• Caracas (Venezuela)

Simón Alberto Consalvi

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Simón Alberto Consalvi

La pasión política (V)

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No fue propicio para la libertad ni para el progreso humano el despuntar del siglo XX en Venezuela. De modo personal y autocrático dos personajes antípodas en su psicología y modos de entender la vida controlaron el poder los 35 primeros años del siglo. Cipriano Castro y Juan Vicente Gómez eran compadres y juntos, como don Quijote y Sancho, recorrieron el mapa venezolano para establecer el reinado andino. La pasión del poder los unió y la pasión del poder los dividió. Enrique Bernardo Núñez, en El hombre de la levita gris, y Mariano Picón Salas, en Los días de Cipriano Castro, retrataron la época y al protagonista. Los pensamientos ocultos e inconfesables del otro personaje fueron descifrados por Ramón J. Velásquez en Confidencias imaginarias de Juan Vicente Gómez. O sea, lo que Gómez siempre quiso decir y no se atrevió, porque el dictador era la otra cara de la moneda ­también en esto­ de don Cipriano que hablaba tanto que sus palabras terminaron condenándolo. En suma, tres obras ejemplares.

Por esa manera bullanguera de ser, Castro se consagró como un parlanchín desenfrenado que desafiaba a los poderosos, aunque no siempre le hicieran gran caso. Acusó de manera persistente al presidente de Estados Unidos, el peligroso Teodoro Roosevelt, hasta ponerlo en la alternativa de castigarlo.

No lo hizo porque otros apremios (y el fin de su periodo presidencial) se lo impidieron. A diferencia de don Cipriano, Gómez se llevó tan bien con la potencia emergente que sus barcos le sirvieron de guardianes en el Caribe.

La pasión política de ambos se tradujo en la vulneración sistemática de la Constitución, en la degeneración del Estado de Derecho y en el irrespeto a toda idea institucional. De modo que lo que ahora vemos tiene antecedentes claros y precisos en el régimen andino. Castro no dispuso de todo el tiempo que aspiraba en el poder, pero disfrutó del necesario para voltear la Constitución al derecho y al revés: en 1904 anuló lo que apenas tres años antes había aprobado la Asamblea Constituyente de 1901. Total, dos constituciones en apenas ocho años. Según la Constitución de 1901 el presidente ejercería sus funciones por un período de seis años, sin reelección inmediata, pero en 1904 piensa que debe seguir en el poder. El 28 de octubre, el general proclama su reelección presidencial para el periodo 1905-1911.

Desde el balcón de la Casa Amarilla, Castró habló así: ¡Conciudadanos!

Ningún día más propicio al objeto con que os habéis reunido que el del onomástico del Libertador y Padre de la Patria para proclamar, en forma plebiscitaria, mi candidatura para Presidente Constitucional de la República en el próximo periodo. (...) Es como si dijéramos la proclamación, bajo mi nombre, de un corte de cuentas del pasado con el presente y el porvenir, para abrir de hoy en adelante, únicamente, la del engrandecimiento y la prosperidad de la Patria en el seno del orden y de la regularidad administrativa.

Como en tantas otras ocasiones, son Bolívar y Dios los protectores, y en el caso de Castro era el Dios de las naciones a quien invocaba con frecuencia.

Esta retórica plebeya y patriotera hizo también escuela y, por tanto, es la culpable de que el Padre de la Patria no descanse en paz. Cuando don Cipriano se fue para Europa en busca de un médico, su compadre le dio el golpe de Estado, método usual entre dictadores y gendarmes. Quienes en 1904 pedían que lo consagraran presidente vitalicio, en 1908 vitoreaban al general Gómez. También esto es común en la zoología de los despotismos. Gómez fue el primer dictador que gobernó durante un dilatado periodo con las arcas siempre repletas. El petróleo, propiedad del Estado que equivalía a ser propiedad de Gómez, lo hace todopoderoso, inexpugnable. A través del petróleo armará alianzas internacionales, comprará armas y también gentes.

Todo un espejo para que otros se miren en el porvenir, y no tengan escrúpulos en imitarlo.

Moraleja: la Constitución dicta una cosa; la realidad, otra. Castro estaba reelegido hasta 1911, pero apenas llegó el 24 de noviembre de 1908 tomó el barco que lo condujo a Europa y al olvido. Al poco tiempo, el 19 de diciembre, Gómez dio el golpe de Estado no sólo con el beneplácito de las potencias extranjeras, sino también con el entusiasmo de los venezolanos que lo interpretaron como un gran cambio hacia la democracia. Así escribí en Gracias y desgracias de la reelección presidencial en Venezuela.

El general convoca al Congreso de don Cipriano que lo declara prófugo, proclama a Gómez presidente provisional, redacta un proyecto de carta magna, la primera del dictador, la de 1909, y la tercera del joven siglo. Como en ningún otro momento de la historia, la Constitución bajo Gómez tendrá un sentido eminentemente personalista, prolonga a siete años el periodo presidencial y la reelección está sobrentendida. La Constitución tiene su nombre, se llama Gómez y es sólo para Gómez. Durante su régimen se reformó en siete ocasiones: en 1909, 1914, 1922, 1925, 1928, 1929, 1931. En esta última se hizo reelegir por última vez porque presintió que la muerte estaba cerca y quería morir como jefe del Estado, con el látigo en la mano y las botas puestas.