• Caracas (Venezuela)

Siete Días

Al instante

Una ventana de 140 años

Museo de Ciencias | Foto Cortesía

Museo de Ciencias | Foto Archivo El Nacional

Adolfo Ernst, Walter Dupouy, José María Cruxent y sabios del país participaron en la puja por abrirle un claro a la divulgación del conocimiento. Así nació el Museo de Ciencias, el primero y el único en Venezuela. En un aniversario que pasó por debajo de la mesa, la ciencia, ahora más que nunca, busca oxígeno

  • Tweet:

  • Facebook Like:

  • Addthis Share:

Un informe anual del ministerio al que entonces estaba adscrito recoge a finales del siglo XIX cartas que Adolfo Ernst dirigía al presidente de turno, Antonio Guzmán Blanco, solicitando recursos para abrir una ventana en pared del espacio hermético que se había asignado al naciente museo que el sabio alemán trataba de organizar. Ernst explica en sus misivas la necesidad urgente de que entre luz y aire fresco al recinto para evitar que hongos y humedad afecten las piezas y objetos patrimoniales que allí se acopiaban. Al año siguiente el nuevo informe anual recoge cartas similares, ya que la solicitud seguía sin respuesta satisfactoria. Finalmente en el informe del tercer año del reiterado ruego por una ventana, una nota a pie de página ilustra el hecho de que Guzmán Blanco decidió darle dinero de su propio peculio para abrir la ventana.

En ese estado de precariedad nació el Museo Nacional, que ciento cuarenta años después sigue siendo el único museo nacional dedicado a las ciencias y continúa rogando por recursos.

El Museo de Ciencias, situado ahora en el parque Los Caobos de Caracas, es aquel Museo Nacional creado el 28 de octubre de 1875 con Ernst al frente hasta su muerte en 1899. El sabio inició las colecciones confinado en una estancia sin ventanas del ahora Palacio de las Academias, el mismo edificio que alguna vez fue sede de la Universidad Central de Venezuela.

En 1883 la gran exposición con motivo de los cien años del nacimiento del Libertador muestra la diversidad de piezas de arte, historia y ciencias que el museo atesoraba.

Era una institución dedicada a las ciencias naturales, la historia y el arte hasta que de allí derivó el Museo Bolivariano en 1911, al que asignaron las colecciones de historia, y el Museo de Bellas Artes en 1917, al que remitieron las obras que tenía el museo decano.

Seguramente siguen allí en el Museo de Ciencias –y ojalá que así sea– muchas de las piezas que en aquellos tiempos acopió y documentó Ernst para sus colecciones, pero ahora son más de 140.000 elementos entre los que hay peces del Guaire, un molar de mamut, el pingüino de Maracaibo, la colección de minerales y rocas que colectó José María Vargas, dos jirafas y casi un centenar de otros animales africanos, momias humanas, un oso pardo de Alaska, el fósil de un tigre dientes de sable de California, la caparazón fosilizada en Urumaco de la tortuga más grande del mundo (Stpendemis geographicus), cestería y piezas de arte plumario de etnias indígenas y hasta la relatoría escrita a mano, con hermosa caligrafía del mismo Ernst, del retorno al país de los restos del Libertador a Venezuela, en la que cuenta, entre otras cosas, cómo al cambiar de uniforme al cadáver, charreteras y botones del viejo traje del prócer los repartieron entre los notables presentes.

En 1940 el Museo de Ciencias fue trasladado a su sede actual en el Parque Los Caobos. Las fotos de su apertura muestran a Eleazar López Contreras, Isaías Medina Angarita y Arturo Uslar Pietri trajeados de esmoquin y sombrero de copa en la ceremonia. Otro sabio, Walter Dupouy, era su director y lo fue hasta 1948, cuando J. M. Cruxent pasa a conducir la institución.

La sede que lo aloja desde entonces es un edificio de finales de la década de los años treinta diseñado por Carlos Raúl Villanueva y constituye la primera obra pública del destacado arquitecto.

El diorama. En los 14 años del período de Cruxent (de 1948 a 1962) el museo cobró notoriedad especialmente por su papel en la expedición que estableció las fuentes del Orinoco, que marcó un hito en la historia del museo y en la historiografía del río magno. El museo también se hizo notar en aquellos tiempos de dictadura militar por sus investigaciones arqueológicas y por la inauguración del diorama en 1953, entonces una innovación visual de gran impacto.

El sueño de los esposos Anala y Armando Planchart era crear un diorama de la sabana africana con animales donados por ellos. Su anhelo quedó detallado en el diario que escribió el emprendedor visionario. Los esposos Planchart, con espíritu progresista e infinita generosidad, idearon y lograron crear para el museo el primero y, por décadas, único diorama de África en Latinoamérica. Más de sesenta animales de la sabana africana, incluidas dos emblemáticas jirafas, fueron cazados en ese continente, disecados en Nueva York con excelente taxidermia y traídos a Caracas por ellos para hacer realidad ese proyecto didáctico-educativo que acompañó por casi 45 años a varias generaciones de visitantes del museo.

