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Abuelas a los 30 

A la edad en la que muchas mujeres empiezan a plantearse la maternidad, ellas ya tienen que criar nietos / Alexandra Blanco

A la edad en la que muchas mujeres empiezan a plantearse la maternidad, ellas ya tienen que criar nietos / Alexandra Blanco

A la edad en la que muchas mujeres empiezan a plantearse la maternidad, ellas ya tienen que criar nietos. Tuvieron hijos siendo adolescentes y ahora sus hijas repiten su historia en un ciclo de carencias que no encuentra fin: aunque aseguran haberlas aconsejado para que no copiaran el modelo, no pudieron evitarlo. Durante más de 30 años, Venezuela ha tenido las tasas más altas de embarazo precoz de Suramérica, sin políticas públicas que hayan logrado su reducción. En 1993, cifras de la Oficina Central de Estadística e Informática mostraban que 19% de los embarazos fueron de mujeres menores de 19 años de edad.  Casi 20 años después, el ex presidente Hugo Chávez revelaba cifras “alarmantes” –según calificó- de embarazo precoz: 130.888 bebés, (es decir, 22,1% de los nacidos en 2010) eran hijos de madres adolescentes. Es una herencia de desintegración  

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Florángel Trujillo

“Tengo un nieto mayor que mi hijo menor”

Florángel Trujillo tenía 15 años de edad cuando dejó el 3er año que cursaba en el liceo Juan Landaeta para entrar a trabajar en el Instituto de Previsión Social de la Fuerza Armada Nacional. Quería experiencia laboral. Vida de adulta.

Allí lo conoció. Era soldado. Poco mayor que ella.  “Nos enamoramos”, justifica.  Un año después se embarazó. Allí la adultez que ansiaba le llegó de golpe. “Nunca pensé en quedar en estado tan joven, no me pasó por la cabeza y me tocó asumir esa responsabilidad”, dice al tiempo que recalca que no estuvo sola.  El novio habló con sus padres, se casaron y se mudaron a Los Valles del Tuy.  En 1989 nació su primera hija, Yeniré; 3 años después la segunda, Susana; y a los 2 años la tercera, Susanyeri. 

Su vida eran su casa y sus niñas.  Esperaba tener un hijo varón y salió de nuevo embarazada. Pero cuando Luis Jesús, que ahora tiene 12 años de edad, nació, su papá ya no estaba con ellos. Había decidido separarse.

Los padres de Florángel le tendieron la mano, y ella se fue con sus niños al apartamento de ellos en Catia.  Entonces a la joven mamá, que estuvo como ama de casa durante los 13 años de casada, le tocó comenzar a trabajar. 

Las niñas se hicieron adolescentes muy pronto en el nuevo hogar. Tres mujercitas en casa. Por eso, Florángel insistía en contarles lo que había vivido al quedar embarazada tan joven. “Les hablaba de la realidad clarito, les decía ‘el hombre propone y la mujer dispone’, en mi casa no faltó la comunicación, les decía que yo no había podido terminar mis estudios. Pero no me escucharon”. 

Yeniré, la mayor, le dio la noticia a los 14 años de edad. “Ella fue muy rebelde, me hizo zanquear de un lado a otro. Salió embarazada. Se la llevó su papá y me la devolvió. La puse en control médico, asumí mi rol de abuela, no me quedó de otra”.  Además, su hija no tenía pareja, sólo tenía el apoyo de ella. “El papá de su primer hijo era mala conducta y no respondió”. Nació Gabriel, el primero de los nietos, que ahora tiene 8 años de edad.

Florangel ayudó a su hija en tareas cotidianas pero no quiso asumir ella como abuela una maternidad que no era suya. “Le dije que fuera responsable con su bebé, no lo cuidé por ella”.

