• Caracas (Venezuela)

Siete Días

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El gigante de Tucacas

Un niño, dos encuentros. El primero con unas huellas, el segundo con otros niños. Esa experiencia, hará inolvidable el asueto familiar en la playa. El autor Fedosy Santaella (Puerto Cabello, 1970) ha publicado novelas, libros de cuentos, crónicas, así como relatos para niños y este año ganó el Concurso de Cuentos de El Nacional con Taxidermia

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Solíamos ir de vacaciones a Tucacas, a la casa de playa de mi tía Valentina. Por lo general era todo un familión: mi tía Valentina y mi tío portugués, mi tía Ana y su esposo con mis dos primos, mi tía Helena y mi otro tío, y claro, mi papá, mi mamá y yo. La urbanización la formaban unas 20 casitas que hacían un semicírculo, una cantina y una cancha de básquet. Teníamos el mar a nuestra completa disposición, pero a mí me daba por irme a la parte trasera de esas casitas, por los lados del estacionamiento, y allí me quedaba, hurgando, como buscando puertas, como buscando secretos. Tampoco era que andaba solo todo el tiempo, mi primo me acompañaba en ocasiones. Él recorría aquellos recovecos conmigo, pero después se aburría y se iba al mar. Yo me quedaba un rato más. Me encantaba quedarme un rato más.

Aquella casita estaba dividida en dos. De un lado la cocina, larga y siempre ocupada por mujeres, y del otro lado, el dormitorio inmenso, lleno de camas literas. Allí también estaba el baño. Ese baño dividía a su vez el dormitorio en dos alas. Cerca de la entrada dormíamos los menudos, luego, pasando el estrecho pasillo que dejaba el baño, había un espacio más grande, también atestado de literas, que era de los adultos.

Yo dormía en la parte de arriba de una litera que estaba pegada a una de las ventanas de la entrada. Eran unas ventanas tipo macuto, y en las noches, en mi litera, yo me quedaba viendo hacia la oscuridad, escuchando el mar, hasta que me quedaba dormido. Mis primeras impresiones del sonido del mar en la noche vienen de aquellos años, de las casitas de Tucacas. El mar en la noche, nadie que se haga llamar ser humano debería quedarse sin escucharlo.

Mi prima, mi primo y yo siempre nos levantábamos antes que los demás. Por lo general me iba con ellos hasta la playa. Aún no había salido el sol, y me gustaba —y me gusta— el mar sin sol. Nos bañábamos o nos daba también por recorrer la playa a la búsqueda de objetos curiosos traídos por el mar. Nunca, en verdad, encontramos nada digno, a excepción de la huella... Pero no sé.

Aquella vez caminábamos buscando nuestros tesoros falsos cuando tropezamos con unos huecos enormes. De entrada, descubrimos cinco, uno al lado del otro, distribuidos en una ligera curvatura; después, uno más grande, descomunal. Cuando pusimos suficiente distancia entre esos huecos y nosotros, nos dimos cuenta de que el conjunto formaba una huella de pie. Una huella de gigante. Mis primos y yo nos dijimos que un grupo de personas la había hecho, así como se hacen castillos de arenas o cuerpos con tetas. En el fondo, yo prefería pensar que se trataba de la huella de un gigante real que, durante la noche, había puesto un pie en la arena y otro en el mar, y que después había vuelto a las profundidades. Porque para mí aquel gigante era un titán del mar que había salido a respirar un poco de brisa nocturna y a escuchar el mar, pues, no cabe duda, bajo el agua no se puede escuchar el maravilloso sonido de las olas rompiendo en la orilla.

Regresamos a la casa a desayunar y volvimos a la playa, pero no al sitio de la huella, que estaba lejos, sino al área donde podíamos bañarnos y donde nos mantenían vigilados. Sí sé que en cierto momento estuve hablando con los adultos y mis primos en la orilla, y yo conté sobre lo que habíamos visto. Los adultos no me creyeron y, más extraño aún, mis primos no me apoyaron, alegaron que no recordaban nada. Todos me dijeron que quizás lo había soñado. Pensé que me estaban haciendo una broma. Yo era el menor de aquel grupo, el más inocentón, y ya saben, ya saben cómo la gente suele jugarles chanzas a los más pequeños. Así que, al rato, picado de curiosidad, me aparté de todos y fui a la búsqueda de la huella. Caminé y caminé, no la encontré. Quizás el mar se la había llevado. Regresé donde mi familia, no dije nada.

