• Caracas (Venezuela)

Simón Alberto Consalvi

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Simón Alberto Consalvi

Leonardo Ruiz Pineda

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Leonardo Ruiz Pineda fue asesinado en una calle de San Agustín del Sur el 21 de octubre de 1952. Desde inicios de 1949, cuando fue liberado de la cárcel después del golpe militar contra Rómulo Gallegos del 24 de noviembre, fue el secretario general de Acción Democrática en la clandestinidad. Han transcurrido 60 años, los sucesos políticos se han atropellado los unos a los otros, y, por lo general, escasea el tiempo para pensar en quienes, como Leonardo, se obstinaron en entregar su vida a la construcción de la democracia en Venezuela.

No hay cómo imaginar la deuda que la nación tiene con esos hombres singulares que combatieron sin pausa y sin miedo, que optaron por la resistencia clandestina como una manera de enfrentar a la fuerza bruta. Fui amigo de Leonardo desde mis tiempos de liceísta en San Cristóbal, cuando él era profesor y presidente del estado Táchira, y lo acompañé en el CEN clandestino.

En la Cárcel Modelo, Leonardo comenzó  a escribir su autobiografía. No quería ser sino escritor: “Entonces fui ganado definitivamente por un comienzo de orientación que despertaba en mí, brumoso, vago. Mis poemas perdieron el acento melancólico que le daban tono de sentimental congoja, tomé el estilo de ‘vanguardia’, ‘sugerente’, como entonces era calificado. Escribí poemas, variados y numerosos poemas… escribí cuentos, numerosos cuentos”.

Pero como a otros jóvenes, a la muerte de Gómez, el destino le señaló el arduo camino de la política. “Entonces –dijo–, no acertaba a prever el proceso de sacudimiento colectivo que viviría Venezuela al desaparecer el jefe del régimen político en torno al cual gravitaba aquella edad oscura de atraso e incultura”.

Retengamos estas líneas finales de su confesión inconclusa, escritas en diciembre del 48 en la prisión y que relatan su llegada a la capital: “Cargado de esos confusos y complejos pensamientos llegué a las puertas de Caracas una tarde de septiembre de 1933, a los 17 años de edad. Entraba en mi ciudad madre, la que luego formaría a su imagen y semejanza el contorno de mi  nueva vida. La ciudad alegre, enervada de juvenil desgaire, desbordante de esa imponderable fuerza espiritual que fluye en la sonrisa de sus mujeres y en el ademán acogedor de su regazo, abría sus brazos cálidos para recibir al anónimo estudiante provinciano que golpeaba sus puertas cargado de maletas, sueños y esperanzas”.

El joven Ruiz Pineda llega a Caracas para observar lo que llamó “sacudimiento colectivo”, y a partir de 1936 reparte el tiempo entre sus estudios de Ciencias Políticas en la UCV y la primera militancia clandestina bajo el régimen de López Contreras que no le dio tregua a los partidos que tuvieron que formarse contra viento y marea, como el PDN, que dio origen a AD.  Leonardo escribe y lee, y ya desde entonces se destaca por su oratoria elegante y fluida, por su talante siempre grato.

En los años cuarenta regresó a San Cristóbal, fundó el diario Fronteras, y sus escritos políticos se consagraron por su profundidad, su agudeza y su estilo imaginativo. Recuerdo de modo especial sus “Ventanas al mundo” contra el fascismo en la guerra europea, sobre la reforma constitucional y la necesidad de que se consagrara la elección directa de los presidentes de la República. En la tierra de los caudillos militares del siglo, donde había campeado la ferocidad y la barbarie de Eustoquio Gómez, Leonardo fue la expresión, junto con su amigo Ramón J. Velásquez, de una alternativa civilizada y contemporánea de la política.

En 1948, Rómulo Gallegos lo designó ministro. Y en esos trances a Leonardo lo sorprendió el 24 de noviembre, la conjura de civiles y militares que frustró la presidencia del gran escritor. Y entonces fue a la cárcel, y de la cárcel a la resistencia y a la clandestinidad, única alternativa para la batalla incesante por la libertad. El último de sus escritos fue el prólogo al Libro negro, Venezuela bajo el signo del terror, aparecido el mes de su muerte.

“Este libro –dijo– es un fragmento de una negra historia venezolana, testimonio de conmoción violenta de la República, escrito en un alto de la batalla entre la nación que reclama libertades y la camarilla que usurpó su soberanía. (…) Este libro ofrece los testimonios de esa pugna, de la violencia criminal de un régimen sin normas éticas y políticas y de la voluntad de sacrificio de quienes se enfrentan a él”.

Muy poco después de la muerte de Leonardo, Rómulo Gallegos dijo en

México: “Yo no tengo mano conformada para arrojar la brasa del corazón a los incendios de la violencia, ni me muevo entre hombres que les confíen a las llamaradas de la venganza el cocimiento del pan de la justicia, y sin mengua de la firmeza de la acusación a que estamos obligados, invito a mis compañeros a total presencia de ánimo, en alturas de serenidad responsable ante el destino de nuestro pueblo, a fin de que, sin que el agrio rencor nos tuerza la buena sustancia del dolor que aquí nos reúne, sea honrada siempre entre nosotros la memoria de nuestro compañero, mártir del ideal democrático. El de la fina valentía y gozosa audacia: Leonardo Ruiz Pineda. Vivo y perenne entre nosotros”.