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Del padre Jorge al papa Francisco

El papa Francisco ofrece su primera misa en la Capilla Sixtina / EFE

El papa Francisco ofrece su primera misa en la Capilla Sixtina / EFE

En Roma y Buenos Aires, se trasladaba a pie y en Metro; no le entusiasmaba mucho viajar al Vaticano y, estando allá, prefería cubrir el llamativo atuendo de los purpurados. Tras una operación perdió parte del pulmón; tiene 76 años de edad y a los 33 fue ordenado sacerdote. Es fanático del club de fútbol San Lorenzo de Almagro y todos lo tutean

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Llegó a la silla de San Pedro un buen hombre. El Papa del fin del mundo, como él mismo se llamó, se fue de Buenos Aires convencido de que volvería como cardenal de Buenos Aires. “No tengo ninguna posibilidad de ser Papa. La edad me juega en contra esta vez”, me dijo, cuando nos despedimos pocos días antes de que viajara a Roma. No escondía otra información. No es su estilo.

Aunque siempre fue extremadamente prudente en sus referencias a los problemas de la Iglesia, sabía que la renuncia de Benedicto XVI había sacado a la luz varios conflictos irresueltos en el Vaticano. Los cardenales elegirían, dedujo, a un Papa más joven que él, a pesar de que fue el segundo cardenal más votado en la elección de Benedicto.

El papa Francisco es una mezcla equilibrada de pastor y de político. Sus primeras decisiones y palabras lo pintan de cuerpo entero. Eligió llamarse Francisco en homenaje a Francisco de Asís, el santo que pidió por una Iglesia más interesada por los pobres y que practicó la pobreza. En su primer mensaje a la ciudad y al mundo le rindió un cálido homenaje al papa Benedicto. Si hay algo que no ignora este jesuita con una cabeza intelectualmente bien formada son las razones profundas de la renuncia del anterior papa. ¿Cómo podía desconocer él que “Dios parecía dormir”, según la definición de Benedicto, en los últimos años?

Seguramente Francisco I no necesita leer el voluminoso informe, 300 páginas, que tres cardenales octogenarios le elevaron a Benedicto sobre las peores prácticas que ocurren en la curia vaticana. Las conoce. Ese informe habría inducido al Papa alemán a la renuncia. Viejo y, sobre todo, enfermo, Benedicto concluyó que no contaba con las fuerzas necesarias para hacer lo que debía hacer.

Es decir, cambiar todo. Dejó esa obra necesaria y perentoria en manos de su sucesor. El papa Bergoglio tiene 76 años de edad, pero parece más joven. Tiene una inmensa vocación del deber y una envidiable capacidad de trabajo. Nunca lo desalentó ningún desafío y está dispuesto a devolverle a la Iglesia la normalidad, a sacarla de los rumores palaciegos y a colocarla de nuevo en el corazón de su pueblo. Viajó con esas ideas, que ahora podrá poner en práctica.

Ya el entonces cardenal Bergoglio coincidía con el papa Ratzinger en que la corrupción debía ser desterrada de los palacios vaticanos. Y suscribía la política de que el IOR, el Banco Vaticano, debía ser sometido a una intensa y rápida operación de transparencia. Ese banco no es un problema sólo de los cardenales italianos, como estos han tratado de imponer siempre ante el papado. “Es el banco de la Iglesia y debe actuar como tal”, deslizó alguna vez el nuevo Papa.

Bergoglio siempre supo, aunque nunca lo dijo, quiénes eran los cardenales de la curia romana más vinculados con las sospechas de prácticas inmorales. El reinado de Francisco I estará marcado por las noticias de cambios, por las decisiones inesperadas en una corte que se había anquilosado y por el compromiso irrenunciable del Papa con los seres más desposeídos del mundo. Incitó a sus curas en Buenos Aires a meterse en las villas miserias, a trabajar con los pobres por un destino mejor y a alejarlos del riesgo de las drogas. Francisco I conoce la virtud de la caridad, pero detesta que los pobres terminen en el mercado del clientelismo político. “Esa es la práctica política más inhumana que conozco, porque condena a los pobres a la dependencia, a pedir siempre sin esperanzas”, me resumió.

También coincidió con su antecesor en que la pederastia no tiene perdón. “Tolerancia cero”, me contestó una vez que le pregunté sobre ese conflicto. Entre Ratzinger y Bergoglio había una vieja correspondencia en ese tema. Ambos habían estado en desacuerdo cuando los colaboradores de Juan Pablo II protegieron al fundador de los Legionarios de Cristo, el mexicano Marcial Maciel, acusado de innumerables abusos sexuales. Puede predecirse, por lo tanto, que el decano de los cardenales, Angelo Sodano, ex secretario de Estado de Juan Pablo II, tropezará a los 85 años de edad con la definitiva jubilación. Lleva tres décadas de inmenso poder en el Vaticano.
Nunca se llevó bien con el kirchnerismo. Bergoglio cree en los beneficios del diálogo y en la búsqueda del consenso.

