• Caracas (Venezuela)

Siete Días

Al instante

  • Tweet:

  • Facebook Like:

  • Addthis Share:

En décadas recientes los países de América Latina han realizado esfuerzos significativos en el fortalecimiento del Estado y la consolidación de la democracia en la región. Al mismo tiempo las redes criminales se han fortalecido. Ahora tienen un papel importante en las economías formales e informales y en las instituciones políticas, erosionan el tejido social y amenazan los avances conseguidos.

Las redes criminales distorsionan las más importantes fuerzas de cambio en América Latina: la globalización, la tecnología, la apertura de nuevos mercados, la cooperación regional y la democracia. En contextos de debilidad institucional, de desigualdades persistentes y de altos niveles de marginalidad y exclusión, estas fuerzas han abierto nuevas oportunidades para la difusión de la estructuras criminales. Hoy Latinoamérica tiene más democracia (formal), un mayor flujo de inversión y comercio exterior, una clase media en crecimiento y mayor desarrollo tecnológico que 20 años atrás. Y también más crimen organizado.

Las redes criminales han pasado por encima las instituciones legales y han tomado ventaja de los cambios en las décadas recientes, al aprovechar las lagunas del sistema internacional y las vulnerabilidades de las democracias latinoamericanas. El resultado ha sido su expansión en los mercados internacionales, a través de un sistemas que se encuentra por fuera de la legalidad, basado en relaciones de clientelismo y corrupción. Las redes delictivas han adaptado las fuerzas de la modernización en su propio beneficio.

Las facciones criminales son sólo la parte más visible de estas redes. El crimen organizado es más que esto: un sistema basado en una serie de relaciones complejas que conectan el mundo legal con el ilegal, del cual hacen parte políticos, jueces y fiscales dispuestos a modificar decisiones y sentencias por dinero; policías y personal militar implicados en actividades ilegales y empresarios involucrados en el lavado de dinero.

La fuerza de estas redes criminales radica en personas y organizaciones que se relacionan con el mundo ilegal según su conveniencia. Este sistema se expande global y localmente para satisfacer las exigencias del mercado, y proporciona los bienes y servicios que las sociedades demandan.
Los ingresos obtenidos por dichos mercados ilegales son enormes y compiten en tamaño con los mercados de commodities más relevantes de América Latina. La inmensa mayoría de estos recursos se quedan en poder de las organizaciones delictivas de los países desarrollados y se lavan en los centros financieros mundiales, mientras que sólo una pequeña cantidad regresa a Latinoamérica.

La expansión de las redes criminales no sólo ocurre a través de las fronteras; los mercados ilegales han aumentado también dentro de los países.

La violencia es la otra moneda de cambio en América Latina. Con la excepción de unos pocos grupos guerrilleros, el crimen organizado es el único actor estratégico en la región que tiene la capacidad de disputar al Estado el monopolio del uso legítimo de la fuerza. Cuando la corrupción y las alianzas con los funcionarios públicos no funcionan, las redes criminales enfrentan a las instituciones estatales directamente.

Para quebrar el poder distorsionador de las redes criminales es necesario confrontar las distorsiones que las perpetúan: la fracasada guerra contra las drogas y la penalización de los consumidores; la creciente privatización de la seguridad, sistemas carcelarios que incrementan las capacidades de los delincuentes y sistemas judiciales que revictimizan a los ciudadanos afectados por los delitos.

La clave está en construir instituciones democráticas lo suficientemente fuertes como para contener la violencia y proteger a los ciudadanos, lo que a su vez requiere de líderes políticos que propongan nuevas opciones, y sociedades que asuman más responsabilidad acerca de su destino. Estos debates están en curso en América Latina y han llegado a un punto crucial: los gobiernos y ciudadanos pueden reconocer y abordar las distorsiones de sus propias concepciones o pueden seguir por una senda de corrupción y violencia que erosiona tanto los Estados como la misma idea de la ciudadanía.

*Autor de Mafia y Cía. Las redes de delincuentes en el Brasil, México y Colombia

Copyright: Project Syndicate, 2012