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La mujer que fascinó a los británicos

Margaret Thatcher / AFP

Margaret Thatcher / AFP

Margaret Thatcher fue la primera mujer que alcanzó un puesto de conducción de un gobierno en Europa Occidental. Conservadora e inflexible en sus posiciones, salvó su popularidad con la guerra de las Malvinas. Murió esta semana a los 87 años de edad

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Cuando Margaret Thatcher entraba en la Cámara de los Comunes, un día a la semana, para responder a las preguntas de la oposición, los diputados de su partido se removían en sus duros asientos (los escaños de Westminster deben de ser los más incómodos del mundo), recomponían la figura, se abrochaban el primer botón de la camisa y se enderezaban la corbata, como estudiantes desaplicados a la vista de la directora del colegio.

La mayoría de ellos sabía que si conservaba su escaño era, más que por méritos propios, por la increíble atracción que sentían los británicos hacia aquella mujer alta, rubia y delgada, que era capaz de pedirles confianza pese a que durante los cuatro primeros años de su mandato todas las promesas de ley y orden se habían desvanecido y el desempleo se había multiplicado por tres.

Pero ocurrió que la dictadura militar argentina tuvo la sangrienta ocurrencia de invadir las islas Malvinas y el país entero entró, más bien encantado, en una guerra en el Atlántico sur. Una guerra victoriosa, pero guerra al fin y al cabo, que consagró a Margaret Thatcher como la Dama de Hierro. Claro que al principio de su carrera no la llamaban así, sino doncella de hierro, apodo que inventó el Daily Mirror y que se hizo más digno (Iron Lady) cuando pasó a ser primera ministra.

Se decía que ella se sentía muy satisfecha de esta imagen y que rió con ganas cuando el presidente de Estados Unidos, Ronald Reagan, dijo públicamente que “Maggie era el mejor hombre de Europa”. Claro que Valéry Giscard d’Estaing, cuya única compensación por haber perdido la Presidencia de Francia fue no tener que discutir con ella cuatro veces al año, expresó también un día: “Margaret Thatcher no me gusta ni como hombre ni como mujer”.

Las anécdotas reflejaban una realidad. La primera mujer que alcanzó la Presidencia del Gobierno en un país de Europa occidental no fue, en absoluto, una militante feminista. “¿Qué han hecho los movimientos de liberación de la mujer por mí?”, afirmó en una entrevista con una revista estadounidense. “Algunas mujeres nos habíamos liberado antes de que a ellas se les hubiera ocurrido pensar en ello”.

Margaret Thatcher se liberó, dicen las malas lenguas, gracias a un marido rico. A ella le gustaba decir que era hija “de un tendero”, pero lo cierto es que su padre, Alfred Roberts, no era únicamente el propietario de una tienda de comestibles, sino también un político local con suficiente dinero como para pagarle un colegio privado, aunque no para sufragar sus ambiciones políticas.

Venganza fría

Thatcher –que hacía pocas alusiones a su madre, Beatrice, o a su hermana mayor, Muriel– solía mencionar con cariño a su padre. Recordaba que él le pagó unas clases particulares de latín cuando decidió solicitar una beca para Oxford. Su profesora se negó a respaldarla, por considerar que era imposible que una joven dedicada a las ciencias aprendiera suficiente latín en tan poco tiempo como para ser admitida en la superclasista universidad. Cuando muchos años después volvió a su colegio para participar en el homenaje que le ofrecían sus antiguos compañeros, la primera ministra aprovechó para tomar una pequeña revancha: corrigió públicamente a su antigua profesora una cita equivocada en latín.

En Oxford, la joven Roberts estudió Química y se sacudió un poco “el pelo de la dehesa”. Hasta entonces, la estricta formación metodista de sus padres le había impedido ir a bailar los domingos (de pequeña, ella y su hermana no podían ni jugar en el día del Señor) y frecuentar a jóvenes del sexo opuesto. La universidad le permitió perder el aire de jovencita de provincia algo anticuada y, más aún, encarriló su vida futura.

La moral

Ingresó en la Asociación Conservadora de Oxford y conoció a quien sería su mentor político, Keith Joseph, un tory que confió siempre en ella. Algo debía tener la estudiante de Química, porque sus compañeros recordaban que un profesor dijo: “No sé adónde va esta jovencita, pero sin duda llegará”.

A los 23 años de edad se presentó como candidata a un escaño conservador. No fue elegida, pero había batido una marca: era la candidata más joven de los tories. Compaginar política, trabajo y estudiar leyes al mismo tiempo, como le sugirió Joseph, era algo complicado para una mujer joven sin recursos económicos holgados. Afortunadamente conoció a un hombre 11 años mayor que ella, Denis Thatcher, rico industrial, con el que se casó y que puso a su disposición dinero suficiente como para pagar secretaria y criadas que atendieran a los gemelos y para sufragar su carrera política.

La luna de miel (París, Portugal y Madeira) fue el primer viaje al extranjero de la futura primera ministra. El dato fue en su momento poco conocido, pero Denis Thatcher había estado ya casado con anterioridad. Se dice que los hijos de Margaret Thatcher no supieron que su padre estaba divorciado hasta bien mayores, porque su madre se lo ocultó.

Antiguos miembros de su Gabinete contaban que era difícil romper su aislamiento y que resultaba peligroso llevarle la contraria en los consejos de ministros, pues ella siempre se las arreglaba para presentar sus propias propuestas como las únicas morales, de forma que las de su contrario, por oposición, quedan relegadas a la categoría de inmorales.

“Y me gusta”

Margaret Thatcher tenía una voz preciosa, cálida, fuerte, capaz de dominar sin estridencias cualquier tumulto o griterío. Era un arma importante, porque en el Parlamento británico no se autorizaba entonces la entrada de cámaras de televisión, de forma que los ciudadanos tenían que seguir los debates por la radio. “Cuando acudo a la Cámara de los Comunes y oigo la primera pregunta, me digo: Maggie, ahí vienen. Nadie puede ayudarte. Estás sola. Y me gusta”, le contó a un comentarista político.

Algunos de sus enemigos, que eran muchos, incluso dentro de su propio partido, decían que se veía a sí misma como una heroína con una misión que cumplir: luchar contra la intervención del Estado, devolver la brillantez a la iniciativa privada, garantizar la defensa de Occidente y, sobre todo, devolver la confianza a sus compatriotas.

Cuando los argentinos tuvieron la desgraciada idea de invadir las islas, el diputado ultraderechista Enoch Powell dijo en la Cámara de los Comunes: “Ahora vamos a comprobar de verdad de qué metal está hecha”. Thatcher no dejó lugar a dudas: se comportó como si estuviera hecha de acero, decidiendo personalmente qué hacer y cuándo hacerlo, y celebrando reuniones de guerra con generales y almirantes.

Las encuestas señalaban que los británicos estaban fascinados por su imagen de mujer fuerte de la Biblia. “Cuando quieras que alguien diga algo, pídeselo a un hombre. Pero si quieres que alguien haga algo, pídeselo a una mujer”. La frase era de la Thatcher.