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De visita en la Misión

Misión Vivienda / Raúl Romero

Misión Vivienda / Raúl Romero

El Ejecutivo anunció el 27 de diciembre la entrega del apartamento número 200.080 en un edificio construido en Bellas Artes. Los nuevos residentes –damnificados que vivieron más de 2 años en refugios– no dejan por un instante de dar gracias al Gobierno, aunque el inmueble recién inaugurado ya presenta fallas, y no tienen noticias claras sobre los títulos de propiedad

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Gran Misión Vivienda Venezuela en cada llavero. Gran Misión Vivienda Venezuela en cada puerta. El logotipo del programa gubernamental es allí omnipresente. Es una marca. Promete ser un nuevo –y aún inédito– modo de vida.

El edificio que está ubicado entre las avenidas México y Bolívar, en el sector Bellas Artes, fue noticia el 27 de diciembre de 2012. Con la entrega de residencias a 144 familias damnificadas, el Gobierno nacional anunciaba que había superado la meta propuesta para 2012 de 200.000 viviendas.

Allí, en el acto en el cual adjudicó el apartamento número 200.080, el ministro de Petróleo y Minería y coordinador nacional del Órgano Superior del Sistema de Vivienda y Hábitat, Rafael Ramírez, informó que se había logrado la construcción de 346.700 viviendas entre 2011 y 2012. “Un promedio de 20 viviendas por hora, 1 vivienda cada 3 minutos”, según la cuenta del funcionario, quien también destacó que la inversión del Ejecutivo en el programa, en 20 meses, fue de 98 millardos de bolívares.  

Aunque la inauguración oficial fue hace dos semanas y la gente ya vive en el edificio, los obreros siguen trabajando para concluir las obras que quedaron a medias: aún no están listas las aceras traseras, tampoco el ascensor, en algunos pisos se siguen frisando paredes. El suelo de escaleras, pasillos y apartamentos recoge aún el polvo –resbaladizo– de la edificación que se entregó antes de tiempo para cumplir con la meta del Gobierno, pero que todavía está inconclusa.

“Tenemos casa”, dicen los nuevos vecinos sin ninguna queja por los inconvenientes. Es alegría por igual para los Caraballo, los Acosta, los Subero, los Abreu, los Dávila. En agradecimiento, y como certificado de lealtad, alguien ya colgó en su ventana un afiche con la cara del presidente Chávez. Para los residentes nada es por los momentos motivo de reclamo.

Tras haber vivido en promedio dos años en refugios, todos agradecen que por fin tienen un techo. Además, céntrico, justo al lado del Metro. Aunque las tuberías de varios apartamentos estén tapadas, aunque el agua llegue de forma irregular y deben guardarla en tobos, aunque el gas directo no haya sido instalado. Tienen casa, “mi casa bien equipada”, apartamentos idénticos de paredes blancas y piso en obra limpia con el mismo mobiliario marca Haier que hay en cualquier inmueble de Misión Vivienda del país: nevera, cocina, lavadora, calentador, mesa de comedor, recibo, camas. Casa propia en un edificio rectangular que no tiene nombre.

En declaraciones a la prensa, Ramírez nombró al edificio Parque Recreacional José María Vargas (aunque no tiene áreas recreativas), pero la mayoría de los vecinos lo llaman residencias Bellas Artes o bloque Bellas Artes; mientras que, según un papel pegado en la entrada, la compañía constructora lo identifica como Residencias GAN.

Tal como el nombre, la cotidianidad dentro de la residencia también es un misterio: los vecinos no saben dónde están los bajantes, unos aseguran que existen (como una leyenda urbana), y, mientras tratan de responder la interrogante, algunos, como Dasly Sánchez, prefieren depositar directamente la basura de los apartamentos en los container que están en la calle.

Otra incógnita es el pago de los apartamentos. Cada quien tiene una versión diferente: algunos dicen que comenzarán a cancelarlos en un año, otros aseguran que en tres. Nadie sabe precio ni condiciones de pago (situación que angustia a quienes no tienen empleo o viven de un trabajo informal). Eso sí, la falta de documentación que los acredite como dueños del inmueble preocupa a algunos, pero tampoco son capaces de quejarse ante ninguna autoridad. “Quisiera tener el título de propiedad o algo, sólo tengo la llave”, expresa la vecina Feliciana Torres. “No tenemos papeles, nada que nos diga nada; pero tenemos que esperar, apenas tenemos menos de quince días aquí”, justifica la residente Bárbara Suárez. Términos como “propiedad social” aún no forman parte de su vocabulario.

