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La ética del PT manchada por la corrupción

El futuro de la organización política es tan incierto como el de la presidente. El mayor símbolo PT y uno de los mayores íconos de la izquierda brasileña, el ex presidente Luiz Inácio Lula da Silva, se convirtió en el blanco principal de Lava-Jato

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Pese su éxito en la reducción de las desigualdades sociales en Brasil, el gobierno del Partido de los Trabajadores es ahora también uno de peor evaluados en la historia del país. La izquierda en esta nación, capitaneada por el PT, logró un gran apoyo popular hasta mediados de 2013, justo antes de las protestas que han atraído a los votantes en defensa de la democracia y del derecho a manifestar. Hoy en día las calles siguen tomadas: por una parte por los brasileños insatisfechos con los escándalos de corrupción que plagan el proyecto PT, y por la otra por los que acusan a la oposición de promover un golpe de Estado.

En las redes sociales el debate sobre el proceso de juicio político a la presidente Dilma Rousseff  se ha popularizado en memes. Pero en el mundo político la división alcanza a los aliados de la presidente en el Congreso, lo cual pone en riesgo su mandato porque enfrenta un proceso de impugnación. El PMDB, el mayor partido de la coalición de la presidente y el cual dirige la Cámara de Representantes y el Senado, debe decidir esta semana dejar la alianza de gobierno. El protagonista de la leyenda es Michel Temer, que también es vicepresidente de la República y asumiría la silla en caso de que Rousseff sea destituida por el Congreso.

Otros partidos aliados también se dividen y pueden decidir abandonar la alianza gobernante. El propio PT ha demostrado en las últimas semanas irritación con la presidente por su agenda contraria a las ideas económicas del partido.

El futuro de la organización política es tan incierto como el de la presidente. Desde el comienzo de la operación Lava Jato, hace poco más de dos años, figuras importantes del partido han sido investigadas e identificadas como responsables del mayor esquema de corrupción llamado el Petrolao. Peor aún, el mayor símbolo PT y uno de los mayores íconos de la izquierda brasileña, el ex presidente Luiz Inácio Lula da Silva, se convirtió en el blanco principal de Lava-Jato y llegó a ser detenido de manera coercitiva por la Policía Federal. La presidente Dilma Rousseff llegó a nombrarlo ministro de Gobierno, para evitar su encarcelamiento, como ha ocurrido con otros dirigente del PT.

Todo este enredo, producido a una velocidad alarmante, ha dejado perplejos a los políticos de todas las tendencias. Pero los partidos más vinculados a la izquierda han sufrido más. Para el profesor de Ética y Filosofía de Unicamp Roberto Romano el PT afronta una crisis de falta de credibilidad. Antes comprometido con la moral en la política, ahora está acusado de prácticas corruptas y de alejarse de la militancia. La asociación con “oligarquías corruptas” de la vieja política desentonan del discurso de renovación que ha estado presente en su trayectoria. “El PT tomó la bandera de la ética como si se tratara de su propiedad. La consigna que corrió entre la militancia era: ‘El PT es ético y los otros partidos son harina del mismo saco’”.

Romano agrega que el desgaste del PT puede tener un impacto directo en las elecciones municipales previstas para octubre. Desde 2002, cuando Lula fue elegido, el partido ha perdido fuerza entre el electorado. En 2014 los candidatos a diputados  movilizaron 12,8% de los votos en el país, muy por debajo del 17,4% en 2002.

“Un partido que una vez tuvo un presidente tan bien valorado como Lula, que tenía la hegemonía, ahora cuenta con una aprobación similar a cuando comenzó en la vida política”. En este contexto algunos de los logros sociales de los gobiernos del PT se encuentran en riesgo. Doce años después del ascenso del modelo de reducción de la pobreza del PT, al menos diez programas han tenido recortes financieros. Se enfrentaron con una presidente que, en la práctica, tomó otro camino. Las encuestas de opinión explican esta decepción y, según el Instituto Datafolha, 68% de la población apoya la impugnación de Rousseff.