¿Hay algo más distinto a las prácticas políticas que gobiernan su país? También dio el ejemplo en esa prédica. Fue el cardenal argentino más cercano al pueblo judío y también entabló una buena relación con los referentes locales de la religión musulmana. La comunidad judía siente por él aprecio y admiración. “Siempre respetaré y protegeré al pueblo de mi Dios”, me contestó, cuando le pregunté por su relación tan estrecha con la comunidad judía.

Cristina Kirchner se resistió siempre a asistir a las misas del entonces cardenal, ni siquiera a los solemnes Te Deum de las fechas patrias. Temía, en el fondo, sus homilías cargadas de mensajes sobre las prácticas políticas y sociales de la dirigencia argentina, llena de referencias a una realidad que el poder no quiere ver. Esa es otra faceta del papa Bergoglio: nunca calla ante lo que considera una injusticia, nunca teme decir su verdad ante claros errores morales o políticos. Sufrió más de lo que se sabe cuando lo vincularon con hechos que nunca había cometido y que él atribuyó a una campaña de desprestigio del oficialismo local. Luego la olvidó y la perdonó.

La distancia entre ellos era casi palpable, como eran evidentes las maniobras de la Presidente para esquivar y ningunear al cardenal de Buenos Aires. En diciembre pasado, Cristina Kirchner recibió al otro cardenal argentino, Leandro Sandri, un viejo exponente de la curia vaticana. Sandri llegó a Buenos Aires con una réplica del pesebre de San Pedro, que ese cardenal pretendió acompañarla con un destacamento de la Guardia Suiza, el ejército que protege al Papa. Bergoglio vetó esa iniciativa: “El pesebre no tiene nada que ver con la Guardia Suiza”, dicen que expuso ante el Vaticano. Le dieron la razón. La Guardia Suiza no viajó a Buenos Aires. Bergoglio nunca supo por qué Sandri se esforzó en ver a la Presidente rodeado de tanto boato, pero no le gustó que el pesebre no se haya expuesto en lugares de fácil acceso para todos los argentinos.

El tiempo del vasto poder de Sandri también se agota en el Vaticano. Nunca se llevó bien con Bergoglio. Sandri es un hombre de gustos refinados y caros, una expresión cabal de los cortesanos vaticanos. Bergoglio es austero hasta el extremo. Sólo por obligaciones protocolares en el Vaticano vestía las vistosas ropas de los cardenales. En Buenos Aires, se movía, a veces, en el subterráneo o en el colectivo ataviado con un traje oscuro y el cuello con la tira blanca de simple cura. Come frugalmente, nunca frecuenta los restaurantes caros. Él mismo se hacía sus llamados telefónicos.

“Soy Bergoglio”, solía sorprender a los destinatarios de sus llamados. Visitaba las parroquias de su diócesis sin avisar. Llegaba solo, sin asesores ni secretarios.

El papa Francisco prefiere, eso sí, que los problemas de la sociedad sean resueltos por el gobierno de la sociedad. La Iglesia sólo debe aportar su punto de vista cuando la doctrina, a la que él es muy fiel, resulta agredida.

No estuvo de acuerdo con la palabra “matrimonio” para las parejas homosexuales, pero no hubiera objetado el nombre de “unión civil”. De hecho, no promovió ninguna reacción pública de la Iglesia cuando Mauricio Macri autorizó en la capital la primera unión civil de personas del mismo sexo. Eso le valió una muy fuerte crítica de los sectores más conservadores de la Iglesia. Tiene una actitud de comprensión también para los divorciados, excluidos ahora de la comunión. “La Iglesia no debe rechazar a nadie; su misión es la de ayudar comprendiendo al hombre y sus problemas”, ha dicho.

El papa Bergoglio ha marcado ayer varias metas: es el primer papa argentino, el primer latinoamericano y el primer jesuita. En la Compañía de Jesús aprendió una lección que lo marcó a fuego: la misión de los sacerdotes es la evangelización. Nunca se olvidó de que siendo cura, obispo o cardenal ésa es su primera responsabilidad. Debía cumplirla aún en los lugares y en las condiciones más desagradables e inhóspitas. “Hay que acercar a Dios al hombre, pero, sobre todo, acercar al hombre a Dios”, me dijo en nuestra última conversación. Esa será también una prioridad del papa Bergoglio en Roma.

“Ruegue por mí”, me dijo, cuando nos despedimos en la puerta del ascensor, poco antes de que se fuera a Roma. Es su forma habitual de despedirse de las personas. Pero esa vez lo dijo con un énfasis distinto. Tuve la inspiración fugaz de que ese hombre sabía que no volvería a su país como un simple sacerdote o de que lo aguardaban los días más difíciles de su vida.

