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Un techo para las peculiaridades y el descuido

Abajo del elevado de la avenida Urdaneta se puede jugar ajedrez / Ernesto Morgado

Abajo del elevado de la avenida Urdaneta se puede jugar ajedrez / Ernesto Morgado

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Dos mesas plásticas con cuatro sillas cada una y dos cavas. Eso es lo que se necesita para montar un restaurante itinerante debajo de un elevado, tal como lo demuestran Ramón y Yazmín Blanco, un matrimonio que desde hace cuatro años ofrece comida a la sombra del puente de la avenida Libertador.

Todos los días de semana, entre 60 y 70 personas se acercan al lugar. “¿Qué tienes para mí hoy?”, pregunta un trabajador de la zona que se ha convertido en cliente fijo de la pareja. Le responden con el menú del día: milanesas, pasticho o dorado. Todo viene preparado desde la casa y se sirve con jugos naturales. La compra se puede ingerir en las mesas del lugar o se puede llevar.

“No les molesta el ruido de los carros pasando por encima de ellos. Dicen que es como comer en la playa, pero, en vez del ruido de mar, se escucha el de los carros”, cuenta Yazmín mientras su voz es opacada por el “sas, sas” que produce cada vehículo que viene bajando o subiendo.

La historia de los Blanco es una de tantas que ocurren debajo de los muchos elevados que tiene Caracas. En ellos se encuentra desde lo obvio, como estacionamientos y ventas de de películas o libros, hasta peculiaridades como la posibilidad de ver clases de ajedrez al lado de la avenida Urdaneta, donde un maestro ofrece sus conocimientos por 50 bolívares la hora en unas mesas que son administradas diariamente por un japonés.

Pero no todo es idílico en estos lugares. El elemento común de todas estas historias es que se producen en un sitio descuidado en el que desechos, escombros y algunos mendigos han encontrado su hogar. Las aceras están rotas, el agua se empoza en los huecos y, hacia los extremos de casi todos los elevados, hay depósitos de basura en los que se amontonan las botellas de cerveza vacías.

Los vagabundos son los dueños de estos territorios fronterizos. Algunos duermen allí y otros consumen drogas. En el elevado de Los Ruices, un padre y su hijo se adueñaron de una esquina, levantaron paredes improvisadas con cartones y colocaron un mueble. “Es su misión vivienda”, bromea Óscar Suárez, que trabaja en un módulo del Instituto de Tránsito Terrestre del lugar.

Los mendigos protegen su espacio y no dejan que nadie se los invada. Suárez cuenta que nunca los ha visto pelear, aunque sus pieles varias veces muestran moretones y otros vestigios de confrontaciones ocurridas, posiblemente, en la noche.

En el elevado de la avenida Libertador pasa igual. Cuando los Blanco comenzaron su negocio, algunos indigentes trataron de correrlos. Ellos no se amilanaron y terminaron ganándose el aprecio de sus vecinos ofreciéndoles comida de regalo.

Pero no siempre los mendigos son el problema. En otros puentes, como en el de la avenida Urdaneta, la situación se complica cada vez que llueve. Aunque el elevado fue reparado hace poco, los vendedores aseguran que quedó peor. “Esperen a que venga un palo de agua para que vean como todo se moja. Me río cuando recuerdo al ministro diciendo que esto quedó pepito”, comenta Emma Pérez, que tiene 14 años vendiendo libros en el lugar.

La situación ha ocasionado que los vendedores se organicen y preparen una colecta para comprar materiales para arreglar las filtraciones ellos mismos. Todavía están preparando un presupuesto, pero se habla de que cada uno pondrá 1.000 bolívares para la obra. Ese es el remedio que han encontrado para que su elevado sea más un techo para las peculiaridades y menos uno para las distintas caras del descuido.