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Simon Johnson

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La tentación de los bancos centrales

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El sistema bancario se ha convertido en el talón de Aquiles de gran parte de los bancos centrales. Esto puede parecer paradójico, ya que, después de todo, el término “banca” define sus funciones. Sin embargo, muchas personas, que actualmente son altos funcionarios de nuestros bancos centrales construyeron sus carreras durante los años ochenta y noventa, cuando el riesgo de inflación era muy importante, así pues, –la inflación, en lugar de la regulación y vigilancia bancarias– sigue siendo el principal tema de interés de las inquietudes intelectuales y prácticas de dichos funcionarios.
Asimismo, parte de la experiencia formativa de muchos banqueros centrales en el último lustro ha sido la necesidad de evitar un potencial colapso de la producción, mediante medidas que impidan una caída de los precios, entre otras. Este objetivo se ha logrado porque han mantenido el crédito, independientemente del efecto que pueda tener sobre la estructura o incentivos en el sector bancario.
No es una sorpresa que los banqueros centrales de ahora continúan mostrando deferencia a  aquellos que dirigen bancos privados importantes. Los bancos centrales tienen un gran control sobre la oferta de dinero de una economía, y puedan afectar tasas de interés de una amplia variedad de créditos y títulos. Sin embargo, los bancos del sector privado se encargan de los créditos y al mismo tiempo asumen responsabilidad de aspectos importantes del funcionamiento de los mercados financieros.
Así pues, un objetivo central de los responsables del diseño de políticas en los Estados Unidos, Europa y muchos otros países es mantener operando a  los megabancos mundiales y garantizar su rentabilidad. Aunque a menudo esto significa que los banqueros centrales son condescendientes con los ejecutivos de estas firmas.
José De Gregorio, gobernador del Banco Central de Chile de 2007 a 2011, es una excepción notable. En su publicación How Latin America Weathered the Global Financial Crisis, combina historia reciente y perspectiva personal para ofrecer un análisis fascinante de cómo poner en aplicación un enfoque de diseño de políticas más equilibrado –en mercados emergentes y en general. (La publicación de De Gregorio la edita el Peterson Institute for International Economics –Instituto Peterson de Economía Internacional– en donde soy investigador, pero no participé en el encargo o edición de su trabajo.)
El trabajo de De Gregorio tiene mucho de la macroeconomía convencional, incluido el valor de una política fiscal minuciosa y la ventaja de mantener un tipo de cambio flexible guiado principalmente por la oferta y la demanda del mercado. Cuando los países parecen estar comprometidos con un tipo de cambio fijo (digamos, respecto al dólar estadounidense), las firmas y las personas se sienten alentados a solicitar créditos en moneda extranjera (como el dólar) a fin de asegurar lo que típicamente son tasas de interés más bajas.
Sin embargo, dicha percepción puede resultar rápidamente una trampa. Cuando hay salida de capitales de un país –como sucede ahora en algunos mercados emergentes– puede ser útil que el banco central permita una depreciación de la moneda para contribuir a impulsar las exportaciones y reducir las importaciones. No obstante, si los prestatarios de un país tienen mucha deuda denominada en dólares, la depreciación puede ser ruinosa.
De Gregorio aborda muy bien todos estos temas –y también analiza la importancia de la suerte. El crecimiento chino en 2009 y después fue relativamente vigoroso, lo que mantuvo altos los precios de las materias primas. Esto benefició a Chile –un importante productor de cobre– y gran parte de América Latina.
Sin embargo, lo realmente sobresaliente del trabajo de De Gregorio es su análisis de la banca. El elemento clave es el apalancamiento, o cuánto pueden endeudarse los bancos según su capital, y la tentación a la que se enfrentan los responsables del diseño de políticas de permitir a los bancos endeudarse más, en particular cuando hay buenos tiempos y el valor de los activos está aumentando.
Los ejecutivos de los bancos grandes a menudo quieren incrementar el apalancamiento de sus instituciones, típicamente porque varias formas de garantía –en particular, seguro de depósitos y acceso al financiamiento de bancos centrales en condiciones ventajosas. Además, la remuneración de los ejecutivos se basa a menudo en los dividendos del capital, no ajustado al riesgo.
El peligro para los bancos centrales radica en que los subsidios implícitos que se ofrecen a las instituciones financieras más importantes no se calculan en ningún presupuesto. Además, también es difícil medir la acumulación de riesgo en el sistema financiero que conlleva un apalancamiento más alto, pero que probablemente surgirá pocos años después (por ejemplo, ya que haya terminado el mandato de un gobernador).
La perspectiva de De Gregorio difiere de muchos de sus colegas en otros países porque ve claramente los riesgos de permitir a los bancos hacerse más grandes y pone en aplicación lo que llama estrategias “inteligentes” que necesitan de un apalancamiento significativo.
Un alto apalancamiento crea riesgo macroeconómico –incluso para el equilibrio fiscal cuando deben cubrirse las garantías implícitas. Al mantener niveles más bajos de deuda en bancos y otras firmas del sector privado, se reduce la vulnerabilidad a sacudidas. En un periodo de auge esto puede parecer irrelevante, pero como sabe De Gregorio, muy a menudo y en momentos inesperados, surge la presión sobre los mercados emergentes –y países más ricos.
El crecimiento basado en un alto apalancamiento resulta típicamente ilusorio. Y con todo, la ilusión sigue seduciendo a los responsables del diseño de políticas. Es por esto que el libro de De Gregorio debe ser lectura obligatoria de todos los banqueros centrales.