• Caracas (Venezuela)

Simón Alberto Consalvi

Al instante

El fin del mundo no fue un cuento chino

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El lunes 14 de octubre de 1962, un jet U-2 regresó a Washington con muy malas noticias. Retornaba de una misión de espionaje sobre Cuba, y las fotografías examinadas de inmediato por los expertos confirmaban que los rusos estaban instalando cohetes nucleares en la isla, y que habían avanzado de modo extraordinario. De la noche a la mañana, Estados Unidos se veía gravemente amenazado por un ataque nuclear sorpresivo. No era la III Guerra mundial. Era algo más grave. Esto sucedió hace medio siglo. Sólo sobrevive uno de sus protagonistas, Fidel Castro, el inmortal.

El presidente John F. Kennedy no fue informado esa noche porque sus asesores carecían aún de la información necesaria para responder a las preguntas que indefectiblemente les formularía, pero mientras tomaba el desayuno a las 8:45 de la mañana del martes, McGeorge Bundy, el consejero de Seguridad, le dio la novedad.

No había dudas, el Kremlin o Nikita Kruschev en persona, había tomado una decisión de tal naturaleza que ponía al Presidente de Estados Unidos en una situación extremadamente difícil, qué respuesta dar y cómo darla de manera que la crisis fuera resuelta sin poner en peligro millones de vidas humanas, y sin darle excusas al Kremlin para agravarla o situarla en el punto de no retorno.

Desde el primer momento, Kennedy actuó con frialdad.

Reunió en la Casa Blanca a un comité de emergencia, y en su seno se oyeron las más diversas propuestas y las más nerviosas hipótesis, incluido un ataque preventivo. Si bien el presidente reaccionó con impavidez, desde el primer momento le dijo a Bundy que "Estados Unidos tenía que ponerle fin a la amenaza de un modo o de otro y en el menor tiempo posible".

La cuestión estaba, por consiguiente, en buscar el camino de los menores riesgos posibles.

No con facilidad se llegó a la tesis del bloqueo de la isla, utilizando la palabra "cuarentena" que tenía menor connotación bélica que la primera. Y eso fue lo que dispuso Kennedy.

La noche del 22, un Kennedy sombrío se dirigió al mundo.

Todos los barcos que se dirigieran hacia Cuba o salieran de la isla, serían abordados por Estados Unidos. La URSS comprendió que frente a la decisión, era poco lo que podía hacer que no significara riesgos mayores.

En su historia Mil días, John F. Kennedy en la Casa Blanca, Arthur Schlesinger relata la crisis como si fuera una novela de suspenso.

Además de historiador era consejero presidencial, de modo que estaba adentro y conocía todos los secretos. Uno de los episodios más inverosímiles que retrata es el encuentro entre el presidente y Andrei Gromyko, el ministro de Relaciones Exteriores de la URSS, quien en ese momento se encontraba en Nueva York.

Kennedy lo invitó a Washington. Fue uno de los momentos más extraordinarios de una semana extraordinaria, escribió Schlesinger. "Kennedy sabía que había cohetes soviéticos en Cuba. Incuestionablemente, Gromyko también sabía esto, pero no sabía que Kennedy lo sabía". Gromyko mencionó a Cuba solo para decir que allá temían una invasión de Estados Unidos, y expresó "con toda solemnidad que la ayuda de la Unión Soviética no tenía otros propósitos que los de contribuir con la defensa de la isla". Kennedy dejó a Gromyko en la luna, no quería hablar del asunto hasta no tener tomadas sus decisiones. Quizás al viejo canciller de Stalin y de sus sucesores nunca le había ocurrido un fiasco semejante. La duplicidad a la vista. Vale la pena averiguar qué cuenta de esta entrevista en sus Memorias.

El Presidente creó así una situación de hecho, preservando la seguridad del país, pero abriendo espacio para las negociaciones.

Esta fue la clave de las decisiones de Kennedy. Fueron descartadas las opciones más radicales, como el bombardeo masivo de Cuba, lo cual habría sido impensable y sus desastres impredecibles. De ahí la importancia del temple de los jefes de Estado. Kennedy tuvo gran capacidad de control para enfrentar una amenaza tan devastadora a 90 millas de su país. A lo largo de medio siglo, especialistas de distintos países, incluidos Estados Unidos, Cuba y la Unión Soviética, analizaron la crisis y sus implicaciones. Quizás no todo está dicho.

Fue fundamental el papel jugado por el secretario general de la ONU, el birmano U Thant.

De los debates en el Consejo de Seguridad quedó una réplica del embajador Adlai Stevenson al embajador soviético que acusó a Estados Unidos de haber iniciado la crisis. Dijo Stevenson: "Esta es la primera vez que oigo que el criminal no es el ladrón, sino el que lo descubre".

Cuando a lo largo del tiempo hemos oído el término "Armagedón", o fin del mundo, no se utiliza sin fundamento.

En ningún momento de la era nuclear, la humanidad estuvo tan al borde del abismo como en aquellos trece días que fueron desde el 14 al 27 de octubre, cuando el primer ministro Nikita Kruschev resolvió retirar los cohetes, en un memorable cruce de mensajes entre él y Kennedy. Para el jefe del Kremlin entrar en razón fue un gesto de racionalidad, así como lo había sido de temeridad e irresponsabilidad instalar los cohetes. El Kremlin no informó a Cuba de sus decisiones, pero logró que Estados Unidos se comprometiera a no atacar a la isla. A partir de entonces, el doctor Castro desconfió siempre de los rusos.