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Les presento a @mishijos

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Los padres que publican la historia de sus hijos en Internet ­desde la foto de la primera ecografía hasta el video en el que aprendieron a montar bicicleta­ están dejándoles una herencia digital que difícilmente ellos podrán borrar. Cuando comiencen a ser usuarios tendrán una reputación sobre sus hombros, sin contar con los riesgos de que sus imágenes sean usadas para el acoso. En inglés los llaman con el término oversharenting

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¿ Qué pasa si los compañeros de colegio, expertos en acoso, encuentran la foto de su hijo sin ropa que usted puso en Facebook cuando el niño tenía dos años de edad y fueron de vacaciones a la playa? ¿Qué pasa si hallan en Instagram el video que usted subió, en el que salía bailando torpemente con su hermana? Los padres heredan a sus hijos lo que quieren y lo que pueden: un apartamento, unas deudas, un manuscrito, la carga genética, una vajilla. Y los hijos deciden con qué disposición reciben esa herencia. Pero hay un legado especialmente ineludible: la reputación digital. Eso, que antes del crecimiento de las redes sociales no pasaba de ser un álbum sepultado en el clóset de la lencería, ahora es la multiplicación sin control de información que pertenecía a la intimidad del hogar.

Las actividades cotidianas de los niños son fotografiadas y grabadas por sus padres, tíos y amigos. Es lo usual, lo predecible, lo esperado. Al día siguiente ­o esa misma noche, dependiendo del nivel de ocio del fotógrafo­ las imágenes de la piñata o el bautizo estarán en Facebook, Instagram, Youtube, Pinterest o Twitter. Es la felicidad que garantizan las redes. Es lo que, en mayo de 2012, Allison Lichter comenzó a llamar oversharenting, para definir a los padres que compartían muchos ­¿demasiados?­ datos de sus niños en las redes.

Bebés 2.0. "Tengo una familia de geeks. Llevo años trabajando en el medio digital, a pesar de que tengo una carrera humanística. A mi esposo lo conocí en un chat de Yahoo y su trabajo también está relacionado con la tecnología. Mis hijos manejan el Ipad mejor que yo. Mi vida es digital y mis hijos son parte de mi vida", dice Karelia Espinoza Tartaret.

En Twitter es @Kareta y su biografía no puede ser más clara: "Mamá de @GeekllermoV y @ B4rb4r4V niños 2.0. Asesor político y de marcas, principalmente, en redes".

Espinoza explica que abrió cuentas en Twitter a sus hijos para mencionarlos ella en sus tuits y para que "hablen", por ejemplo, cuando cumplen años. Ambas están protegidas ­solo pueden seguirlas personas que ella apruebe­ y resultan, también, elocuentes en sus biografías: "@GeekllermoV: Soy un bebé 2.0 desde antes de nacer" y "@B4rb4r4V: Bebé 2.0 desde antes de nacer, mamá dirige mi cuenta hasta que yo pueda hacerlo".

Así como Espinoza, las redes están desbordadas de adultos que narran las historias de menores de edad que están bajo su responsabilidad. Blogs, secciones en páginas especializadas y perfiles en redes sociales abundan en relatos sin pudor.

La web www.stfuparentsblog.com (contracción de "shut the f...up.., parents", que en español es "cierren la p... boca, papás") recopila las expresiones que su creadora considera curiosas o excesivas, relacionadas todas con padres que revelan la intimidad de sus hijos en las redes. La página funciona como un espejo social.

"Nos hemos venido acostumbrando a esa apremiante necesidad de los padres, e incluso los niños, de compartir información con las herramientas de la red de situaciones que antes eran muy íntimas y que van generando una huella social clave que los chamos, posteriormente, no tienen control de suprimir por completo", dice Eduardo Méndez, coordinador de Manos por la Niñez y la Adolescencia. Méndez es defensor del derecho de los niños y los adolescentes a decidir: "Los padres deben entender que sus hijos tienen que ser los propios diseñadores de su huella social, de todo lo que suben a la red, del círculo de amistades que van desarrollando durante su proceso de interacción".

Méndez hace énfasis en que esa huella social también tiene que ver con el uso responsable de los perfiles y las redes. Hacerlo mal, delante de millones de internautas, tiene un costo alto.

"He pensado que expongo a mis hijos, es posible, pero uno toma medidas de seguridad en este país, dentro y fuera de las redes. No todos pueden ver mi Facebook y tengo pocas cosas públicas, en Twitter casi no los menciono porque me sigue mucha gente que no conozco, pero Instagram sí es muy familiar. He pensado ponerle candado y separar las fotos maternales de las laborales. ¿Hay que cuidarlos cuando se expongan a las redes? Claro, ellos por ahora navegan conmigo. Jamás les pondría un computador en sus cuartos. Los papás son cómodos, culpan a Internet y dicen: `yo no sé de eso’, y tampoco se ponen a aprender", señala Espinoza.

No todos los padres hacen lo que Espinoza porque no todos los padres saben que deben hacerlo ni tienen las herramientas para proteger a sus hijos. "En talleres que damos en colegios públicos hay niños con teléfonos inteligentes y están en 1º y 2º grado. Cuando les preguntabas si conocían los riesgos a los que estaban expuestos, si los papás les habían hablado, no había existido una interacción previa. El padre tiene que saber abordar la situación, explicar cuáles son las posibilidades de esa herramienta, pero también los riesgos a los que quedan ampliamente expuestos", recomienda Méndez.

¿Y dentro de unos años?. Los gemelos que "hablaban" sobre sus medias en la cocina de la casa, el bebé conmovido con el canto de su madre que hacía llorar a quien lo viera. Miles de videos en Youtube están relacionados con niños. Se vuelven virales, son emocionantes, pero los protagonistas no consintieron estar ahí, ni hacerse planetariamente famosos. "Todos tenemos derecho a que no se rían de nosotros y eso, a veces en el caso de los niños, no está asegurado. Los padres deben tener en cuenta que sus hijos tendrán que lidiar con las consecuencias de sus actos de un modo muy personal en el futuro. El derecho a la imagen es de sus hijos, no suyo", declaró a finales del año pasado en el diario ABC de España la profesora de la Universidad de Navarra y experta en nuevas tecnologías.

Charo Sádaba.

El ecosonograma suele ser el comienzo de la exposición: mientras más extensa es la reputación digital, más material hay en el ciberespacio susceptible para el uso de quien quiera. "Nuestros hijos no son tan grandes para saber cómo valorarán esto a futuro, pero pensamos que para las generaciones que vienen puede ser un choque, pero para ellos es normal estar en el mundo digital, para ellos es un solo mundo. A mi hijo el Niño Jesús le trajo los implementos de bucear y me dijo: `mama, ¿y mi foto?’. Él no sabe que soy yo quien las subo a las redes, pero sí sabe que están ahí, me pide verlas y que las vea su abuela, que vive lejos de nosotros", expresa Espinoza.

Méndez intenta ir al núcleo de los derechos de los niños: "Estamos reforzando la pérdida entre lo público y lo privado. El padre no está evaluando, porque sus hijos están pequeños, el peso de lo que hacen, de lo que mañana puede ser material para un ciberacoso. Es común escuchar la premisa de que los padres están muy digitalizados, pero la verdad es que son muy pocos en Venezuela los que están educados sobre esto. Nosotros insistimos mucho en que las empresas fabricantes o vendedoras de tecnología deben asesorar al momento de la compra sobre todos los riesgos". Y una reputación heredada es uno de los que puede marcar la vida.