Otro día de esa misma semana, aparecieron por las casitas unos amigos de uno de mis tíos, el papá de mis primos. Eran una pareja con dos hijos, una gente presuntuosa de Valencia. Nosotros estábamos en las literas cuando escuché que mamá le decía a papá que teníamos que salir porque habían llegado esas personas antipáticas que se creían la gran cosota. Así dijo mamá. Salimos y aquellas personas apenas se preocuparon por saludarnos, y después ni se molestaron en hablarle a mis papás; todo el tiempo se dirigían a mis tíos, y era como si nosotros no existiéramos. Me dio coraje que los dos señores fuesen así con mis papás, y al rato la pagué con la hija y con el hijo de ellos.

Ella era una gordita chillona que intentó tratarme como una piltrafa, y él un absoluto idiota de cachetes abombados y labios salidos y siempre mojados en saliva. Estaba bañándome en la orilla con mis primos y con aquellos dos creídos, cuando algo feo me dijo la niña y algo feo le respondí yo. Entonces su hermano salió en defensa, y yo, sin mediar palabras, cargado de una súbita violencia física, le lancé una patada directo a las pelotas. El idiota cayó de rodillas sobre las olas, y su hermana salió corriendo a contarles a sus padres y a mi familia. Mis primos se quedaron viéndome sin decir nada, asombrados, y yo también salí corriendo hacia la parte de atrás de las casitas, de vuelta a mi mundo secreto.

A poco, oculto tras unos bloques de cemento que había al fondo, vi a mi tío dando vueltas por entre los carros. Caminaba a grandes zancadas, se le notaba enojado. Unos minutos después escuché la voz de mamá y la descubrí parada en el medio del camino de tierra por donde transitaban los carros. Decía, como hablándole al viento, que mi tío me andaba buscando para regañarme por el insulto a la niña y por el daño que le hice al hijo de sus amigos. Como un cuarto de hora más tarde apareció papá. Estaba de pie junto a su carro, fumándose un cigarrillo, mirando hacia donde me encontraba escondido, como sabiéndolo, como queriéndome decir que sabía dónde ubicarme, pero que no lo haría. Quizás me entendía y estaba de acuerdo conmigo. Quizás su presencia callada era una manera de decírmelo. Lo cierto es que no volví al mundo de los adultos hasta que se largó el auto de los valencianos. Entonces me aparecí en el porche de las casitas. Mi tío me vio y, con el rostro congestionado de rabia, empezó a decirme que me había portado muy mal, pero mamá intervino y le dijo que dejara que ella se encargaba. Luego mamá me llevó al interior de la casita de las literas. Allí, al final, en una de las literas donde dormían los adultos, estaba mi papá leyendo. Él cerró el libro y mamá empezó a decirme un montón de cosas, siempre dejando en claro que todo lo que decía lo pensaban mi papá y ella. Quién sabe lo que los adultos hablan a puerta cerrada, en ese mundo que también es una parte de atrás, la parte de atrás del mundo de sus hijos.

Mamá dijo que la violencia no era buena, que dejara de andar tanto por los lados del estacionamiento, que me integrara, que debía ser respetuoso, que esa gente de Valencia era gente decente, que además no eran conocidos de ellos, sino del tío, que qué impresión creía yo que se iban a llevar no de mí, sino de «nosotros», y con nosotros quería decir papá, mamá y yo. Les quise decir que no entendía nada, que por qué me decían esas cosas, si ella misma había aseverado que esa gente era antipática, y que yo además había visto cómo los habían ignorado la mayor parte del tiempo. Pero callé y me aguanté mi regaño.

También me castigaron. Aquel día y al día siguiente no podía volver por los lados del estacionamiento. Sí, aquel era mi castigo: tenía permiso de ir a la playa, pero no a la parte trasera de las casitas. Pasé el resto de la tarde del regaño en la litera, hojeando una y otra vez las comiquitas del periódico.

En la noche, después de los baños y antes de la cena, se me acercaron mis primos  y de entrada me comentaron que a ellos tampoco les gustaban aquellos dos niños. Nos reímos bajito y nos fuimos a dar una vuelta por la cancha de básquet. Había buena brisa y el mar empezaba a sonar a mar nocturno. A pesar de los regaños, a pesar de los castigos yo me sentía bien, me sentía como aquel gigante que había dejado su pisada en la orilla de la playa. Desde las casitas, nos llamaron para la cena. Como si nada, nosotros seguimos en lo nuestro, por lo menos unos minutos más.