Entonces, la joven abuela conoció una nueva pareja y salió ella también embarazada. “Tomaba pastillas, pero jamás había tomado y no tenía control, me tomaba una hoy y otra a los tres días. Así nació mi Jonathan”.  El niño tiene ahora 6 años de edad. “Tengo un nieto mayor que mi hijo menor”.

A la vez se enteró de una noticia: su segunda hija, Susana, de 15 años de edad, quien estudiaba apenas 7mo grado, salió embarazada al mismo tiempo que ella.  Susana cuenta que estaba indecisa. “No sabía si decirle a mi mamá.  Ella se puso brava al principio pero me apoyó, cuando nació me ayudaba, el bebé era como frágil. Me quedé viviendo con ella porque al papá de mi primer hijo lo mataron”.

Se apoyaron una a la otra. Mientras su madre trabajaba, Susana cuidaba de su hermano y de su hijo. “Ahora los dos niños estudian en el mismo salón y todos en el colegio saben que soy la mamá de uno y la abuela del otro”, narra Florángel.

Susana, que ahora tiene 21 años de edad y 3 hijos no se arrepiente de haber sido madre tan joven: “Yo creo que es mejor tener los hijos a temprana edad, porque hay menos riesgos. Aunque… bueno, no sé si tan joven, mis amigas estaban en rumbas y yo les decía que vinieran a acompañarme en casa”, dice.

Florángel se molestó con la primera y segunda de sus hijas, pero la mayor sorpresa se la llevó cuando la tercera, que estudiaba 5to año, salió también embarazada. “Era la que estaba más encarrilada, iba bien en sus estudios, metió la pata después que le hice su fiesta y me llegó con la bomba: estaba en estado, menos mal que el padre respondió”, expresa con cierta tranquilidad y le alegra que esta hija sí pudo terminar el bachillerato.

A sus 41 años, Florángel tiene 6 nietos. Todos viven juntos en el apartamento de los padres de Florángel en Catia y se reparten entre cuatro habitaciones. Ella tiene un trabajo en la tarde, para tener más ingresos hace arepas que vende una de sus hijas. Sabe que tiene que mudarse porque los niños crecen. Lo saben sus hijas también. “Pero la situación no está fácil”.

Los niños juegan entre ellos. “Yo soy tío tuyo y tienes que hacerme caso a mí”, exige a veces Jonathan a sus sobrinos contemporáneos.  Los nietos le dicen abuela Flor a ella y abuela Isabel a la bisabuela, pero uno de ellos decidió decirle simplemente Flor.

A veces Florángel necesita cambiar de aire,  le pide a su madre que se quede con todos los niños y sale a bailar con sus hijas. “En ese momento todas somos como hermanas, nos vamos a rumbear y les pido que no me digan mamá”.


Yuraima Alcalá

“Me embaracé de nuevo en el cuerpo de mi hija”

“Primera y última”, lo decidió y lo cumplió. Yuraima Alcalá tiene 40 años de edad y a los 17 salió embarazada de su única hija, Yennitze.  “Estaba en 3er año, me enamoré de un muchacho de 23 años de edad, me descuidé. Creo que fue por inmadurez. Mi mamá no me hablaba mucho de eso, pero sí en el liceo. Yo lloraba pero no sabía si era porque estaba triste o feliz por lo que me pasó. Nunca pensé en abortar, pero asumí mi responsabilidad, me fui a vivir con el papá de mi hija, en casa de su mamá primero, luego alquilamos una casita”.

No es la única de su familia. El mismo día que Yuraima parió, lo hacía su hermana Yenmary, de 16 años de edad.

Después de que nació la niña, Yuraima tuvo que salir a ganar dinero y la dejó en una guardería.  “Lo que viví me sirvió de experiencia, quedé traumada, más nunca quise tener hijos, hasta el sol de hoy bebo pastillas anticonceptivas. Un hijo es lo más grande que hay y a la vez una responsabilidad inmensa”, sostiene. 