Ya tuvieron una primera reunión y llegaron a acuerdos iniciales: que los niños no corran por los pasillos tocando los timbres ajenos, que nadie cuelgue ropa en las ventanas. Esperan poder organizarse mejor. “¿Una junta de condominio? ¿Un consejo comunal? ¿Una comuna?”, se pregunta Bárbara Suárez, y no sabe responder. Aún desconocen la figura que los agrupará. Pero están claros: deben tomar decisiones en conjunto pronto, como poner una reja en la entrada, pues el lugar permanece abierto día y noche.   

Muchos de los vecinos se conocieron el primer día, cuando en acto público Ramírez les entregó las llaves de los apartamentos, pero otros se conocían desde antes. En diciembre empezaron a hacer guardias día y noche a las puertas del inmueble, después de enterarse de que un grupo de personas intentó invadirlo. Ellos no iban a dejar que les arrebataran el techo por el que tanto habían esperado. Por eso decidieron mudarse de una vez.

“Cuando nos mudamos sabíamos que los apartamentos iban a tener sus detalles, como filtraciones y que los ascensores no servían, pero nosotros aceptamos venirnos así. Es mejor estar aquí que en el refugio; además, teníamos miedo de las invasiones”, indica Suárez.

Un equipo de plomeros de la Misión Vivienda se ocupa diariamente de revisar los desperfectos y reparar los daños que hay en los apartamentos. Eso tranquiliza a los habitantes.

Apenas una reja los separa del huerto organopónico Bolívar I, obra emblemática del comienzo del gobierno de Hugo Chávez, sin embargo, no han podido adquirir allí las legumbres. Los locales de la planta baja están cerrados, pero se tiene planeada la inauguración de un Café Venezuela, una panadería, una farmacia y un banco, todos representantes de la microeconomía bolivariana. Pero para compensar estas carencias, está el ingenio: la economía endógena empieza a surgir.

En uno de los pisos alguien puso una venta de cigarrillos y refrescos. Y los vendedores ambulantes de la zona suben a la búsqueda de clientes puerta por puerta. Mientras, dentro de sus apartamentos cada familia va adaptándose a la nueva vida, sin grandes sobresaltos por la situación política, la enfermedad del Presidente, la decisión del Tribunal Supremo de Justicia, las críticas de la oposición. En sus camarotes recién estrenados no se sienten los vaivenes del barco.

 1. Regalo de Navidad

Alix, la perra marrón, llegó después de Navidad. Tremenda. Corre de un lado a otro de la sala. Muerde los zapatos. Era el regalo esperado por los niños desde hace tiempo; era también el deseo que antes era imposible de cumplir porque la familia vivía en un refugio. Pero ahora, con casa nueva, con casa propia, Bárbara Suárez pudo complacer a sus tres hijos. Rosgreiry, de 11 años de edad; Keiter, de 7 años, y Luis, de 3, tienen mascota. Ahora sí el hogar está completo.  

Durante las lluvias de diciembre de 2010, la familia perdió su casa en la carretera Caracas-La Guaira. Después estuvieron viviendo por 2 años, con otras 100 familias, en la antigua Comandancia de la Policía Metropolitana en Cotiza, primero en un área colectiva, sin privacidad alguna; luego en pequeños cubículos, con independencia de los demás. Poco a poco el Gobierno iba asignando viviendas a los grupos familiares en urbanismos como Ciudad Caribia. Bárbara y su esposo Luis Subero –y otras 7 familias– prefirieron esperar a que estuviera lista la residencia de Bellas Artes, porque los apartamentos son un poco más grandes.

Ahora se adaptan a la nueva cotidianidad: las niñas estudian en Cotiza, por lo que deben trasladarse a diario en Metro y Buscaracas para llevarlas y buscarlas. Piensan cambiarlas el próximo año escolar a un plantel más cercano, pues tanto ella como su esposo trabajan: ella es costurera en una empresa privada, él labora en el área de informática del Ministerio de Interior y Justicia.

Compran –fieles a la revolución– en el supermercado Bicentenario de Parque Central y no extrañan la comida gratis que les daban en el refugio. “Es lo de menos, tenemos que seguir, eso quedó atrás. Tengo la vivienda que es lo principal; ahora yo hago mi propio mercado”, dice Suárez. Sabe que también le toca invertir en pisos.

