• Caracas (Venezuela)

Siete Días

Al instante

“No me quitaron el recuerdo de Ruiz Pineda”

Aurelena de Ferrer, viuda del dirigente político Leonardo Ruiz Pineda, revive en primera persona lo que significó el asesinato de su esposo durante la dictadura de Pérez Jiménez. Después de ser líder de la resistencia en la clandestinidad, el secretario general de Acción Democrática fue muerto de un disparo por la Seguridad Nacional un día como hoy hace 60 años. Tras eso, ella vivió la cárcel y el exilio.

  • Tweet:

  • Facebook Like:

  • Addthis Share:

Cuando mataron a mi esposo, yo estaba oyendo una novela en Radio Caracas. Eran las 8:10 pm del 21 de octubre de 1952. Ese día no supe nada. No había modo de saber nada. Me enteré al día siguiente por El Nacional. En la foto aparecía él tirado en el suelo en un charco de sangre. El periódico decía que en una calle de San Agustín del Sur había sido muerto de un disparo Leonardo Ruiz Pineda, de 36 años de edad, secretario general de Acción Democrática y líder en la clandestinidad porque el partido había sido declarado ilegal por el gobierno de Marcos Pérez Jiménez. Lo había asesinado la Seguridad Nacional. A mí nunca se me pasó por la cabeza que lo podían matar. Él, en cambio, sí lo presentía. 

Hoy se cumplen 60 años de su muerte. No me acuerdo bien de qué hice en los primeros segundos cuando me enteré. Sé que pronto cogí aliento y fui a reclamar su cadáver, porque quería velarlo en casa. Fui a hablar con el propio ministro de Relaciones Interiores, Llovera Páez, pero no me dejaron verlo. El director del despacho y el jefe de la Seguridad Nacional, Pedro Estrada, me recibieron y me dijeron que a Leonardo lo habían enterrado a las 4:00 am y que no me podían decir en qué sitio. Yo les contesté que si acaso su familia no tenía derecho a verlo. No me respondieron y di por concluida la entrevista, me volteé y ya me iba cuando Pedro Estrada dijo que estaba detenida.

En la Seguridad Nacional trataron de intimidarme, de amenazarme con torturas, pero yo fui bastante serena con ellos. Les dije que no sabía nada, que no era dirigente política ni nada y lo poco que sabía, después de lo que le pasó a mi esposo, no lo iba a decir. Les dije que estaba dispuesta a aceptar todas las torturas, pero que yo sólo era la esposa de Leonardo Ruiz Pineda. Esa entereza la aprendí de él.  

Me llevaron a la Cárcel Modelo. Fue allí cuando me enteré de lo que pasó, porque la Seguridad Nacional no me dio ninguna explicación sobre la muerte de mi esposo. Segundo Espinoza, una de las tres personas que estaba con él en el carro la noche que lo mataron y que cayó preso, me contó todo en la enfermería de la cárcel. Me dijo que dos hombres de la Seguridad Nacional en una moto estaban persiguiendo el auto en el que también estaban los dirigentes David Morales Bello y Leoncio Dorta. Los interceptaron en San Agustín. Morales Bello y Dorta lograron escapar y Espinoza se quedó luchando con uno de los hombres. Leonardo se confundió, él iba en el asiento del copiloto y trató de salir por la puerta del conductor; perdió tiempo para huir. Suela Espuma (David Colmenares) fue el policía que lo identificó, pero el que disparó en la cabeza fue Francisco Matute. Es claro que tenían orden de asesinarlo. Y ellos hicieron su trabajo.

La vida en común. Mi vida fue intensa y eso me hizo fuerte en la cárcel, siempre. Yo tenía 15 años de edad cuando conocí a Leonardo. Él tenía 26 años. Fue en mayo de 1943, yo militaba en la Asociación Juvenil de Táchira. Él era un hombre excepcional, con dulzura, serenidad y capacidad de comprensión extraordinaria, escribía poesía. Después de 2 o 3 meses nos hicimos novios. Dos años y medio después nos casamos. Era diciembre de 1945. Nuestro matrimonio constituyó un acontecimiento casi insólito en San Cristóbal. Era el primer gobernador que se casaba en ejercicio. Un año después nació nuestra hija mayor, Magda, y en septiembre de 1948 fue nombrado ministro de Comunicaciones del gobierno de Rómulo Gallegos. Cuando le dieron el golpe de Estado a Gallegos, él estaba en Miraflores y fue uno de los primeros presos.

Cuando entró a la Cárcel Modelo, yo estaba embarazada de mi segunda hija, Natasha. Estuvo preso hasta el 19 de abril de 1949. Lo dejaron libre, pero en julio de ese año lo buscaron para encarcelarlo de nuevo. No lo encontraron, pero desde ese día comenzó la clandestinidad, quizás la época más difícil nuestra. Desde la clandestinidad, él logró aglutinar a muchísimos dirigentes y también a independientes que ayudaban, pero que tenían miedo a la situación política. Pero lo peor que tiene la clandestinidad es que la familia deja de estar unida.

Mientras él estaba escondido, yo trabajaba en el Banco de Venezuela, pero con limitaciones porque siempre me seguían los de la Seguridad Nacional. Sin embargo, el 11 de octubre de 1951 me tocó pasar a la clandestinidad con mis hijas, porque como no podían atrapar a mi esposo pretendían agarrarnos a nosotras para forzarlo a entregarse. Cuando me escondí, me jugué el todo por el todo. No me arrepiento porque lo acompañé hasta el último momento.

Todos teníamos nombres falsos: Leonardo se llamaba Alfredo Natera, pero su cédula decía Alfredo Crespo; yo me llamaba Marta; mi hija Magda, Martica; y a Natasha, para no cambiarle mucho el nombre porque no entendía, le pusimos Naty. Magda tenía conciencia de que la policía nos buscaba y asumió con responsabilidad los secretos de la clandestinidad. 

Nos costaba mucho vernos, luego pudimos organizar los encuentros de una forma complicada pero segura. Varias veces le planteé la necesidad de irnos por las niñas, pero él no quería decepcionar a su gente. Nos fuimos quedando y quedando hasta que lo mataron.

Adiós con rancheras. La última vez que lo vi fue el 19 de octubre en la noche. Era domingo y, como todos los fines de semana, tratamos de pasarlo juntos. Nos reunimos con amigos de la clandestinidad, cantamos rancheras, aunque siempre con la angustia del carro que se paraba, del vecino que nos podía oír. 

¿Qué fue de mí después de su muerte? Tras unos meses en la cárcel, me expulsaron del país el 31 de enero de 1953. Puse como condición salir con mis hijas, mi suegra y mi hermano de 17 años de edad que había caído preso sólo por ser cuñado de Leonardo. El 31 de enero de 1953 salí rumbo a Madrid. Allí viví 6 o 7 meses con 300 dólares que me enviaban compañeros desde Venezuela, luego partí a Nueva York para trabajar. En un viaje a México me encontré con Alejandro Ferrer, un exilado venezolano, abogado y adeco como Leonardo, que también estaba solo. Nos enamoramos y me volví a casar en 1954. Con él tuve 2 hijos: Alejandro y Carmendelia, y crió a las niñas de Leonardo como suyas. Vivimos casi 54 años juntos, murió hace 3 años.

Los de la Seguridad Nacional me quitaron muchas cosas, documentos, fotos, poemas de Leonardo Ruiz Pineda. Algunas me las devolvieron y se las repartí a mis hijas. No me quitaron su recuerdo.