Tuvo que trabajar en casas de familia, también  como vigilante de día y de noche. Ahora labora en una tienda en Charallave. “Sólo pude sacar el bachillerato de noche, pero me hubiera gustado estudiar más, me encanta la investigación criminalística. Lamentablemente no pude hacerlo”.  

Cuando su hija era adolescente, Yuraima ya no vivía con su pareja.  La niña estaba en 2do año de bachillerato y pasaba mucho tiempo sola en la casa, porque ella tenía que trabajar. “Yo le hablaba claro, le decía que se cuidara, que yo no la podía cuidar. Le decía que tenía que estudiar. Yo misma le compraba sus pastillas anticonceptivas porque sabía que andaba enamorada, le decía: ‘Usted no deje de tomar sus vitaminas’. Pero ella no se las tomaba, las botaba. No me hizo caso, se enamoró y se embarazó”.

Yuraima se molestó. “La regañé, le dije ‘¿no viste todo lo que yo pasé?’, pero le dije que asumiera su responsabilidad y se fuera con su pareja. A lo mejor quería un chamo para liberarse”.

Recuerda el impacto. “Este es un paso más grande para una mamá. Cuando se embarazó, me embaracé de nuevo en el cuerpo de mi hija. Sentía que lo vivía dentro de mi cuerpo, ver que se movía el bebé, que a ella le hacían el eco, no podía creer que ella estaba pasando por lo mismo que yo pasé”.

Yennitze se fue a vivir con el papá del bebé, que era del mismo barrio de Nueva Cúa donde habitan ellas. “Pero lo mataron cuando ella estaba embarazada. El no estaba echado a perder, pero estaba en malas juntas.  Fue horrible, cuando me enteré de su muerte, yo estaba trabajando, supe que ella se desmayó, la hospitalizaron, yo llegué al hospital, lloraba a moco suelto, y yo lloraba al ver que ella sufría por el padre de su hijo.  Después que el muchacho se murió, me la llevé a casa y todavía sigue conmigo”.

La adolescente dio a luz. En el trabajo de Yuraima comprendieron la situación y le dieron una semana de permiso. “Mi jefa quería extenderla a dos, pero le dije que no, que mejor regresaba a trabajar porque no quería terminar cuidando el bebé yo”.

Yuraima sabía cuál era su papel: mantener el hogar. “Yo no pretendí ser la madre de mi nieto. Le he dicho a ella que le ponga carácter, porque son como hermanitos”.

Después su hija se volvió a enamorar y salió nuevamente embarazada. “No le sirvió de nada todo lo que le expliqué y mi ejemplo”, dice Yuraima. “Ella no vive tampoco con el papá del niño pequeño. El destino quiere que la tenga conmigo. En casa somos nosotras, mi nieto Jesuaneryerth que ahora tiene 5 años de edad y Greiberson de 2 años. Yo trabajo y ella se encarga de llevar a sus hijos a la escuela, al médico. Quisiera que ella estudiara o trabajara también”. 

Nadie le cree que sea abuela. La piropean en la calle. Pero Yuraima no quiere vivir en pareja. “Cada quien en su casa. Además el hombre que esté conmigo tendría que cargar con el paquete completo, porque vengo con mi hija y mis dos nietos. Somos una familia”. 


Gabriela Mijares

“La niña me dice ‘mamá’, no abuela”

Gabriela Mijares cargó a Amelia, la abrigó con una manta y pidió un taxi en el Hospital Pérez Carreño. Se bajó en el desorden de la plaza Sucre de Catia y allí se montó en el jeep que la subiría hasta Nuevo Horizonte. Con la bebé de 10 días de nacida apretada en el pecho llegó hasta su casa, donde la escenografía de criar niños todavía no estaba completa: un corral prestado, una poca ropa y los pañales. Era domingo 22 de abril de 2012, al final de la tarde y Gabriela –de 34 años de edad- estaba descubriendo los ojos de su nieta.

