colocado en la esquina de un banco de la plaza Bolívar; solitario, como el general; solo, como la hamaca huérfana de la portada. Hasta que un transeúnte decidió tomarlo para sí y empezó a revisarlo. En ese momento la iniciativa del colectivo Adopta un Libro cobró sentido: abandonar obras en áreas públicas para que los ciudadanos se acerquen y las tomen en adopción. Es decir, las lean, las disfruten y, luego, vuelvan a colocarlas en la calle, para que otros también puedan descubrir el placer de leer.

Recorrido de letras. Daniel Leira, Gerson Gómez y Diego Prada, impulsores de Adopta un Libro, se encontraron a las 10:00 am en la plaza Francia de Altamira y de allí tomaron el Metro rumbo a Capitolio, para iniciar su campaña lectora.

En medio de los voceos de “¡Se compra oro, se compra oro!”, “Plata, casas de empeño”, los jóvenes llegaron a la plaza y allí, en medio de palomas, cotufas y funcionarios de la Guardia Nacional Bolivariana, dejaron varios libros en los bancos.

Luego, fueron hasta un café cercano e hicieron lo mismo. Las personas dudaban de acercarse y tomar el ejemplar, como si fuera algo de temer. En el vagón del Metro la conducta era similar. Los viajeros veían los libros de reojo. “¿Te da miedo?”, se le preguntó a Andrea Fernández, quien se reía sola al mirar de lejitos Los Cachorros de Mario Vargas Llosa. “Bueno, un poco”, admitió.

Los impulsores de Adopta un Libro no desmayaron en su interés de promocionar la lectura. No se amilanaron, a pesar de que en el Metro hubo desconfianza. Ellos continuaron hasta la estación Colegio de Ingenieros, allí visitaron el mercado peruano y dejaron varios libros encima de la mesa y sobre los vehículos estacionados.

Emik Marchan comía ceviche, con su esposa y su hijo, cuando vio el libro sobre la mesa y lo tomó: “Escuché cuando los muchachos estaban leyendo sus twits y tomé el libro. Voy a seguir esta iniciativa. Tengo muchas obras abandonadas en mi casa, que regalaré. Después de leer el que adopté hoy se lo prestaré a mi esposa, y luego lo dejaré en el Metro para que otros también se motiven a leerlo”, señaló.

De allí, los jóvenes viajaron en Metro hasta llegar a Sabana Grande, al centro comercial Sambil, a Los Palos Grandes y a la plaza Alfredo Sadel, en busca de una mano fraterna que recibiera los libros.