 2. Ventana con vista

Dasly Sánchez tiene una vista privilegiada desde su apartamento, en un piso alto: una panorámica de la Galería de Arte Nacional, una vecina que aún no conoce. Se acostumbra a su nuevo hábitat. Se pregunta, por ejemplo, qué será ese “aparato blanco” que está sobre el lavandero. Nadie le ha explicado. No sabe que es un calentador a gas, aún inutilizado porque el servicio no ha sido instalado.

Su esposo Juan Abreu trabaja todo el día en el área de limpieza de un restaurante y ella cuida a sus pequeños hijos, José Ángel, de 3 años de edad, y Dariángel, de 4 meses. El niño mayor monta bicicleta en el apartamento aprovechando el espacio aún vacío de la sala.

La casa donde vivía alquilada en el 23 de Enero resultó afectada por las lluvias de finales de 2010. Fue a parar como refugiada, primero a la iglesia Cristo Rey de esa parroquia, y luego a un hotel de la Candelaria. Su hija menor nació en ese refugio.  

Desde que supo que serían asignados al inmueble de Bellas Artes iba a menudo a ver el proceso de construcción. Ahora agradece, ante todo, que en su nueva casa su mamá Norma puede quedarse a dormir, porque en el refugio ni siquiera le permitían entrar.

3. Mejor vida

Fueron los primeros en instalar la antena y el servicio de cable. Así pueden ver televisión sentados en unas mecedoras en la sala. Pero lo que más alegra a Joanna Dávila, de 18 años de edad y estudiante de Administración de Empresas, es la seguridad, la paz, la privacidad.

Vive con su papá, Adith Dávila; su mamá, Luzmary Alvarado; sus hermanos Daniel (de 10 años de edad) y Edith (de 15 años) en un apartamento de dos habitaciones. Aunque no les han llegado todos los muebles que dona el Gobierno, ellos han ido equipando su hogar con lo que se salvó de su casa anterior.

Vivían en Antímano. La carretera se derrumbó y fueron declaradas inhabitables todas las viviendas que estaban al borde, entre ellas la suya. Los enviaron a un refugio de la zona llamado Che Guevara. “Era muy peligroso”, relata. De allí, fueron trasladados a otro refugio, un poco más seguro, en Carapita, hasta que les asignaron el apartamento. “Mi hermano menor es autista y ahora no está estudiando. Le estamos buscando una escuela especial. Lo importante es que él se ha sentido mucho más tranquilo desde que vivimos acá”.

4. Familia grande

Yuris Acosta lava la ropa en la nueva lavadora Haier. Como no tiene dónde colgarla, la esconde en el cuarto porque no quiere que salga en las fotos el reguero de pantalones y franelas guindados sobre los muebles. Está muy orgullosa de su casa recién estrenada, arregladita; ya colgó cuadros en las paredes, pero cuesta quitarle las marcas de cemento al piso.

Ha tenido problemas de filtraciones en el baño, pero dice que han sido solucionados por técnicos de la empresa constructora. Yuris vive con su hermano Winston Acosta, la esposa de éste, Tania Caraballo y la hija de él, Daniela. Por dos años habitaron en el refugio del hotel New Jersey en la Candelaria. Allí fueron alojados cuando perdieron su vivienda en Macayapa, en Los Frailes de Catia.

En la nueva vivienda suplen la falta de gas directo con una bombona pequeña, como muchos; tiene agua guardada en varios tobos grandes. Durante los primeros días, sobre todo, la escasez del líquido fue una constante.

Están rodeados de afectos: tienen como vecinos en el apartamento de al lado a los padres de Tania, Guillermo Caraballo y Feliciana Torres. Él trabajó como agricultor en Colombia y lleva 12 años viviendo en Venezuela. Con ellos habita su hija Yury, su nieto Yialber y su hermano Dionisio Caraballo. Ellos también perdieron su vivienda en Macayapa y permanecieron por 2 años en el refugio del hotel New Jersey. “Después de que la puerta se cierra lo que sobran son camas”, es la filosofía de Feliciana para mostrar que en el nuevo apartamento son bienvenidos todos los parientes que no fueron beneficiados.

A Guillermo Caraballo (hijo), de 25 años de edad, el Gobierno le asignó un apartamento varios pisos más arriba del resto de su familia. Vive con su esposa Diomaris y su hija Daimaris, de 3 años de edad. Unas calcomanías de flores le dan vida a la cocina, para diferenciarla del resto de la sala, aún sin muebles.

