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La importancia de llamarse Catia

Teatro Catia / William Dumont

Teatro Catia / William Dumont

La parroquia más poblada de Caracas es un termómetro para cualquier elección. Es una zona difícil, con habitantes que bien cacerolean al candidato oficialista en su primera visita con tono electoral o hacen pintas de burla al opositor. El que venza aquí, triunfará en la capital

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6:45 pm, lunes 17 de septiembre de 2012.

Hugo Chávez hace gestos de dolor sobre la carroza, saluda mirando a un sitio sin mapa, aprieta los labios, cierra los ojos que ya tiene hinchados. Unos metros más adelante, cambia el pie de apoyo, lanza un beso, se da golpes con la mano derecha sobre el corazón y vuelve a tensar la expresión, como si tuviera un esguince en los planes. Rodaba por Catia y las cosas no estaban saliendo tan bien: menos gente de la esperada por el Comando Carabobo se acercó a recibirlo y su semblante anunciaba molestias del cuerpo.

Ese fue el día de la tarima pequeña. Del "esto es lo que hay" de Andrés Izarra, ex ministro de Comunicación e Información y del "¡qué cagada!" de Nicolás Maduro, entonces canciller, porque la infraestructura no era la apropiada para un mitin del Presidente en la parroquia más grande de Caracas, bastión del chavismo originario. Fue el día de la excusa del ex alcalde Freddy Bernal ­nacido en la zona- por la poca asistencia: "la movilización será el 7-O".

Pero Chávez tampoco tenía ánimos para tarimas, fueran del tamaño que fueran: apenas habló seis minutos antes de la caravana y, después, se fue. Más tarde, ya vencedor, haría una confesión: "Un día le dije a Nicolás en Catia: `sácame de aquí, Nicolás’. Porque se había desbordado todo. No podíamos avanzar ni para allá ni para acá. Yo andaba con un malestar y un cansancio; nadie sabe lo que yo hacía después de andar en el camión".

La brecha y el miedo.
La Parroquia Sucre de Catia, en el oeste de la ciudad, no es un lugar fácil. De entrada, es una parroquia que quiere y merece ser municipio y no lo logra, que crece en cerros porosos, que produce damnificados, que padece las expropiaciones del Plan Catia, implementado por Jorge Rodríguez, y que vive de promesas. La proyección de población del Instituto Nacional de Estadística calcula que habitan 399.000 personas; es decir, más del doble de lo que tiene el municipio Baruta y representa 20% de la población total del Distrito Capital.

El sábado 16 de marzo Nicolás Maduro, presidente encargado y candidato presidencial del PSUV, hizo un acto de precampaña en esa parroquia.

Desde los apartamentos cercanos a su recorrido lo cacerolearon. La semana siguiente, los mototaxistas que se reúnen en la plaza Sucre no recordaban la visita del candidato. "¿Vino Maduro?", le pregunta uno a otro, mientras piropean a las muchachas y se burlan de otros colegas que pasan por ahí.

"Si lo cacerolearon aquí en Catia está grave. El tipo puede ganar, pero si se porta mal va pa’fuera. Se ha tirado unos discursos que uno no entiende, unas palabras que te dejan loco", dice uno de los tertulianos improvisados que pide no revelar su nombre. En ese momento pasa un jeep pintado de rojo con el corazón de la patria en una de las puertas. "Esos carros del gobierno sólo los sacaban para llevar a la gente a votar en el 23 de Enero. Ahora es que los ves por ahí", dice un buhonero que se acerca a la sombra de la puerta del Teatro Catia, recién recuperado por la Alcaldía de Caracas. "Tanto protocolo y me dijeron que van a enterrar a Chávez en el patio de la casa de la abuela en Barinas. Ojalá no tranquen la cuidad un viernes para hacer eso", exclama el trabajador informal como epílogo de un tema del que nadie estaba hablando.

Cuando le tocó a Henrique Capriles hacer su recorrido de campaña el año pasado tuvo mejor suerte. Logró llenar las calles, dar su discurso y llevar, sin ser agredido, la propuesta de que la parroquia fuera un municipio. La policía de Libertador, sin embargo, intentó detener la marcha hacia otras zonas del populoso lugar. Esta vez no está claro si el candidato de la oposición pasará por allí.