En 1963 fue designado el herpetólogo Abdem Ramón Lancini para dirigir el museo en sustitución de Cruxent, cargo que ocupó hasta abril de 1991. En ese lapso de casi treinta años la colección de herpetología creció hasta ser hoy, si no la mayor, una de las más completas sobre serpientes del país. En ese período tres grandes exposiciones llamaron la atención: Amazonas, que ocupó la sede y la del vecino Museo de Bellas Artes; Vargas y los Naturalistas, y la muestra Humboldt.

La extrema escasez presupuestaria de esos años y otros factores denotaban el olvido debido a políticas culturales poco inclinadas al desarrollo y la divulgación del saber científico.

Las colecciones. Desde las primeras colecciones formadas por Ernst, la de mineralogía de José María Vargas, las piezas antropológicas donadas por Oramas y Salas, y las numerosas piezas óseas de la colección Requena, el patrimonio científico de esa institución se formó y creció con mamíferos, minerales, aves, piezas arqueológicas, invertebrados, peces, reptiles, restos óseos, piezas etnológicas y etnográficas de Venezuela y de África principalmente, caracoles, quelonios, mariposas, fósiles, momias, equipos tecnológicos y muchos otros especímenes y objetos que llegaban a la institución gracias a aquellas primeras  donaciones y a la generosidad de los esposos Planchart, los Phelps, los Blohm, el rey de Bélgica y muchos otros expedicionarios, científicos y aficionados a la naturaleza que encontraban en ese museo el destino apropiado para sus colectas de estudio o aventura. Igualmente las expediciones y trabajos de investigación que el propio museo organizó enriquecieron las colecciones de especímenes y objetos que hoy esperemos que siga atesorando.

Buena parte de ese patrimonio lo encuentra disperso y abandonado en 1991 el intelectual Domingo Miliani, a quien designan presidente de la Fundación Museo de Ciencias, el nuevo estatus que se otorga entonces a la institución.

Miliani, académico estudioso de la literatura latinoamericana y apreciado intelectual,  inicia la recuperación del museo. La audaz y efectiva decisión del entonces ministro José Antonio Abreu de convertir ese y otros museos nacionales en fundaciones de Estado, autónomas y descentralizadas,  permitió acometer el rescate de la infraestructura, las colecciones y la administración del museo.

Destaca de ese período el rescate de la sede, la compra de un edificio adicional y  la exposición sobre el petróleo y la energía que realiza conjuntamente con Pdvsa en las mayores salas de sus instalaciones, que atrajo a miles de escolares. El museo comenzó a posicionarse de nuevo en una Caracas ávida de conocimientos científicos.

El Museo de Ciencias, como fundación de Estado, comienza con Miliani a salir de las sombras en que lo sumió el abandono y la displicencia oficial y la indiferencia de la comunidad cultural y académica.  Se inicia incluso en ese momento el uso de computadoras en el museo y hasta una intranet es instalada.

Al dejar Miliani la presidencia del museo en 1994 queda encargado interinamente el intelectual Raúl Nass, de larga trayectoria en la institucionalidad cultural venezolana.

En mayo de 1995 nos tocó el honor de presidir el museo con una nueva junta directiva  que conduciría los pasos de esa institución hasta 2004 para consolidar, dar continuidad y ampliar la labor de recuperación institucional iniciada por Miliani.

El Museo de Ciencias retomó su labor de investigación, preservación y custodia del patrimonio científico de sus colecciones, que alcanzaron aproximadamente 160.000  piezas de  importante valor y cuyos inventarios debimos realizar, ya que habíamos recibido la institución sin los registros correspondientes.

Las salas del museo fueron definitivamente recuperadas para la divulgación y educación de las ciencias, se activó la investigación para conceptualizar y realizar aproximadamente treinta exposiciones y decenas de eventos e iniciativas didácticas alrededor de temas pertinentes en esos nueve años.

Todo tiene su ciencia. Las exposiciones –casi treinta en nueve años– de producción propia con lenguajes museográficos innovadores y alta calidad curatorial y narrativa, lograron atraer la atención de decenas de miles de personas en Caracas y otras nueve ciudades, al poner de relieve interrogantes sobre la evolución, la extinción prematura de especies, la contaminación, los desastres naturales, la crisis climática y ambiental, los retos y amenazas a la biodiversidad, así como la diversidad cultural y el legado de las etnias originarias, el mestizaje y la fusión de culturas, la globalización y el diálogo de civilizaciones.

Los esfuerzos del equipo profesional y técnico en constante aprendizaje lograron ampliar las audiencias y usuarios del museo. Se fortaleció la labor didáctica y la alianza con las instituciones educativas. Científicos y especialistas asesoraron y validaron las narrativas del museo. Para 2004 el museo llegaba con su labor a nueve ciudades, generaba 31% de su presupuesto y era la institución museística con mayor volumen de público; brindaba apoyo a 42% de los centros educativos de la capital, mientras extendía su acción a lo que denominó la red de cooperación de “los otros museos” que divulgaban conocimientos y ciencia.