Guillermo, nacido en Colombia pero nacionalizado, vende frutas en un puesto de la calle y fue uno de los residentes que defendió con más ahínco la propiedad. “Antes de que nos dieran las llaves, veníamos todos los días a limpiar los pasillos. Yo dormí fuera varias noches para vigilar que no entraran los invasores”, recuerda.

Guillermo es el sostén de su familia, vende frutas en un puesto de la calle. Su apartamento tenía problemas con las tuberías, pero asegura que fueron solucionados por la empresa constructora. Está tan feliz que no tiene reclamo alguno: “En Macayapa lo que se escuchaba era plomo, acá estamos tranquilos”. Y agradece, como en una plegaria: “Chávez me ha dado todo: me dio mi cédula de venezolano, a mi niña le ha dado juguetes en diciembre y atención médica, ahora nos da el apartamento. Yo soy chavista hasta morir”.

Cifras

20 viviendas por hora, 1 cada 3 minutos, es la cuenta que hace el ministro Rafael Ramírez sobre los avances de la Gran Misión Vivienda Venezuela en el período 2011-2012.

144 apartamentos tiene el edificio de la misión que está ubicado entre las avenidas México y Bolívar, en el sector Bellas Artes.

98 millardos de bolívares es la inversión del Gobierno en la misión desde 2011, según datos del ministro Rafael Ramírez. 

Testimonios

“No tenemos papeles, nada que nos diga nada; pero tenemos que esperar, apenas tenemos menos de quince días aquí”. Bárbara Suárez. Vecina.

“Cuando llegamos, estaban tapadas todas las tuberías, pero ya nos las arreglaron los constructores”. Guillermo Caraballo. Vecino.

Abortar un proyecto de ciudad

Un paseo que hiciera transitable el corazón de la ciudad. Un paseo verde de 1,5 kilómetros, con gran cantidad de árboles frondosos, con amplias áreas para caminar, que uniera el parque El Calvario con el parque Los Caobos. Un lugar largo que en la capital no existe. De allí partió el sueño del Paseo Vargas. Un ideal que tiene como origen el plan Rotival de 1939, el cual pretendía darle a Caracas la majestuosidad de una avenida monumental, con caminerías y muchas áreas verdes, al estilo de los Campos Elíseos de París.

En 1984 el plan se retoma, se convierte en decreto presidencial, se le nombra Paseo José María Vargas (como el insigne médico y ex presidente venezolano). Esta vez el proyecto queda bajo la dirección de los arquitectos Carlos Gómez de Llerena y Álvaro Morín: inmensas aceras, muchos árboles y jardines forman parte de ese lugar planeado para una ciudad más humana. En 1987 se construyen las aceras y algunos edificios culturales, como la Escuela Cristóbal Rojas; pero otras, como la Galería de Arte Nacional, quedan inconclusas.

En 1989 el concejo municipal del entonces Distrito Federal aprueba una ordenanza de parque José María Vargas que contemplaba combinar usos recreativos, culturales, deportivos, gubernamentales y residenciales; sin embargo, no se ejecutó.

En 2006, el Gobierno bolivariano presenta un proyecto que tiene como principal pivote la construcción de grandes espacios públicos como plazas, pero no viviendas. En 2008, el Ministerio de la Cultura propone usos mixtos (en especial la gran plaza de la Revolución) para el Paseo Vargas, como parte del Plan Bicentenario Caracas 2010. Sin embargo, en junio de 2011 este plan vuelve a cambiar: el Gobierno anuncia que varios terrenos del paseo se utilizarán para la construcción de más de 700 viviendas para los damnificados. Para darle soporte, el Concejo Municipal de Libertador aprueba el proyecto de Reforma Parcial de la Ordenanza Reguladora de la Ordenación del Sector Parque Recreacional José María Vargas para permitir el cambio de zonificación de los espacios públicos y áreas verdes del parque a uso residencial y comercial.

Ante esta decisión, vecinos de las urbanizaciones la Candelaria, San Agustín y Santa Rosalía acuden al Tribunal Supremo de Justicia en septiembre de 2011 para introducir un amparo constitucional que impida la construcción de viviendas en el paseo. Sin embargo, la Sala Constitucional del TSJ declara en agosto de 2012 inadmisible la acción.

La tala de más de un centenar de árboles abrió paso a las nuevas viviendas, para cuya construcción tampoco se planteó ningún proyecto de armonización arquitectónica con los museos y edificaciones culturales ya existentes en el paseo.  En la actualidad se hacen grandes edificios en todas las áreas verdes de la caminería y sólo se ha conservado para uso público un pequeño parque infantil.