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Cardenal Jorge Urosa: “Pidámosle al Nazareno que no nos convirtamos en asesinos”

El cardenal acompañó al  Nazareno que fue vestido con su traje de terciopelo morado con figuras herbales, bordadas de hilos de oro, sus cinturones  del mismo color | Cortesía Twitter

El cardenal acompañó al Nazareno que fue vestido con su traje de terciopelo morado con figuras herbales, bordadas de hilos de oro, sus cinturones del mismo color | Cortesía Twitter

Durante la homilía que ofreció en la Basílica de Santa Teresa, este Miércoles Santo, el Arzobispo de Caracas se pronunció en contra de los linchamientos

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Fue enfático y reiterativo. El cardenal Jorge Urosa Savino dijo este Miércoles Santo, durante la misa que acostumbra oficiar a las 12:00 del mediodía en la Basílica de Santa Teresa, que los venezolanos no pueden dejarse llevar por la violencia y la ira que se propaga en el país, a pesar de que existan evidencias de impunidad y aparente descontrol de la delincuencia por parte de los cuerpos de seguridad del Estado.

Lo dijo durante su homilía y en al menos cuatro ocasiones: “No nos dejemos llevar por la violencia” (…) “No podemos caer en el linchamiento. Si bien hay impunidad, los fiscales, jueces y policías deben cumplir su deber y castigar esos crímenes. El pueblo bueno no puede dejarse llevar por la ira. Eso es ir a la barbarie absoluta” (…) “Pidámosle al Nazareno que no nos convirtamos en asesinos” (…) “Pidamos a Cristo que no permita que la violencia entre en nuestro corazón”; para luego también exhortar al gobierno a que cumpla con su deber y garantice la seguridad de los venezolanos: “Pidámosle que meta en cintura a los delincuentes de acuerdo a las leyes y la Constitución y respetando también sus Derechos Humanos.

La reflexión emanó desde el altar mayor del templo. Desde donde, cada año, se ofician las misas en honor al Nazareno de San Pablo. Imagen sevillana de madera color papelón que para este Miércoles Santo fue adornada con su tradicional arco de orquídeas de colores rosa pálido, púrpura, blanco y hasta amarillas, que lo enmarcaron en un encuadre de olor a nardos.

Aún y con su cruz a cuestas, el Nazareno lució hermoso. Vestido con su traje de terciopelo morado con figuras herbales, bordadas de hilos de oro, sus cinturones  del mismo color, y las tres potencias clavadas sobre sus sienes, pareciera que cobrara vida ante los presentes.

Todos querían tomarle fotos con su celular y no fueron pocos los que al verlo rompían en llanto, aunque esto suene a lugar común. Los fieles entraban con facilidad a la iglesia pero al llegar detrás del altar y escuchar las palabras del cardenal pretendían quedarse; lo cual no era sencillo de cumplir pues la misma afluencia de creyentes y promeseros, que seguían entrando a la nave sin detenerse, lo dificultaban. Había que circular hacia las puertas de salida laterales o recostarse sobre una pared, sin detener la circulación.

Uno rezaban, otros lloraban, algunos se hincaban, mientras que el Arzobispo Urosa Savino enumeró, similar a como lo hizo durante la Misa de Ramos celebrada el domingo en la Catedral de Caracas, las peticiones que había que hacerle a Jesucristo para que los venezolanos puedan vivir apegados a la luz de la vida y no en las tinieblas de la muerte: fomentar el amor a la familia, rechazar el desorden afectivo sexual, oponerse a las agresiones contra otros seres humanos (nombró una vez más el caso de  los 17 mineros asesinados en Tumeremo hace 15 días), oponerse al aborto (que lo calificó de crimen abominable), fortalecer las prácticas religiosas y resolver los conflictos de manera pacífica.

También reiteró su animadversión frente “al poder de la droga en Venezuela”, y rechazó la demora que hubo en El Valle para hacer frente a la pelea registrada entre dos bandas: “En El Valle hubo una masacre. Estuvieron toda la noche matándose y luego fue cuando llegó la policía”.

A la 1:05 pm el cardenal bajó del altar y fue conducido por los custodios de la basílica, quienes hicieron un camino entre la multitud para que el Arzobispo pudiera pasar. Muchos creyentes se acercaron para saludarlo y recibir su bendición. Entre ellos estaba Arantxa Nazaret Solares, de 24 años de edad, con su niña Allyson Elena Molina, de 8 meses de edad. Ambas fueron honradas con el prelado.

“Ayer yo dije bromeando que vendría a la misa del cardenal Urosa y fíjate, me lo conseguí. Voy a llorar. Yo vendré hasta que me muera, mi hija decidirá hasta cuándo pagará promesa. Yo no podía nacer, porque mi mamá sufre del corazón.  Mi hija también tuvo taquicardias cuando yo tenía  ocho meses de embarazo. Me la tuvieron que sacar de emergencia en la Maternidad Concepción Palacios. Mi mamá me vistió de Nazareno al salir del hospital, y esa bata es la que mi niña usa hoy. Prometí que se la pondría si me la salvaba. Él es muy milagroso”, contaba Solares emocionada.

Una serpentina morada

Al salir del templo, la cola para entrar a él seguía hasta la Avenida Baralt, pasaba frente al Saime, doblaba por la parte de atrás del Teatro Municipal, cruzaba hasta la esquina de Reducto y de allí subía nuevamente por la Avenida Lecuna buscando la Baralt, para regresarse en una cola interminable que venía a parar nuevamente a la iglesia pero a la altura del CNE por una de las entradas laterales del templo. A pesar de esto, los consultados en la fila aseguraban que la cola caminaba rápido y estaba más organizada que en años anteriores.
En la vuelta que serpenteaba se veían ventas de velas, batas y franelas moradas, sahumerios, escapularios, estropajos, espigas, chupi chupis, tostones, bolsitas de mango con sal, té de moringa, cepillaos, majaretes, arroz con coco, quesillos, té de toronjil, bollitos navideños, naranjadas y hasta plagatox.

Rosa Rivera lleva 17 años vendiendo “encaramao de coco” frente al edificio del Saime, antigua Diex; está acostumbrada a ese paisaje. De hecho subraya que hasta antes de morir quiere estar cerquita del Nazareno: “Hasta que Dios me de vida y salud, allí estaré. ¡Claro que sí, mamita, él me protege a mi nieta y a toda mi familia!”