• Caracas (Venezuela)

Siete Días

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Se parece igualito

Más allá leo cómo unos ladrones de poca monta matan a una septuagenaria para robarle sus dientes de oro. Cuando en un país hay crisis, todo es un botín. Somos una patria que prohíbe los dólares, la verdad, los teteros y el cabello largo. Somos un cadáver exquisito

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“En este libro hay una culebra”, dijo el cliente, sin mayor énfasis, mientras lo colocaba en el mostrador y se iba. Un silencio rígido se forjó entre el vendedor y otro cliente que olisqueaba novedades. Ambos depositaron una mirada oblicua sobre el libro. Era un ejemplar usado, añoso, de Edoardo Crema. El librero lo abrió y encontró, efectivamente, los restos petrificados pero nítidos de una culebra, enroscada en su muerte. La verdad sea dicha, hasta ahora la historia de la literatura no ha reportado un gusto especial de los reptiles por la poesía. Falta saber cómo llegó hasta ahí. Pero así pasa con los libros viejos. Son un sumidero de sorpresas. Todo aquel que compra un libro usado en las librerías del ramo sabe que puede conseguir entre sus páginas alguna carta extraviada, estampillas remotas, rosarios agazapados, billetes descontinuados, tickets del Metro, postales de un amor umbrío, facturas de tintorería, y los pétalos que dicta el cursi corazón.

Así pasa cuando hojeas un país usado, te consigues desechos de ideas fracasadas, toneladas de retórica y entusiasmos disueltos entre sus páginas. Se parece igualito. 

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Poseo cierta fascinación por los libros usados. Me gusta detenerme en el moho de sus páginas, tantear hallazgos, buscar algún fragmento subrayado, especular la historia de sus dueños. En la librería El Buscón, donde ocurrió la historia de la culebra, consigo un ejemplar de Buena suerte viviendo del poeta Roberto Fernández Retamar. Es una edición roída que posee una dedicatoria: “Para Isaac, ya que en el río de mis azares, y en el de muchos como yo, hay uno que fue usted, y esa es la única inmortalidad posible”. La firma es indescifrable. La última línea garantiza que fue dedicado en Caracas, 1968. El librero y yo discurrimos sobre quién será el dueño del autógrafo. Ya en casa, con calma, descubro que en una próxima página, están anotados los datos que hacen del ejemplar un tesoro magnífico: “Dedicado por Fernández Retamar a Isaac Chocrón. Primera edición”. A veces me cae muy bien el azar.                                                      

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En la prensa la noticia está allí como una prenda exótica: el abogado Juan Garantón propone que se prohíban las extensiones naturales de cabello para las mujeres. Para eso, interpone un recurso de amparo en un tribunal. Es una propuesta desesperada para contrarrestar otro absurdo: el robo de cabello a mujeres en las calles de Zulia. Días después, una criminóloga apunta que como el material anatómico es una “prolongación cutánea de la piel, que es el órgano más extenso del cuerpo” el crimen puede ser penalizado como tráfico de órganos y adjudicarle 30 años de cárcel al verdugo de cabelleras. Un marabino estilista asegura que si el cabello es virgen, si no posee trazo de algún tinte, podrá ser vendido en Colombia por un monto que va de 5.000 a 8.000 bolívares. “Las pirañas bachaquean el pelo de las mujeres”. Así dice la nota. Así ondula el idioma.

Imagino la escena: en un hotel de Paraguachón un hombre acaricia el cabello de una mujer que realmente no es suyo. Cree que arrulla los mechones sin horquetillas de Gladis, pero realmente se trata de la ex cabellera de Yesenia. Despliega sinuosamente sus dedos por la pulcra lisura del pelo que durante años Yesenia cultivó con un enjuague importado que contenía aceite de aguacate, proteína de leche y vitaminas A y E. Del otro lado de la frontera, en una estrecha habitación de Cabimas, un escalofrío sexual recorre a Yesenia sin motivo aparente. No se imagina ser parte de un ménage a trois en este momento. El hombre hunde su rostro en la madeja oscura y elogia el color, el brillo sedoso, de un objeto robado. Meses después, Yesenia y Gladys se tropiezan en las calles terrosas de Maicao. Yesenia la ve de espaldas y piensa: “Se parece igualito a mi pelo”, mientras el hombre que acompaña a Gladys le hace un gesto ladino. Le gusta su cabello. Le recuerda a la mujer que tiene al lado. Solo imagino. La vida puede ser así de rara. 

Más allá leo cómo unos ladrones de poca monta matan a una septuagenaria para robarle sus dientes de oro. Cuando en un país hay crisis, todo es un botín. 

Somos una patria que prohíbe los dólares, la verdad, los teteros y el cabello largo. Somos un cadáver exquisito. 