Esa noche no durmió cumpliendo el ritual sentimental de las abuelas: velar el sueño de los nietos. “La veía y no lo podía creer. Como nació con una infección respiratoria la tuvieron 10 días sin que pudiéramos verla. La estaba conociendo en ese momento”. Amelia salió con Gabriela del hospital, pero Arianna, su mamá, se quedó un mes más. Los primeros días de vida de la bebé los primeros desvelos, los primeros baños, los primeros paseos al sol fueron arrullados por su abuela. “La niña me dice ‘mamá’ y me tiende la mano. No me dice abuela”, asegura Gabriela.

Arianna casi se muere. Otro domingo, dos meses antes del nacimiento de Amelia, Gabriela la encontró hinchada de pies a cabeza. Al día siguiente iban a ir al ginecólogo a ponerle a la muchacha de 16 años de edad un dispositivo intrauterino, pero su cuerpo deforme las obligó a salir de emergencia. Cuando llegaron al hospital le hicieron una prueba de embarazo: tenía 20 semanas de silencio y gestación. “Nunca nos dijo. Me enteré en el hospital. Me la trasladaron de emergencia porque tenía una preclamsia. 12 horas más así y se me moría. Me la trasladaron a la maternidad Concepción Palacios, donde estuvo un mes y después dos meses en el Pérez Carreño”. Arianna le dijo a la psicóloga del centro médico que no sabía que estaba embarazada: la adolescente pasó los primeros 5 meses de gestación sin control médico, arriesgando su vida y la del feto. De acuerdo con la Organización Mundial de la Salud, ella –por su edad- forma parte del grupo de riesgo de defunción materna y de neonatos.

“Amelia nació con problemas respiratorios porque su mamá tuvo un embarazo sin cuidarse. Uno siente toda la angustia porque ya uno pasó por eso y en este caso, además, yo pensaba: ‘mi hija está embarazada, se me puede morir’”, recuerda la abuela.

Gabriela estudió hasta 6to grado; a los 14 años de edad trabajaba como empleada doméstica y tuvo a Arianna a los 17.  La relación con el papá de la muchacha duró tres años. Hoy vive sin pareja y tiene otros dos hijos: Orianna de 10 y Luis Carlos de 4. “El varón estaba impresionado porque nunca vio a su hermana con una barriga. A su edad ya era tío y quería dormir en el corral con Amelia”.  

Una tía le habló. También la mamá. Le decían, le advertían. La sacaron de un liceo público que no le gustaba y la metieron en uno privado para que no dejara los estudios. Estuvo viviendo con el papá, regresó con Gabriela. La adolescencia de Arianna –que responde casi cualquier pregunta únicamente con una sonrisa sugerida-, terminó con el nacimiento de Amelia. La adolescencia y cualquier proyecto de vida que pudo haberle rozado las ilusiones. Ahora cuida a su hija en las mañanas y trabaja como niñera en las tardes. Teteros y toallitas húmedas; desvelos y llantos de bebés son su ecosistema, su deber, su responsabilidad y todavía ni tiene edad para votar. “Es como si hubiera parido otra vez. Yo quiero que ella tenga sus responsabilidades, pero tampoco puedo dejarla sola porque es una niña cuidando de otra niña. Yo estoy pendiente de las vitaminas, de los pañales. Ella nunca se ha comunicado mucho con uno. Siempre le decíamos que tenía que tomarse la pastilla anticonceptiva, le hablábamos claramente”, dice Gabriela, que se encarga de la nieta en las tardes, después de salir del trabajo, mientras llega Arianna.  

Arianna tiene un nuevo novio. Su mamá dice que es un serio, pero no está optimista. La resignación, que es una versión demoledora de la pobreza, la vence: “Yo pensé que con el susto que pasó se iba a cuidar más, pero creo que no madura. Se le olvidaron los dolores y los sustos. Hasta el sol de hoy yo ni siquiera sé quién es el papá de Amelia”.


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