Monseñor va a la farmacia

El diario La Nación de Argentina pidió, a través de su perfil de Facebook, que los usuarios contaran sus anécdotas con el nuevo Papa. Acá algunas de ellas

Marcela Répide. “Hace dos años con mi marido salíamos a Río de Janeiro en el mes de mayo, cumpliendo un aniversario más. En Ezeiza lo ví pasar, y corrí para saludar al cardenal Bergoglio. En ese momento le dije: ´Padre, quiero decirle que sus homilías me pegan hondo. Son tan profundas, lo veo como un hombre de Dios´. Y el me dijo: ´Te pido un favor, recen por mí, pidan a Dios por mí´. Yo, con lágrimas en los ojos, le agradecí una vez más su espíritu conciliador, y fui a comentar a mi marido la conversación....Ese fue mi encuentro con él...tan simple, austero, sabio”.

Imelda Grennon. “Estaba esperando que se ponga el semáforo en verde para cruzar la calle y me doy cuenta de que el cardenal Bergoglio estaba al lado mío. Lo primero que se me ocurrió es decirle: ‘¿Monseñor, usted aquí?’ ‘Y sí, voy a la farmacia de enfrente a comprar un remedio para uno de mis curitas que está enfermo’. Eso es humildad”.

Liliana Bussi. “Tuve el honor de conocerlo. En el año 96 le dio la primera comunión a mi hijo menor. Su voz suave y su humildad nos quedó grabada en el recuerdo. Lo que me duele es que este pueblo argentino no sepa disfrutar de la simpleza de que el Papa sea argentino, y que saquen tanto odio”.
 
Johanna Medina Rojas. “Con apenas 13 años de edad, en 2001, le escribí una carta, que le entregué en su mano al terminar de presidir una misa en la parroquia Nuestra Señora de Czestochowa, y tuvo la gentileza de contestármela a los pocos días. Siempre haciendo hincapié en que recemos por él. Obviamente aún las conservo”.

Juan José Esteves. “Fui al Colegio Salvador, en Capital Federal, y ahí lo conocí. Jugué al fútbol con él en el patio, en el inicio de la copa San Ignacio. Hizo dos o tres pases, y luego empezó el campeonato en serio. Un maestro humilde y muy entrador, muy simpático”.

Flavia Castro. “Vino a Lomas en tren cuando era arzobispo para la confirmación de mi sobrino en 1987. Mi hijo y todos sus compañeros de grado tomaron la comunión en la capilla Santa Ana de Glew con él y se quedó a sacarse fotos con las familias. Un cura muy macanudo. Dios ilumine sus pasos”.


La juventud entre parroquias, amigos y baile

Alba, amiga de la adolescencia del nuevo Papa, recuerda el día en que Jorge le comunicó a sus amigos que se haría sacerdote; anécdotas de un joven simple y sensible

POR TOMÁS RIVAS
LA NACION
 
Aquella tarde de 1957 la vida de Jorge Bergoglio cambiaría para siempre. Había decidido hacerse sacerdote y se lo comunicó a sus amigos en una vieja casona de Carabobo y Alberdi. Allí, en pleno barrio de Flores, su “barra” recibió la noticia entre alegría y algo de nostalgia por la pérdida del trato cotidiano. Un par chicas, incluso, lloraron su decisión. Era el primer paso en su larga caminata hasta la Santa Sede.

Alba Colonna recuerda bien aquella tarde. “Era un chico muy sociable. No era un súper intelectual ni alguien místico. Solamente le interesaban las cuestiones sociales y por eso recorría los barrios con necesidades”, rememora la mujer, y hace un paralelismo con su primer discurso como pontífice. “Me llamó mucho la atención su primera aparición en público. Sus palabras no eran las de un Papa. Eran las de un amigo. Y así era él”, dice, mezcla de asombro y profundo orgullo.

No llamaba la atención. No era el clásico líder carismático; todo lo contrario. El hoy Papa se acercaba vestido de traje a sus amigas, extendía su mano y las invitaba a bailar clásicos de David Carroll como “Tirando manteca el techo” o “La mecedora del abuelo”. Sin embargo -recuerda Alba-, “Jorge era un gran bailarín de tangos. Le gustaban mucho”.

Las de Bergoglio con sus amigos de la adolescencia eran fiestas divertidas y largas. El sábado por la noche ellas llegaban con comida y ellos con bebida. El baile se extendía hasta las cinco de la mañana, cuando los muchachos acompañaban a las damas hasta sus casas. “Eso sí, a las ocho ya estábamos todos en misa”, cuenta Alba.
“Después de aquella reunión en la que nos comunicó su decisión, sólo volví a verlo en actos religiosos, casi todos multitudinarios. Se convirtió en alguien muy importante y siempre me dio vergüenza acercarme”, confiesa Colonna.

Ayer a la tarde, Alba terminaba una corta visita a El Calafate. Subió al micro que la llevaba al aeropuerto y por la radio escuchó que el nuevo Para no sólo era argentino; también era aquel muchacho castaño, alto y buen mozo, con el que tantas experiencias compartió en su adolescencia.