• Caracas (Venezuela)

Siete Días

Al instante

El golpeado

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Hace más de tres años logré divorciarme de mi antigua cuaima, una señora mayor ya, que estuvo golpeándome durante ocho años seguidos y casi a diario; es decir, yo fui un hombre maltratado.

Si llegaba después de las 9:00 de la noche me pegaba. ¡Pero me pegaba de verdad! Esto no es un eufemismo: me daba puño duro y cerrado por todo el ojo. Si me sorprendía mirando –aunque fuera de reojo– a una mujer en la calle, allí mismo me mandaba tremendo coñazo por donde cayera. Nunca olvidaré su cara diabólica cuando me decía:

—¿Tú crees que yo soy pendeja o ciega, simiricuire? ¡Sinvergüenza! Y después te quejas cuando te golpeo. ¡Lo hago para que respetes…!

—Pero mi amor… Yo… Yooo… Yo no estaba viendo nada…

—¿Nada…? ¿Nada…? ¡Abusador! ¡Toma! ¡Si quieres ver a una mujer, aquí estoy yo!

Fueron años y años de golpes e injurias difíciles de olvidar. Ya no podía seguir mintiéndole a mis amigos cuando veían los morados producto de los puñetazos.

Un día me golpeó tan duro que tuve que ir a un médico de la Clínica Vista Alegre. Allí conocí a una doctora que me atendió por emergencia. Ella, pacientemente, me curó. Al principio me daba pena decirle la verdad y le inventé que habían sido unos asaltantes. Mi coba duró poco, porque al poco rato, en la puerta de emergencia, se escuchó un escándalo. Era ella.

—¿Dónde está el muérgano ese?... Ajáaaa… ¡Con que desnudo y en una cama con una mujer!

—¡Un momento, señora! –le increpó la doctora– Usted está en un hospital. El señor es un paciente y yo una doctora. Así que inhale, exhale, cálmese y respete. Además, el señor fue víctima de un asalto.

—¡Ahhhh…! ¿Eso fue lo que le dijo?... ¡Pues permítame decirle que la asaltante fui yo!, porque a ese señor yo lo voy a enseñar a respetar… ¡Porque ese hombre no aprende!... Dígame doctorcita, ¿por qué cree usted que él no se dejó atender por un médico varón? ¡Ahhhh! Está clarito, porque él lo que quiere es seguir con la sinvergüenzura. ¡Muérgano!

A todas estas, la doctora se comenzó a quitar la bata y asumió posición de ninja japonés, en ese momento me di cuenta de quién era. Ella era, nada más y nada menos, que Belén Lobo, campeona nacional de judo y kárate. Sin embargo, eso no amilanó al monstruo que la increpó:

—¡Ahhh…! ¡Tú también eres arrech…!

No había terminado de decir arrech… cuando la doctora Belén, en un segundo, la agarró por una mano y la batuqueó contra el suelo. Ella, entre sorprendida y asustada, se paró y trató de golpear a la doctora, quien en represalia la tomó con fiereza por la otra mano y le dio una voltereta en el aire para luego dejarla caer sentada de nalgas.

¡Increíble!, aquella doctora hizo en dos segundos lo que yo había querido hacer en seis años.

Es largo de explicar, pero luego de este incidente comenzó mi divorcio y terminé viviendo con la doctora y campeona de judo Belén Lobo. Ella nunca me ha maltratado, pero cuando hago algo que no le gusta me dice:

—¿Te acuerdas de cómo nos conocimos?

—Síiiii… Sí… Claro, doctora… ¿Que si me acuerdo? Claro que me acuerdo. No se preocupe, que yo no lo vuelvo a hacer.

 

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