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La calle tiene su propia sintaxis. Allí el castellano burla los atascos y reglas que impone la academia. Estoy en una boda. La señora que limpia los baños ve a alguien famoso y dice “se parece igualito”. Pienso en aquella anécdota que una vez me refirió Frank Quintero a propósito de los relojes que usa la fama. Frank perteneció a la ingente camada de cantantes venezolanos que en los años 80 lideraba la cartelera de éxitos. Un día de este siglo XXI, se detuvo a echar gasolina y el bombero al verlo le pregunta: “¿Y tú no eras Frank Quintero?”. Hay poco que agregar. Hace un domingo exacto, un joven me pide tomarse una foto conmigo. Ya en pose, me pregunta: “¿Cómo es que se llama tu nombre?”.      

Veo a Nicolás Maduro intentando un chiste en cadena nacional, diciendo que también juega beisbol, extendiéndose por horas interminables, agrediendo al idioma, ofuscado, transpirando odio mientras habla de amor. Obviamente busca que la gente diga “se parece igualito”. Pero todos saben que no es Chávez. Quizás solo logrará, cuando pase en la carroza de la próxima campaña electoral, que muchos le digan: “¿Cómo es que se llama tu nombre?”.   

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Cada territorio tiene sus truhanes. En las librerías hay un profuso anecdotario de robos. Las víctimas predilectas suelen ser los best-sellers: Coelho, Dan Brown, J.J. Benítez. Se habla, incluso, de mafias organizadas que luego revenden esos libros. Son hombres solitarios que merodean durante horas en los estantes y aprovechan algún descuido del vendedor. Algunos, incluso, se toman la molestia de forrar sus sacos por dentro en aluminio para evitar que la banda magnética adosada al libro sea detectada por el sensor respectivo. Suelen hacerse amigos de los libreros, sacarles conversación, endulzarles la tarde. En Caracas me hablan del caso de un hombre que se robó 25 libros de Isabel Allende. O el del cuarentón aquel que invariablemente ofrecía un caramelito a la vendedora, compraba siempre el mismo libro de Rómulo Gallegos, en edición de muy bajo costo, mientras se robaba ejemplares de Paul Auster y Fabio Morábito. En la Librería Alejandría, una mañana, un hombre entró para devolver un paquete de libros robados en sucesivas jornadas. Quizás fue un genuino acto de contrición.

Sin duda, es muy distinto el ladrón de libros que lo hace por negocio y el que lo hace por pulsión literaria. Algunos estudiantes de letras, febriles lectores sin dinero, suelen buscar en los estantes a Baudelaire, Rimbaud, Bolaños. El propio Bolaños confesó en más de una ocasión su temprana adicción al robo de libros. Neruda también lo hacía. Y Roberto Arlt. Pero uno de los más entusiastas es Rodrigo Fresán quien, en un texto titulado Apuntes para las memorias de un ladrón de libros, apunta: “Hubo un tiempo en que no pasaba día en que yo no robara un libro”. Fresán relata, orgulloso, cómo se fue robando progresivamente los siete tomos de En busca del tiempo perdido de Marcel Proust. El descaro se hace risueño cuando describe sus varias metodologías: “La que mejor resultado me dio era la de escoger el libro a robar, irme a un rincón poco frecuentado de la librería, dedicármelo a mí mismo y luego acercarme a cualquiera de los empleados, mostrarle el libro que alguien me había ‘regalado’, preguntarles si tenían otro ejemplar, averiguar el precio, suspirar un ‘Es muy caro, mejor le presto el mío’ y salir de allí con mi copia de las Collected Stories de Scott Fitzgerald”. Quizás el vendedor dijo: “ese libro se parece igualito al mío”.

Los libreros del patio hablan de ciertos intelectuales que estilan robar uno que otro ejemplar, amparados por su reputación. Las presentaciones de libros son circunstancias ideales. Ni se hable de las ferias. Hay mucha gente, mucha palabrería en curso, una confusión perfecta para birlar el último libro de Philip Roth o algún costoso ejemplar de Anagrama. Hay quien comenta que robar libros no es pecado, sino un acto romántico en tiempos de inflación salvaje. Libreros y editores no opinan lo mismo. Dicen que la piratería de los libros ha disminuido el robo en las librerías. Eso insiste en decirlo el hombre aquel, de saco gris, que va con las medias llenas de libros de poesía.

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“Nos están robando el país”, dice el librero mientras coloca en el estante de libros viejos Memorias de un venezolano en la decadencia de José Rafael Pocaterra. Robar. Un verbo que nunca pasa de moda. Un término que se dimensiona cuando la impunidad es la reina. Una palabra que no combina con ninguna revolución.

Hay corruptos que “se parecen igualito” a los de la cuarta República. No, disculpen, el hombre nuevo siempre es superior. Incluso a la hora de robar.