• Caracas (Venezuela)

Simón Alberto Consalvi

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Simón Alberto Consalvi

Elegido después de muerto

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La escogencia no fue fácil, era tiempo de Navidad y me asistía el derecho a la evasión y al placer. Con todo, la cuestión no tenía visos dramáticos. Simplemente, debía optar entre El paseante de cadáveres, los cuentos de la China profunda de Liao Yiwu, y Shifu, harías cualquier cosa por divertirte, los relatos de Mo Yan, el premio Nobel de 2012. Al fin y al cabo, se trataba de escritores chinos. Del Nobel Mo Yan se ha dicho que está influido por el realismo mágico de Gabriel García Márquez. Yo pienso que la magia está en la riqueza de las tradiciones chinas.

Mo Yan lo confiesa así: “Cada persona tiene sus propios motivos para convertirse en escritor, y yo no soy una excepción. Pero por qué me convertí en la clase de escritor que soy y no en un Hemingway o en un Faulkner está ligado a las experiencias de mi infancia. Han sido de gran ayuda en mi carrera de escritor y son lo que me permitirán seguir trabajando en el futuro”.

Me leí El paseante de cadáveres y Shifu, harías cualquier cosa por divertirte. Se me desató la sed por los viejos relatos, y pensé que la venezolana también podía leerse como una historia surrealista, y me dispuse a comprobarlo. Miré al estante y tropecé con los quince tomos de la Historia contemporánea de Venezuela de don Francisco González Guinán. Pensar que uno pueda divertirse con tan imponente obra era casi demencial. Y, sin embargo, lo hice. Al azar bajé el tomo IX; al hojearlo descubrí viejas notas y, entre ellas, la elección de un presidente de la República después de muerto. Era una demostración elemental del surrealismo de la política venezolana. En suma, uno también podía divertirse leyendo la prosa pétrea de González Guinán.

A los 83 años, el general José Tadeo Monagas había comandado la Revolución Azul que en 1868 derrocó el gobierno del mariscal Juan Crisóstomo Falcón, o sea, el gobierno de la Federación. De qué dimensiones había sido el fracaso de aquella revolución que se dejó arrebatar el poder en medio de la anarquía. Venezuela no se había repuesto de la guerra de los cinco años ni de los gobiernos de la dinastía Monagas, y ya estaba otra vez al borde del precipicio.

Conservadores y liberales quisieron juntarse y fracasaron. Monagas se convirtió en la única referencia, fue armando el rompecabezas del poder, pero ya estaba en el ocaso. No obstante, en agosto fue lanzada su candidatura presidencial, para un tercer periodo, por su antiguo ministro Martín J. Sanavria.

El caudillo hizo amagos de no aceptar por “sus achaques de salud”, pero dejó que el proceso avanzara como candidato único. “Liberales y conservadores –escribe González Guinán–, todos eran personalistas, y ya empezaba a notarse en el círculo fusionista la triste tendencia a fraccionarse, personalizando los unos sus afectos por el general José Ruperto Monagas, y los otros, por el general Domingo Monagas”. No le bastaba al viejo general que el poder quedara en casa, en manos del hijo o del sobrino. O él o nadie.

El general entregó sus armas al Altísimo mientras el país votaba por él. Las noticias y los votos andaban a lomo de mula, y siempre llegaban tarde. Cuando se supo su muerte, ya habían votado 19 estados, 11 por José Tadeo, 3 por Domingo Monagas, 3 por Nicanor Borges y 2 por Juan Bautista Dalla-Costa. La división del país era obvia, y el liderazgo del general visiblemente en decadencia, pero resultó elegido. Con su estilo peculiar, González Guinán anota: “La elección presidencial se había efectuado, pero la había anulado el hielo de la muerte”.

En la agenda, y con la urgencia de llenar el vacío, aparecía ahora la elección de los designados. Un periódico, El Federalista, propuso que se realizaran nuevas elecciones. Era lo más lógico, y lo legal. El historiador observa: “Los hombres desapasionados creyeron que ni el hijo ni el sobrino del general Monagas eran adecuados para la Designatura, no tanto por carencia de facultades, como por envolver un nepotismo que antes había condenado el país entero. Pero no son por lo regular los hombres tranquilos los que imprimen rumbo a la política, y muy pronto se verá a los apasionados y vehementes lanzarlo por extraviada senda”. Tal cual. Se impuso José Ruperto, pero a poco se alzó el general Guzmán Blanco.

Para ilustrar el panorama del surrealismo de la historia venezolana, González Guinán da cuenta de la fundación en 1868 de La Opinión Nacional, uno de los periódicos más influyentes del siglo. Vale la pena registrar la original propuesta de La Opinión Nacional, referida por el historiador: “Desde el primer momento se observó que el periódico, que se llamaba independiente, contaba con un ilustrado número de redactores, pero hubo de llamar extraordinariamente la atención de todos los círculos políticos un proyecto presentado en el número 1° para disolver a Venezuela, subdividiéndola en tres Repúblicas, a semejanza de lo que se había hecho en la República de Centro-América”. Así los tres partidos, los conservadores, los liberales y los fusionistas tendrían cada uno se propia república.

Regreso a El paseante de cadáveres y a Shifu, harías cualquier cosa por divertirte, convencido de que Venezuela ha sobrevivido al surrealismo por la benevolencia de los dioses.