"No sabemos si habrá una actividad concreta, aún hacemos la agenda. La campaña es muy corta, estamos en una fase de consolidación de los votos que obtuvimos en octubre. Catia tiene cerca de 30% del electorado de la capital; nosotros le dedicamos 30% del tiempo de trabajo. Para las presidenciales pasadas la teníamos divida en 23 zonas; ahora esperamos llegar a 60 para trabajar más individualmente. Hoy tenemos 95% de la estructura lista", dice Armando Briquet, responsable de la campaña de la MUD en la capital.

El año pasado, Chávez esperaba obtener más de 70% de los votos en Catia, como fue en 2006, cuando sacó 74%, frente a 25% de Manuel Rosales. No fue así, pero casi: alcanzó 64% y Capriles 35%. En las contiendas regionales de 2008 y en las parlamentarias de 2010 el oficialismo tampoco se acercó a aquella cifra de 70%.

La diferencia, aunque se recorta, sigue siendo amplia.

Briquet dice que tiene motivos para ser optimista: "En Libertador, al principio, nos daban una pela hasta en la estructura de testigos. Para el referéndum revocatorio no conseguíamos gente. Vamos creciendo permanentemente. Las cacerolas a Maduro son una señal de una pérdida de miedo, y eso es muy importante".

José Quintero, de la organización ProCatia, también habla de un ambiente menos tenso en la parroquia. "Chávez era el tipo, el líder, inspiraba temor, respeto. En octubre costó mucho armar los comandos de la MUD; ahora ha sido bastante más fácil. La gente se acerca espontáneamente a ofrecer ayuda, es como si se hubieran liberado de un peso de encima. Son los mismos catienses los que nos están imponiendo el desarrollo de la política".

Obras, promesas. Gabriela Chacón pasó 11 meses en un refugio después de que su casa se cayera y vive desde 2011 en el desarrollo endóngeno Antonio José de Sucre, obra de la Gran Misión Vivienda Venezuela en una privilegiada cuadra de la avenida Sucre. "Mientras Maduro responda como debe ser, el pueblo lo apoyará incondicionalmente. Ahora hay más policías en las calles y más espacios para los niños", considera Chacón que, al igual que Quintero, siente que en la zona hay menos agresividad electoral, tal vez como remanente del duelo.

Las paredes de Catia gruñen consignas a favor de Chávez.

Grafitis y esténciles están por todos lados. De Maduro, sin embargo, hay muy poco. La transición estética todavía está arrancando. La basura y las jardineras sin flores sí son parte del paisaje frecuente. "A Catia se le ha castigado con invasiones y expropiaciones a quienes de oligarcas no tienen nada. Todos son comerciantes que han surgido con un esfuerzo tenaz", señala Antonio Ledezma, alcalde metropolitano. La recuperación del mercado, la vialidad de Tamanaquito y Nuevo Horizonte, la seguridad en Casalta y Gramovén, la universidad del Oeste, la recuperación del hospital y de los espacios públicas son todas promesas que, según Ledezma, no han sido honradas por el gobierno local.

"De allí han salido alcaldes, como Bernal, pero todos los gobiernos la han usado por su peso electoral y no han hecho allí grandes inversiones", dice Briquet. Las declaraciones de la jefe de Gobierno del Distrito Capital, Jacqueline Faría, cuando se lanzó el Plan Catia en febrero de 2012 revelan el interés electoral detrás del proyecto urbanístico: "hoy en día tenemos espacios para hacer revolución, de estos espacios tiene que salir la fuerza para que la Misión 7 de Octubre sea lograda". El 14 de abril habrá otra prueba para esta estrategia.

El vigilante de la escuela Miguel Antonio Caro no sabe que Maduro fue mudado para sufragar en ese centro de votación, una hermosa edificación de arquitectura moderna en la avenida Sucre. La acción extemporánea del Consejo Nacional Electoral no resultó noticia para el hombre. En la acera de enfrente, el vendedor de jugo de naranja natural tampoco sabía nada. Al igual que el mototaxista, no se enteró, ni siquiera, de la presencia del candidato del bigote. "Él agarró experiencia del finado.

No sé cómo se comportará Catia porque aquí cada quien tiene su manera de pensar", dice.

De ese comportamiento dependerá cual de los dos candidatos caraqueños gane en su tierra.