Las exposiciones alcanzaron alto impacto social, en especial Orinoco, un mundo ante nosotros, que pasó revista a la cuenca del gran río, su biodiversidad y sus habitantes, ocupando todo el museo durante más de un año, antes de viajar durante tres años por el país. Miles disfrutaron y aprendieron con la exposición de Dinosaurios, con prototipos robóticos tamaño natural, y con la exposición Extinción, los animales amenazados o Uruma, la tortuga gigante, que enmarcó la celebración por el retorno al país, en 2001, de casi dos centenares de valiosos fósiles de Urumaco, recuperados tras pasar casi treinta años olvidados, en calidad de préstamo, en la Universidad de Harvard.

En 1998 se abrieron al público nuevos dioramas que mostraban tres ecosistemas fundamentales de la geografía nacional: la selva húmeda, los tepuyes y el llano. Estos dioramas, con lenguajes renovados que integraban sonidos, iluminación dinámica, elementos robóticos y apoyados con dispositivos interactivos, ocupan desde entonces los espacios dispuestos para estos fines.

El  personal del museo, con conciencia de servicio público, sueldos poco competitivos y elevada mística y entusiasmo, mostró capacidad y método que le valieron ser seleccionados para producir la exposición del pabellón venezolano en la Exposición Mundial de Hannover, Alemania, y del pabellón de los países andino-amazónicos en la Expo Mundial de Aichi, Japón.

Destrucción perversa. En 2004 el entonces ministro de Cultura, que adquirió notoriedad como “enterrador de museos”, con arrogancia, sectarismo político e irresponsable desparpajo, hizo lo que ya había hecho en otros museos nacionales: intervino el de Ciencias, destituyó la junta directiva y en un año los neófitos que puso a cargo de la institución despidieron o provocaron la renuncia de la mayoría de los profesionales y técnicos que mantenían los niveles de calidad que se habían alcanzado.

Lo que vino después es conocido: le quitaron el carácter de fundación de Estado, le arrebataron autonomía y rango, redujeron su presupuesto anual, acabaron con el autofinanciamiento y lo han sometido a precariedad infinita e indecorosos períodos de inestabilidad e incertidumbre con una hemorragia de nueve directores en los once años que han transcurrido desde la devastadora intervención.

Se desconoce el daño patrimonial sufrido en estos años de inestabilidad y ausencia de norte y liderazgo. El inventario y estado actual de las colecciones preocupan. La investigación está ausente. Las exposiciones son escasas, perdieron calidad y no itineran por el país. Su escasa labor raya en los límites de la mediocridad y está de espaldas a las actuales tecnologías y el lenguaje de los museos de ciencias. El edificio presenta deterioro y los dioramas, en estado de abandono, están cerrados al público. El museo retrocedió a tiempos de oscuridad y olvido. La ciencia no tiene un museo nacional que sea ventana para todos.

Lamentablemente una reciente e incomprensible decisión de la actual administración desmontó los dioramas modernos sobre los ecosistemas emblemáticos del país. Dieron al traste con ese esfuerzo por poner en valor la biodiversidad para llenar esos espacios con animales africanos, los cuales se exhiben descontextualizados y sin razón alguna. El museo parece volver a formas de exhibición superadas hace décadas por la museografía científica y sacó de escena la realidad biogeográfica de Venezuela.

Un nuevo director, nombrado hace menos de cinco meses, es el noveno en los últimos once años. Es un respetable profesional formado en los museos de arte, con experiencia en educación en una entidad museística sólida, pero tiene un reto por delante que no podrá afrontar si cede al sectarismo y a la exclusión que imperan en muchas instancias del Ejecutivo.

No alcanzaremos el museo de excelencia que merece el país, si quienes rigen la política cultural oficial no le otorgan los recursos necesarios y no hacen cambios estructurales y estratégicos profundos. El museo necesita volver a abrirse a los científicos y los mediadores del conocimiento con visión integradora, con respeto a la meritocracia y a la profesionalización.  Recuperar su autonomía, ganar respetabilidad, hacer alianzas y trazar un rumbo específico que le devuelva identidad. Convocar de nuevo a la comunidad científica y a los mediadores que hacen de la ciencia un discurso accesible a todos. Abrir la ventana nuevamente.

El Museo de Ciencias que el país merece requiere pluralismo, profesionalismo, presupuesto justo, eficacia y libertad de pensamiento y acción. Aferrarse a las ciencias con visión integral y modernizar sus lenguajes museográficos. Abordar el país como tema y desarrollar un perfil propio.

Es necesario abrir la ventana nuevamente. Y toca a todos ayudar a que entre la luz y el aire puro.

*El autor es especialista en mediación de la ciencia.