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La invención de Camelot

John F. Kennedy Jr, de 3 años, saluda el ataúd de su padre, tres días después del magnicidio | Foto: AP

John F. Kennedy Jr, de 3 años, saluda el ataúd de su padre, tres días después del magnicidio | Foto: AP

La viuda de John Kennedy, Jackie, alentó la creación del mito sobre la presidencia de su marido en una entrevista en la revista Life. El viernes se cumplieron 50 años del asesinato del ex Presidente

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Life no publicó nada que pudiera herir la sensibilidad del lector o hacerle sentir incómodo (así han cambiado los tiempos) de la entrevista que Teddy White le hizo a la viuda de Kennedy días después del magnicidio. Por aquella época, la revista tenía una circulación semanal de 7 millones y la leían más de 30. Lo que escupió la imprenta, tras horas de esperar a que White concluyera su historia -cerca de las dos de la madrugada en la casa de los Kennedy en Hyannis Port (Massachusetts)- fue el nacimiento de Camelot tras la muerte de su rey.

"Oí esas pequeñas detonaciones. Vi cómo Connally (Gobernador de Texas) se agarraba los brazos... Jack se volteó y yo me volteé... Todo lo que recuerdo es un edifi cio grisáceo enfrente.

Entonces Jack se volteó ... Parecía desconcertado... Entonces se desplomó hacia atrás... Pude ver cómo se le caía un pedazo de cráneo", explicó a White con gran compostura la viuda del 35º presidente de la nación, aunque nunca se publicó. Los lectores sí supieron, en cambio, que ella se despidió de él con un beso y colocándole su alianza de casada en el dedo meñique.

El coraje, la entereza y la dignidad que aquella mujer de 34 años de edad mostró en los momentos posteriores al asesinato de su esposo y los días venideros impresionaron al mundo.

Jacqueline Kennedy se negó a abandonar la sala del hospital Parkland donde médicos residentes se dejaron el aliento en intentar reavivar a un hombre que llegó con el certifi cado de muerte grabado en su sien derecha. El médico personal de Kennedy tuvo que recordar a quienes demandaban a la primera dama que abandonara aquella suerte de quirófano que estaba en su derecho. La discusión se zanjó cuando la señora Kennedy dijo: "Es mi marido; es su sangre, todo su cerebro está esparcido sobre mí". Poco antes había entregado a la enfermera jefe "masa cerebral y un trozo de cráneo" que guardaba celosa en su mano derecha protegida por un guante que ya no era blanco sino sanguinolento. Nada de esto se publicó en Life.

Rosa y pastel. La nostalgia ha dulcificado la década de los cincuenta y el principio de los sesenta; ha pintado un mural a base de acuarelas tan tono pastel como el vestido rosa imitación Chanel que lucía Jacqueline Kennedy el día del magnicidio que ha elevado aquellos años -falsamente- a la inmensa categoría de la prosperidad y la inocencia. La memoria que todo lo suaviza hace olvidar una época de segregación racial, de amenaza nuclear fruto de la Guerra Fría y la política de bloques, de cazas de brujas y McCarthysmo.

Jacqueline Kennedy eligió a White porque confi aba en que hiciera un retrato de su esposo y su legado alejado del "frío y clínico" resumen que habían hecho de él Arthur Krock y Merriman Smith (respetados periodistas del diario The New York Times y UPI, respectivamente).

"Hay algo que le quiero contar", le dijo la ya exprimera dama -que descubrió que era tal cuando ordenó al servicio secreto que enviara un carro a buscar a Nueva York al redactor debido a que el aeropuerto estaba cerrado por tormenta y le dijeron que ya no estaban a su servicio- al periodista. "No dejo de pensar en una estrofa de ese musical, se ha convertido en una obsesión para mí", le confesó Kennedy a White.

Entonces, la mujer que ha sido referencia de la elegancia por más de medio siglo y que no se lavó la sangre de su rostro hasta estar a bordo del Air Force One y que Johnson jurase el cargo, relató al periodista de Life que cada noche, antes de irse a dormir, a su esposo le gustaba escuchar discos y que su canción favorita era el fi nal del famoso musical de Broadway Camelot, que concluía así: "No olvidemos / Que una vez existió un lugar / Que durante un breve pero brillante momento fue conocido como Camelot".

"Nunca volverá a haber otro Camelot", prosiguió ensimismada la viuda de Kennedy. "Habrá otros grandes presidentes, pero jamás volverá a haber otro Camelot", insistió en referencia a ese universo de fi cción creado por el autor británico T. H. White (nada que ver con el reportero de Life), en el que la gente soñaba con una Mesa Redonda como el mundo, sin esquinas, sin fronteras entre las naciones, que se sentarían alrededor de ella para festejar juntas.

Pies blancos. Cuando White dictó su crónica, los editores en la sede de Life en Nueva York hicieron ciertos ajustes.

Dejaron fuera el párrafo en el que el periodista describía cómo la señora Kennedy había besado los pies de su marido, "más blancos que la sábana" del hospital que cubría su cuerpo ya cadáver. También recortaron su principio, uno que se alargaba en demasía en una mañana lluviosa.

A continuación, el editor -David Maness- hizo notar a White que la referencia a Camelot era demasiado larga. Según el relato del propio White, en aquel momento entró Jackie en la sala desde la que el periodista hablaba por teléfono y debió intuir de lo que conversaban ambos hombres porque negó con su cabeza. Jacqueline Kennedy quería que la historia se abriese con Camelot. White lo hizo notar educada y sutilmente a su interlocutor en Nueva York, lo que hizo que Maness sospechara de la presencia de la viuda. "¿Está ella ahí?", inquirió.

La rotativa esperaba. El coste de aguantar las máquinas era muy elevado, 30.000 dólares a la hora. Life capituló y dejó las referencias a Camelot en la pieza. La revista entregó a millones y millones de americanos la definición romántica de una era. Acababa de nacer un mito, una leyenda, aquella que equiparaba al rey Arturo y su reina Ginebra con los plebeyos Jack y Jackie. Camelot se acababa de convertir en la moneda de cambio cultural que usarían las generaciones venideras como la idealización de un tiempo en que todo fue mejor. Qué importaba si no era cierto. "Fue una lectura equivocada de la historia", reconocería tiempo después el propio White. Y sin embargo, 50 años después, el mito sigue vivo.